Un oasis de inteligencia y cultura

Durante muchos años el paradigma que explicaba la falta de educación y cultura de los mexicanos se basaba en la falta de acceso a escuelas, bibliotecas e infraestructura. Lo ciertoes que la educación pública y los niños del país son rehenes de los gobiernos federal, estatal y de sindicatos magisteriales. Tristemente, la mediocridad es parte de la idiosincrasia nacional.

Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas, que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino sin dañar a la comunidad. Ellos eran rápidamente silenciados; pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles.

           Umberto Eco (La Stampa, junio 2015).

Uno de los principales retos que México ha tenido a lo largo de la historia es el nivel cultural y educativo de sus ciudadanos; los gobernantes en turno saben que es más fácil convencer, manipular y engañar a un pueblo ignorante e indolente para implementar sus agendas y esconder sus delitos. De ahí la importancia de los programas sociales donde se regala dinero a diestra y siniestra: mientras la tripa no ruja, el pueblo no se levanta.

Durante muchos años el paradigma que explicaba la falta de educación y cultura de los mexicanos se basaba en la falta de acceso a escuelas, bibliotecas e infraestructura. Lo cierto es que la educación pública y los niños del país son rehenes de los gobiernos federal, estatal y de sindicatos magisteriales. Tristemente, la mediocridad es parte de la idiosincrasia nacional: la ley del menor esfuerzo, la envidia al éxito basado en trabajo y conocimiento, el odio hacia quien tiene más, la ilusión de la gratificación inmediata y, últimamente, la búsqueda de la aprobación personal por parte de absolutos desconocidos a través de las redes sociales.

Pero ese paradigma ya no es verdadero. Según cifras del Inegi, en 2022, 78.6% de los mexicanos (83.8% en zonas urbanas y 62.3% en zonas rurales), son usuarios de internet. Es decir, más de 93 millones de personas mayores de seis años tienen acceso a todo el conocimiento acumulado por la humanidad. Pero esto no se ve reflejado en el nivel escolar o intelectual de la población. Citando al filósofo Karl Popper: «La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de rehusarse a adquirirlos». México es un país donde la ignorancia predomina sobre cualquier forma de aprendizaje. Basta con ver los libros de texto gratuito que se utilizan para educar —o adoctrinar— a los niños del país.

Pero esta ignorancia y falta de cultura no sólo afecta a las masas; muchos políticos y personajes que aparecen en los medios de comunicación son claros ejemplos. Desde secretarios de Educación que dicen que hay que «ler» (sic) o que no saben cómo se enseñan las materias de primaria, diputados que muestran su patanería (hombres y mujeres) en el Congreso, hasta presidentes y candidatos (actuales y anteriores) que muy probablemente no han leído ni siquiera el reverso de la caja del cereal mientras desayunaban en su infancia, mostrando su ignorancia y poca cultura. Una gran parte de las comunidades artísticas, culturales, deportivas y científicas del país votaron por López Obrador. Su recompensa fue el recorte presupuestal, despidos y retiro de apoyos a dichas comunidades; al final de cuentas, lo que ellos representan es una minoría que produce pocos votos. Mejor repartir dinero gratis entre las masas para ganar elecciones y popularidad.

Afortunadamente, dentro del surrealismo que caracteriza a México existen también los oasis de la inteligencia y cultura de nivel mundial. Para muestra, la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara: más de 857,000 asistentes (189,000 niños), 61 países representados, 630 presentaciones de libros, 240 foros literarios y 103 foros académicos en una sola semana. La FIL es ejemplo mundial y la reunión editorial más importante de Iberoamérica. Ahí se reúnen cada año algunos de los principales personajes que dan forma a la cultura del país y del mundo, desde ganadores del Premio Nobel hasta personalidades culturales y sociales internacionales. De vez en cuando aparecen algunos políticos mexicanos que, en su afán de querer parecer cultos, acaban quedando en ridículo al tratar de presumir su cultura, como Peña Nieto al querer nombrar tres libros que cambiaron su vida o Samuel García, quien, en su petulancia, quiso pasar por intelectual, pero no sabe que James Madison es una sola persona, haciendo recordar a Marta Sahagún con su Rabina Gran Tagore.

López Obrador definió esta semana a la FIL como un «cónclave de derecha» y de «tendencias conservadoras». El chiste se cuenta solo: no hay nada más liberal que la cultura, la ciencia y el conocimiento. A todo populista le da pánico que el pueblo se libere del yugo de la ignorancia; sería el fin de sus carreras. El pánico al escarnio y la crítica que lo hacen evitar la FIL es equivalente al temor a reunirse con el pueblo guerrerense afectado por el huracán Otis. Es cierto, el miedo no anda en burro.

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