La política narcisista y megalómana
Cada democracia es tan fuerte (o débil) como sus fundamentos cívicos, jurídicos y sociales.Si los gobiernos no dan resultados satisfactorios para los ciudadanos, la democraciase puede convertir en rehén de extremistas, ya sean religiosos —como en Irán—, políticosde ultraderecha o izquierda, y oligarcas individualistas.
De acuerdo con la Clínica Mayo, el trastorno de la personalidad narcisista es una enfermedad de salud mental. Quienes la padecen muestran un aire de superioridad irrazonable y necesidad de ser admirados, creen merecer privilegios y esperan que se reconozca su superioridad, aun sin tener logros, mismos que quieren hacer ver más importantes de lo que son. Tienen fantasías sobre el éxito, el poder y su inteligencia. Creen ser mejores que los demás y sólo pasan tiempo con personas igual de “especiales" que los puedan comprender, criticando y menospreciando a quienes consideran inferiores. No aceptan cuestionamientos y se aprovechan de los demás para lograr sus objetivos; son incapaces de reconocer las necesidades y sentimientos de los demás. Envidian a muchos y creen ser envidiados por el mundo. Se comportan con arrogancia, alardean sus “logros y proezas" hasta parecer engreídos, aunque muchos de ellos son especialmente carismáticos.
Les cuesta trabajo interactuar con otras personas y se sienten menospreciados con facilidad. Reaccionan con ira o desdén ante la crítica, queriendo dar una impresión de superioridad, mostrando su dificultad para manejar sus emociones. Evitan situaciones donde pueden ser criticados o pueden fallar. Tienen sentimientos ocultos de inseguridad, vergüenza, humillación y miedo a ser descubiertos como un fracaso.
Dentro del espectro narcisista existe la megalomanía. Quienes padecen de ella se comportan como si tuvieran un poder ilimitado y se molestan si alguien quiere restringirlos. No aprenden de sus errores, peor aún, culpan a los demás (en especial sus adversarios, reales o ficticios) y a las circunstancias de lo que no resulta como ellos desean. Desean ser queridos y adorados por quienes los rodean; si no es así, tienden a pensar que el problema reside en todos los demás.
En la historia, mirando los noticieros o simplemente en nuestra vida diaria encontramos varios ejemplos. Entre los grandes tiranos y dictadores podemos encontrar narcisistas megalómanos: Hitler, Stalin, Idi Amin, Mussolini, Napoleón, Hugo Chávez, Sadam Hussein, Fidel Castro y muchos otros convirtieron en realidad la frase atribuida a Luis XIV: “El Estado soy yo”, donde el dominio de quien ostentaba el poder era absoluto: reyes, príncipes, emperadores y nobleza en general, ungidos por la gracia divina y sustentados por el poder militar. La llegada de la democracia en los siglos XIX y XX provocó conflictos tan grandes como las dos guerras mundiales y un sinnúmero de crisis alrededor del mundo: Vietnam, los Balcanes, el Golfo Pérsico, las Coreas y muchas más.
Cada democracia es tan fuerte (o débil) como sus fundamentos cívicos, jurídicos y sociales. Si los gobiernos no dan resultados satisfactorios para los ciudadanos, la democracia se puede convertir en rehén de extremistas, ya sean religiosos —como en Irán—, políticos de ultraderecha o izquierda, y oligarcas individualistas. Se vuelve tierra fértil para el crecimiento de “líderes” que prometen solucionar todos los males, basados en su carisma, verdades a medias y mentiras facciosas, que se proclaman como salvadores, siendo los únicos capaces de resolver las injusticias y problemas monumentales. Pero todo cambia cuando llegan al poder: fomentan la división entre sus representados, crean problemas para ofrecer supuestas soluciones, intentan cambiar las leyes para no dejar el poder o tratan de hacerlo a través de sus elegidos para sucederlos. Persiguen sin piedad a sus “enemigos”: periodistas, partidos de oposición, organizaciones no gubernamentales y todo aquel que no comparta sus ideologías, basadas en el culto a sí mismos. Muchos de ellos incluso llegan a cambiar su residencia para vivir en un Palacio, apenas digno de su “jerarquía”.
Hace tres años, el autoproclamado país defensor de la democracia, Estados Unidos, estuvo en vilo por un intento de sedición a través de un ataque a su Capitolio, fomentado por el entonces presidente, Donald Trump, quien se negó a aceptar el resultado adverso en las elecciones y estaba dispuesto a sacrificar la vida del vicepresidente para su propio beneficio. Que no se nos olvide que el presidente López Obrador se autoproclamó “presidente legítimo” en el 2006 y, ya como jefe del Ejecutivo, ha dicho frases lúgubres como “no me vengan con que la ley es la ley” y que su “autoridad moral está por encima de la ley”, haciendo recordar los tiempos de la dictadura perfecta. Nuestra democracia es muy frágil y está bajo ataque; el futuro de México depende de todos nosotros.
