Allende: cuando la herida no cierra
“¿Por qué las heridas no han podido cicatrizar?”. Se pregunta en una entrevista para El País el siempre perceptivo Ricardo Lagos, presidente de Chile de 2000 al 2006. Han pasado 50 años del terrible golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, contra el gobierno ...
“¿Por qué las heridas no han podido cicatrizar?". Se pregunta en una entrevista para El País el siempre perceptivo Ricardo Lagos, presidente de Chile de 2000 al 2006. Han pasado 50 años del terrible golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, contra el gobierno del presidente Salvador Allende y, como dice Lagos, la herida no cicatriza y la polarización se aviva. Él mismo se responde: “Porque hay un déficit de verdad" y, como para darle la razón, el Departamento de Estado norteamericano publica por primera vez algunas de las transcripciones de las conversaciones secretas de Henry Kissinger, entonces su titular, con el director de la CIA y con los militares chilenos. En estas les ordena impedir la toma de protesta de Allende. Se conspira para asesinar a cuatro generales pro Estado de derecho y finalmente se asesina al comandante en jefe el Ejército, general René Schneider, con la esperanza de provocar un alzamiento militar que impida la sesión del Congreso que reconocería el triunfo de la Unión Popular, UP. Pero ni esto impidió que el Congreso sesionara, funcionara el acuerdo entre la UP y la Democracia Cristiana para declarar electo a Allende. Las instrucciones de Kissinger fueron precisas: si Allende llega al palacio de La Moneda entonces hay que “hacer que la economía se retuerza y chille".
Comparto la pregunta del expresidente Lagos, primero porque hay procesos de reconciliación nacional que han triunfado, lo que demuestra que la vía de la paz es posible y que hay ciertas lecciones que aprender de esos éxitos. Y otros, como el chileno, en los que los actos ilegales para destruir la democracia son todavía admirados por cifras significativas de la población. Y la comparto también porque me preocupa que la semilla del odio y la división, cuidadosamente sembrada y fertilizada por la retórica del presidente López Obrador, tome arraigo en nuestro país. Su candidata, Claudia Sheinbaum, ha prometido continuidad, mala señal.
Dos procesos relativamente exitosos han sido los del Acuerdo del Viernes Santo, (Good Friday Agreement) entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte, sellado con referéndums abrumadoramente mayoritarios a favor de la reconciliación. Han pasado ya 25 años del Acuerdo y éste se mantiene a pesar del sabotaje de grupos minoritarios o del reto que ha significado el acuerdo de Brexit. ¿Qué fue lo determinante? El hartazgo de la población con más de 30 años de violencia y el compromiso serio de dirigentes partidarios y gubernamentales a favor de la paz, demostrado mediante reformas constitucionales y cesiones importantes por ambas partes. Otro proceso admirable ha sido el encabezado por el gran Nelson Mandela, en 1990, al negociar exitosamente con el presidente reformista Frederik de Klerk, el fin del régimen del apartheid y la celebración de elecciones sobre la base de un padrón electoral universal. Una vez ganadas las elecciones y ya como presidente, Mandela se resistió a la venganza contra los blancos, como exigían varias de las corrientes radicales de su partido, el Congreso Nacional Africano, ANC.
En ambos procesos, Irlanda y África del Sur, el papel de dirigentes comprometidos con la democracia y con la cultura del respeto a los derechos humanos, jugó un papel determinante. Veinte años antes, en 1973, año del golpe pinochetista, esa cultura de respeto a los derechos humanos era aún muy débil. Los compromisos establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), habían sido totalmente rebasados por la retórica y los hechos de la Guerra Fría. El compromiso con la democracia se había eviscerado en nombre del anticomunismo. La amenaza del comunismo, exagerada y exacerbada como espantapájaros para justificar todo tipo de abusos internos en los Estados Unidos y una política externa golpista e intervencionista sobre todo en América del Sur, selló la suerte injusta del gobierno de Salvador Allende.
El voluntarismo y la inmadurez de muchos militantes de izquierda, incluyendo algunas decisiones del presidente Allende, jugaron del lado equivocado, pero no fueron el factor determinante. Lo fueron los recursos dispuestos por la CIA para desestabilizar la economía, los atentados terroristas organizados por sus aliados y la participación de los grandes medios de información chilenos para desinformar. Una estrategia exitosa para polarizar que parece revivir nuevamente en nombre de una supuesta amenaza comunista, cuando ya no hay comunismo en Rusia, ni en Albania, ni en Corea del Norte y menos en Cuba o en Venezuela. Se trata de vulgares dictaduras con cero comunismo y toneladas de corrupción.
El presidente chileno, Gabriel Boric, ha dicho correctamente que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia. Él y cuatro expresidentes han firmado un compromiso memorable: Democracia siempre. Su primer enunciado me ha provocado envidia: “Cuidar y defender la democracia, respetar la Constitución, las leyes y el Estado de derecho. Queremos preservar y proteger esos principios civilizatorios de las amenazas autoritarias, de la intolerancia y del menosprecio por la opinión del otro”. Con esas mismas propuestas ganaremos el corazón de los mexicanos y mexicanas en las próximas elecciones.
