Sheinbaum y la CNTE

La relación entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y la CNTE se convirtió en una prueba de carácter político. No se trata sólo de un conflicto gremial ni de una disputa salarial. Lo que está en juego es la capacidad del gobierno para gestionar una tensión histórica con un actor que no se ajusta a la lógica del corporativismo. La Coordinadora no actúa como sindicato; se asume como movimiento político, con presión callejera y como interlocutor que mide la fuerza del gobierno en mesas, plantones y bloqueos. Ésa es la complejidad del desafío.

Sheinbaum optó por una fórmula que, en el pregón, parece razonable: diálogo permanente, atención a las demandas viables y rechazo a la represión. En distintos momentos, la Presidencia y la SEP han insistido en que existen mesas abiertas y decenas de reuniones con el magisterio disidente. La narrativa oficial subraya que, a diferencia de otros sexenios, hoy no hay cerrazón, sino disposición a escuchar. Pero para la CNTE, la existencia de mesas no equivale a una solución, y menos aun cuando las exigencias centrales —abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, cambios de fondo al sistema de pensiones, eliminación de mecanismos de evaluación— chocan con los límites presupuestales y políticos del Estado. 

Ahí aparece la paradoja. Un gobierno que llegó con el capital político de la continuidad, respaldado por una coalición que durante años se benefició del descontento social, descubre ahora que gobernar implica decir ‘no’. Y no siempre a la oposición tradicional, sino también a sectores que se consideran parte del mismo campo histórico. La fricción, por eso, resulta más delicada: no es una confrontación entre enemigos, sino una disputa entre antiguos compañeros de ruta que ya no comparten el mismo margen de maniobra.

Las protestas de 2025 y su reactivación en 2026 muestran que el conflicto no fue desactivado, sino apenas administrado; el funcionariado falló. El gobierno ha concedido el retiro de iniciativas impopulares, el congelamiento de ciertas medidas, promesas de revisión administrativa, aumentos salariales, más plazas y la apertura de foros. Pero la CNTE sostiene que eso no toca el corazón del problema. Desde su perspectiva, las respuestas oficiales son parciales, técnicas o dilatorias. Desde la óptica gubernamental, en cambio, muchas de las demandas son imposibles de financiar o de instrumentar sin desordenar por completo la política educativa y el equilibrio fiscal. Ése es el nudo: la CNTE presiona como si hubiera márgenes. 

A ello se suma un ingrediente de alto voltaje: la amenaza de escalar las movilizaciones que comenzaron este lunes, en un año marcado por la vitrina internacional del Mundial. El mensaje político es evidente. La CNTE sabe que, ante un evento global, la presión pública adquiere un valor distinto y que la capacidad de afectar la imagen del país se convierte en una carta de negociación. Sheinbaum ha respondido con una mezcla de firmeza verbal y prudencia operativa: pide manifestaciones pacíficas, insiste en que no caerá en provocaciones y confía en que habrá tiempo para un acuerdo. Pero existe el riesgo de una interpretación equivocada, ya sea subestimar la capacidad de movilización del magisterio o sobreestimar la eficacia de las mesas.

La Presidenta enfrenta un dilema clásico del poder: cómo mantener la legitimidad ante una base movilizada sin ceder el control de la agenda pública. Si concede demasiado, envía la señal de que la presión callejera doblega al Estado. Si endurece la postura, corre el riesgo de traicionar la promesa de un gobierno distinto, dialogante y sensible a las demandas sociales. Quizá la salida de la relación conflictiva no pasa por la ingenuidad ni por la nostalgia. Requiere reconocer que, con la CNTE, no basta con administrar los tiempos; hay que redefinir los términos. Es decir, construir una negociación con límites explícitos y costos transparentes.

Si algo demuestran las protestas de la CNTE es que los conflictos aplazados no desaparecen: se acumulan. Y cuando regresan, suelen hacerlo con más fuerza, más enojo y menos margen para la política. Lo cual se amolda al carácter pendenciero de la CNTE. Quiere y va por más.