Del “¿Y si sí?” al ¿Cómo sí?

Por primera vez desde el Mundial de 1970, la eliminación de la Selección Nacional de Futbol varonil no dejó a los mexicanos con una resaca dolorosa, rencor, desánimo y recriminaciones, a pesar de no mejorar la sexta posición en la tabla final del torneo. Hace cuatro años, el desastre de Qatar fue monumental, tan sólo hace 19 meses la FMF quedó acéfala, con tres diferentes directores técnicos en cuatro años. La afición se cansó de los pobres resultados del equipo que carecía de liderazgo; se dudaba que se hiciera un papel siquiera honroso, aun siendo anfitriones. Nadie quería entrar a la rifa del tigre.

Lo que parecía la receta perfecta para el desastre total resultó todo lo contrario. Algo inédito sucedió: se le dio la responsabilidad por tercera vez a un entrenador, Javier Aguirre Onaindía, que en dos mundiales no cumplió con el sueño dorado del quinto partido, algo que muchos consideraban un fracaso. Pero Javier tenía dos factores que pocos consideraron: al entender los porqués del fracaso los convirtió en aprendizaje, que transformó en experiencia y, a su vez, en madurez. Muchos jamás se levantan de esos fracasos; sin embargo, a Javier le valieron para acumular conocimiento en España, Egipto, Japón, Emiratos Árabes y Estados Unidos, dirigiendo equipos locales y selecciones nacionales. Es cierto, tal vez no alcanzó alturas estratosféricas de éxito, pero su resiliencia y determinación no se ponen en duda. Poco a poco, Aguirre se ganó a los incrédulos, especialistas, fanáticos y, especialmente, a los jugadores que podían convertirse en miembros del Tricolor, utilizando su carácter fuerte pero ecuánime, bonachón, dicharachero y amable.

Recordemos que la generación actual de jugadores no tiene nombres tan reconocidos como Hugo, Rafa, Campos, Casarín, Carbajal, Borja o el Kalimán Guzmán. Muchos mexicanos sólo habían escuchado hablar de Guillermo Ochoa, Raúl Jiménez y de una Hormiga. En contra de la xenofobia estúpida que denomina “nacionalizados” a los mexicanos que escogieron serlo por elección personal, incluyó en la lista final del equipo a cinco compatriotas que no nacieron en México, pero que se partieron la cara representando a su patria.

Aguirre creó un Equipo donde el éxito individual es el éxito de todos y viceversa. Donde nadie está encima del interés y beneficio del grupo, donde se palpaba la amistad, cariño, felicidad, solidaridad y, por qué no, amor fraterno, manteniendo el objetivo último. Sin figuras rimbombantes, con mano dura a veces y coherencia siempre, el D.T. no sólo se ganó la confianza y el respeto de los jugadores, sino también de los aficionados que llevaban abucheando al Tri desde hace cuatro años.

Y sucedió lo increíble: en todos los partidos, con estrategia, entrega, juego en equipo, sacrificio, estudio, entrenamientos, disciplina, ética y, sobre todo, trabajo duro, el Tri se reencontró con su afición. Las celebraciones sorprendieron al mundo por su entusiasmo, pero no a nosotros: ¡cómo nos hacía falta ser felices como nación! En un país donde los círculos viciosos son la norma, Javier y el equipo crearon un círculo virtuoso, de esos que pocas veces vemos en México: la unión de almas, caracteres, espíritus con guía, camino y destino. El resultado fueron la fe y la confianza, no ciegas, sino como consecuencia de todo lo mencionado, que no se ha acabado a pesar de la eliminación —por cierto, menos dolorosa porque la actitud fue diferente—. Aquí no hay culpables, se aceptan razones tan sencillas como que los otros fueron mejores. Ahora sí, estamos muy cerca.

Mientras los aficionados incrédulos preguntaban “¿Y si sí?”, Aguirre y sus muchachos ya se lo habían contestado ellos mismos y se plantearon la siguiente pregunta: ¿Cómo sí?

Los mexicanos debemos dejar de preguntarnos si lo podemos hacer. ¡Claro que podemos! Ahora preguntémonos cómo sí. A Rafael Márquez y a todo el país: el camino es más difícil que el planteado por los fracasados, mediocres, quejosos y corruptos, pero las mieles de la victoria y el camino bien trabajado valen la pena. Ya no pensemos en futbol, pensemos en México; el equipo somos todos los mexicanos. Y eso es más importante que el futbol.