La política de la estulticia

Los gobiernos fracasados, corruptos y con tintes dictatoriales necesitan que la mayoríadel pueblo que vota permanezcan en la inopia intelectual, tratando de que el númerode ignorantes crezca para sostenerse a pesar de su incompetencia. Tienen que crear grandes enemigos que sólo el líder del movimiento puede vencer.

¿Cómo saber si un político es un gran estadista o un demagogo con aires de dictador en ciernes? Basta con saber las condiciones en que se encuentran los gobernados. Si disminuye la pobreza, la inseguridad y el desempleo se genera riqueza y la distribución equitativa de la misma, mejoran las condiciones sociales, se incrementa el nivel educativo, la infraestructura aumenta, la inversión crece y los servidores públicos asumen su responsabilidad, la calidad de vida de los ciudadanos crecerá en todos los aspectos; podemos decir que una administración ha sido exitosa. En cambio, los gobiernos fallidos culpan a otros de las situaciones que prometieron resolver al llegar al poder y se incrementan los males del país. Pobreza y desempleo aumentan, la economía naufraga, la inseguridad y la corrupción se desbordan. Estos gobiernos sólo son exitosos a los ojos de quienes tienen un resentimiento afincado en administraciones ineficientes, por quienes tienen beneficios de asociarse con estos políticos o por quienes, a pesar de que los hechos y datos concretos que muestran la ineficiencia, corrupción, desdén por la ley y las instituciones, siguen ciegamente a su “mesías". Estos últimos son los ciudadanos manipulables gracias a su estulticia: ignorancia, necedad y estupidez.

Los gobiernos fracasados, corruptos y con tintes dictatoriales necesitan que la mayoría del pueblo que vota permanezcan en la inopia intelectual, tratando de que el número de ignorantes crezca para sostenerse a pesar de su incompetencia. Tienen que crear grandes enemigos que sólo el líder del movimiento puede vencer: villanos históricos como los españoles o los gringos, los neoliberales y conservadores, los socialistas, comunistas, capitalistas, los empresarios que generan empleos, los activistas que tratan de preservar los derechos alcanzados, las instituciones democráticas y autónomas que son etiquetadas como “inservibles y enemigas del pueblo” o quien se necesite; incluso las madres que buscan a sus hijos desaparecidos y los damnificados de desastres naturales; llegan incluso a negar la información generada por sus propios gobiernos y desacreditan a la ciencia misma. Para ellos sólo cuentan los “datos”, reales o inventados, que benefician al líder del movimiento.

Estos gobiernos utilizan y necesitan la política de la estulticia. Su poder se basa en las masas que sólo escuchan y ven lo que les muestran sus líderes, sin cuestionar ni dudar. Necesitan que el pueblo se mantenga ignorante, lo suficientemente pobre para que necesite de “papá gobierno” que lo provea de lo mínimo, sin permitir la movilidad y crecimiento social, pero dándoles los suficientes recursos en forma gratuita para que vean lo “bueno” que es su líder por regalarles dinero y prebendas, todo esto mientras los allegados al poder se vuelven multimillonarios.

Últimamente ha resurgido en redes sociales un pasaje del libro El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad (Carl Sagan, 1995): “El embrutecimiento […] es más evidente en la lenta decadencia de los contenidos sustanciales de los medios de comunicación enormemente influyente, con segmentos de sonido de 30 segundos (que ahora se reducen a 10 segundos o menos) en la programación del mínimo común denominador, las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero, sobre todo, en una especie de celebración de la ignorancia”.

Una vuelta por las redes sociales confirma que Sagan tenía razón. Científicos, activistas, políticos, filósofos, catedráticos, artistas, profesionistas y demás son víctimas de esta celebración. Quienes ganan son los que fomentan la mediocridad, el conformismo, las ganancias sobre la calidad, la estupidez sobre la inteligencia, la falta de civismo, el beneficio personal a toda costa, sin ética sobre el beneficio colectivo.

Platique con los jóvenes, aquellos destinados a dirigir a México dentro de 10 a 20 años. No conocen quién fue Mijaíl Gorbachov, los desatinos de López Portillo o Echeverría, los asesinatos políticos en el gobierno de Salinas. Desconocen palabras como “ambiguo” o “vicisitud” y seguramente algunas utilizadas en este artículo. La prueba PISA evidenció el retraso de 20 años en el nivel educativo de los jóvenes mexicanos en lo que va del sexenio, para regocijo del partido en el poder.

Estimado lector: le deseo una muy feliz Navidad. El 2024 y nuestro futuro dependen de nosotros mismos. No nos fallemos: a nosotros, a nuestras familias, a México.

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