31 años de independencia, 26 de democracia

Imaginemos que el Presidente insista en que quien organice las elecciones vuelva a ser el gobierno federal o sea él. Y que argumente que en los 100 años de elecciones en el México posrevolucionario, 26 años de autoridad independiente no son nada. Que las elecciones ...

Imaginemos que el Presidente insista en que quien organice las elecciones vuelva a ser el gobierno federal (o sea él). Y que argumente que en los 100 años de elecciones en el México posrevolucionario, 26 años de autoridad independiente no son nada. Que las elecciones siempre —salvo ese corto periodo— las ha organizado el gobierno y que a éste deben regresar. Esto no es algo difícil de imaginar, pues AMLO se ha dedicado a deslegitimar al Instituto Nacional Electoral e intentar debilitarlo o francamente eliminarlo. Pero cada uno de esos intentos ha sido recibido con una reacción generalizada de la sociedad en defensa de la autonomía del INE. Sólo aquellos seguidores muy lobotomizados del Presidente, especialmente en el Congreso y en algunos medios con generoso subsidio gubernamental, repiten los argumentos contra el INE.

“El INE es nuestro“, proclama uno de los que más me entusiasma y que más me gusta. Y es que en verdad el INE es nuestro: nosotros lo construimos, lo perfeccionamos, lo criticamos cuando había que hacerlo, lo reformamos, participamos con candidaturas, fuimos funcionarios de casilla, observadores electorales, vigilamos a los partidos, contamos los votos, implementamos primero las cuotas de género y luego la revolucionaria paridad, vigilamos que se cumpliera y protestamos cuando no. El INE es creación colectiva de la sociedad mexicana, a pesar de las resistencias gubernamentales y de los partidos políticos. Y, por tanto, sentimos que México es una democracia: imperfecta, joven, con mucho que corregir, pero con uno de los pilares de las democracias —elecciones libres y limpias— muy sólido. Es tan fuerte el convencimiento de que México debe ser democrático que hasta quienes no creen en ella como el actual Ejecutivo federal tienen que declararse demócratas de tanto en tanto.

Y, sin embargo, apenas llevamos 26 años en que el IFE/INE salió del control de la Secretaría de Gobernación.

Pensemos ahora en Ucrania, país que sólo lleva 31 años de vida independiente. 31 años son una eternidad si los comparamos con Rusia, cuyos habitantes no han experimentado nunca, en los últimos quinientos años de su historia, una vida con prácticas democráticas prolongadas y seguras. Del Imperio Zarista pasaron a la dictadura no precisamente del proletariado, sino de la burocracia del Partido Comunista de la Unión Soviética, presidida por demasiados años por déspotas responsables del asesinato de millones de personas, como Josef Stalin. Vladimir Putin lleva 23 años en el poder. No sólo su educación y experiencia social fundamental han sido bajo el régimen soviético, sino que el prolongado poder sobre la burocracia gubernamental, especialmente aquélla responsable de los temas de seguridad y defensa, lo han convencido de su superioridad.

Los mecanismos que se desarrollan en un gobierno autocrático prolongado se conocen bien: corrupción, creación de camarillas y exclusión de las mayorías de las decisiones fundamentales, represión y persecución a las oposiciones, cooptación de las élites económicas, ya sea por coerción o por temor de éstas, limitación severa a la libertad de expresión o franca censura, sustitución de la información gubernamental por la propaganda cada vez más alejada de la realidad, creciente incapacidad de autocorrección y, por tanto, mayores oportunidades de cometer errores importantes.

Putin considera que Ucrania nunca ha existido; lo mismo los ucranianos como ciudadanos que detestan la hegemonía rusa porque no encajan en su mapa mental y menos en su experiencia. Si Putin considera la desaparición de la Unión Soviética en 1991 como una de las mayores catástrofes de la historia y se ha propuesto reparar ese error, la declaración de independencia de Ucrania ese mismo año es parte de la catástrofe a la que se ha propuesto meter reversa.

La experiencia de la libertad, de la democracia, de la autonomía, de la ampliación de las capacidades de decisión, de las posibilidades de emprender; la posibilidad de escoger y comparar candidatos, sistemas, programas, fuentes de información, oportunidades de empleo y negocio: todas éstas son experiencias imborrables. Nosotros en México hemos experimentado durante 26 años la posibilidad de ir a las urnas con la certeza de que nuestro voto será contado y contará tanto como el de los más poderosos. Los ciudadanos ucranianos han experimentado durante 31 años la independencia de su país: han ido a las urnas, han surgido nuevos partidos, han acertado o se han equivocado, han sacado por la fuerza de una rebelión cívica a un títere prorruso y han votado por acercarse a la Unión Europea. Existen y, por ello, han acudido a la defensa de una Ucrania independiente, dando muestras de heroísmo y valentía ejemplares.

Qué dolor tantas vidas perdidas, tanta destrucción por la decisión equivocada de un solo hombre. Los gobiernos unipersonales nunca terminan bien.

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