La agonía de la democracia mexicana
Para los que vivimos los años setenta, recordamos los duros momentos por los que transitó el país. Las desapariciones y asesinatos políticos (generalmente de opositores) eran cosa de todos los días, no existía el libre comercio. Si usted quería un televisor, un electrodoméstico, un par de tenis deportivos o hasta un chocolate importado, sólo podía conseguirlos en lugares de venta ilegal.
La joven democracia mexicana y su separación de poderes está agonizando; depende de que un solo senador traicione a su partido, y a los que votaron por él, para otorgar a López Obrador la ansiada mayoría calificada en ambas cámaras, dando curso a la reforma judicial, con la que logra cimentar su “legado”: dejar con un poder irrestricto a su designada para sucederlo y garantizar impunidad a su cohorte.
Si usted tiene menos de 35 años no vivió bajo la “dictadura perfecta”, término acuñado por el escritor peruano Mario Vargas Llosa en agosto de 1990 en referencia al partido en el poder (PRI), lo que le valió el exilio del país hasta la llegada de la oposición a la Presidencia. Corría el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, quien había “ganado” las elecciones dos años antes gracias al infame fraude electoral orquestado por su predecesor, Miguel de la Madrid, y ejecutado por el entonces secretario de gobernación, Manuel Bartlett (sí, el mismo que dirige la Comisión Federal de Electricidad), con la famosa “caída” del sistema de cómputo electoral que él mismo presidía. Después de unas horas, el sistema fue recuperado y, misteriosamente, la clara ventaja del candidato opositor, Cuauhtémoc Cárdenas, había sido borrada y designaba a Salinas como el futuro Presidente.
Para los que vivimos los años setenta, recordamos los duros momentos por los que transitó el país. Las desapariciones y asesinatos políticos (generalmente de opositores) eran cosa de todos los días, no existía el libre comercio. Si usted quería un televisor, un electrodoméstico, un par de tenis deportivos o hasta un chocolate importado, sólo podía conseguirlos en lugares de venta ilegal de contrabando. Comprar un auto importado significaba desembolsar cuatro o cinco veces su valor comercial por los impuestos a pagar. Se acabaron las líneas telefónicas, heredándose de padres a hijos, y si se descomponían había que esperar meses para ser reparadas. En los años ochenta y noventa, la inflación promedio fue de 45%, con un máximo alcanzado de 180%; muchos recordamos que los precios en supermercados y tiendas se incrementaban hasta tres veces al día. Imposible entablar un proceso legal contra el gobierno, la inversión extranjera era ínfima al no existir un Poder Judicial independiente que equilibrara la balanza de la justicia, y el Congreso estaba completamente acaparado por el partido del presidente, quien tenía un poder ilimitado, salvo una pequeña excepción: debía entregar el poder absoluto al sucesor, designado por él mismo, que continuaría con ese sistema a perpetuidad.
Los graves errores cometidos por López Portillo, Miguel de la Madrid y Salinas incluyeron la nacionalización de los bancos, la hiperinflación, la incompetencia durante la tragedia del peor terremoto en la historia del país, la negación de la democracia y hasta el asesinato de su candidato en 1994. Esto, y mucho más, provocó el hartazgo de gran parte de la sociedad que ansiábamos acceder a la democracia para poder elegir a nuestros presidentes, gobernadores, presidentes municipales, senadores y diputados. Lo que parecía un milagro se consiguió en el año 2000, con la elección del primer candidato de la oposición en la historia moderna de México.
Estos últimos años están lejos de ser perfectos, pero se dieron grandes pasos para dar sustento a nuestra incipiente democracia: las elecciones ya no fueron gestionadas ni calificadas por el gobierno al fundarse el IFE (ahora INE), se creó la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el Inai, el IFT, el Coneval, la Cofece, el Inegi y se dio independencia al Banco de México. Se apuntalaron y ampliaron los tratados de libre comercio que ayudaron a generar millones de trabajos formales. Se lograron conformar congresos con mayorías opositoras al presidente del país, lo que ha generado debate, política y, lo más valioso, la necesidad de concertar y negociar para el beneficio del país. Todos estos institutos autónomos están condenados a desaparecer, lo que rompe con los acuerdos comerciales ya establecidos, que a su vez provocará la ruptura de relaciones con EU y Canadá, hundiendo al país en la peor crisis económica en décadas.
López está destruyendo la misma democracia que le permitió llegar al poder, como hicieron los dictadores en Venezuela y Nicaragua. Él es un desecho del PRI de los setenta; su resentimiento y rencor le dio impulso durante cuarenta años para llegar al poder y ahora lo quiere mantener a perpetuidad consumando la debacle en los últimos tres meses de su gobierno. Después de 24 años de democracia, entramos a la “dictadura perfeccionada”. ¿Cuánto durará esta vez?
