La evolución (o involución) del Mundial

Por muchas razones, el futbol es el deporte más popular del mundo: tiene pocas reglas, es sencillo de entender y jugar, bastan dos piedras, mochilas o cualquier objeto que delimite una portería y una pelota o algo hecho de cualquier material que adopte una forma esférica. Lo juegan hombres, mujeres y niños; altos, bajos, regordetes y flacos; en parques, camellones, llanos y, cuando se puede, en las calles con partidos organizados por la chicos de la cuadra, donde se pierde la cuenta del marcador y cuando hay que regresar a casa, el ganador se determina por “el que meta el gol, gana”.

 En otros deportes de conjunto se necesitan individuos extremadamente rápidos, altos, poderosos y ágiles que brincan como si se suspendieran en el aire, con una fortaleza física y mental que sólo se alcanza a través de años de trabajo, con estrategias complejas y equipamiento altamente especializado, regidos por reglamentos de cientos de artículos que utilizan miles de posibles jugadas planeadas, lo que hace que no todos puedan acceder a la excelencia en esas especialidades. En cambio, el futbol permite que cualquier persona que tenga la disciplina, determinación y una gran dosis de talento y habilidades físicas, pueda jugar profesionalmente. La improvisación de los cracks es invaluable. El balompié es completamente aspiracional: millones de niños del planeta en algún momento lo han jugado y se han imaginado jugar una final con su selección nacional.

El futbol ha sido el deporte que más se ha tardado en implementar tecnología existente hace años para disminuir los errores humanos y evitar injusticias que afecten a un equipo, mientras se castiga a los tramposos o quienes rompen las reglas. Muchas otras ligas deportivas e incluso disciplinas olímpicas cuentan desde hace décadas con repetición instantánea y asistencias tecnológicas para mejorar al deporte mismo. El organismo regulador del futbol, la FIFA, ya se ha adaptado a los nuevos tiempos: desde la implementación del VAR para revisar jugadas controversiales, los chips dentro de los balones para cerciorarse de que cruzan la línea de meta para marcar o denegar un gol hasta las valiosas estadísticas del desempeño de cada jugador —metros recorridos, velocidades máximas, deshidratación, tiempos de posesión, análisis de “fuera de lugar”, hasta el cálculo del momentum del partido—. Sí, el futbol ha evolucionado.

La FIFA no sólo está adaptando innovaciones dentro de la cancha, sino también en su esquema de negocios. Por primera vez en la historia, hay tres países anfitriones que suman una población conjunta de más de 500 millones de habitantes. Los boletos de los partidos se venden a “precios dinámicos”, en donde el costo impreso en el boleto es el punto de inicio para la puja privada o pública (obviamente, en el portal mismo de FIFA, con cobro de comisiones a compradores y vendedores de 15%), haciendo que cada boleto se cotice en hasta cientos de miles de pesos. Haciendo un análisis superficial, en el Mundial del 86 se jugaron en el Estadio Azteca nueve partidos. El precio, ajustado a la inflación y tipo de cambio actual, variaba entre 700 y 1,200 dólares por los nueve juegos, incluidos inauguración y final; en esta ocasión, esa cantidad alcanzaría, con suerte, para comprar un solo boleto de un solo partido.

Con esos costos, la FIFA ha alejado a los aficionados menos pudientes de todo el mundo que hacen sacrificios enormes cada cuatro años para viajar a apoyar a su selección nacional y que no podrán ver los 104 partidos si no pagan un extra en sus sistemas de TV de paga. Fueron cambiados por clientes capaces de pagar grandes sumas y corporativos que gastan cientos de miles de dólares para consentir a clientes y personalidades VIP, quienes muchas veces asisten sin ser grandes aficionados solamente para tomarse la selfie y poder decir en sus redes sociales “yo estuve ahí”, como sucede en la Fórmula 1 y en el Super Bowl.

Hay un dicho muy sabio sobre el cual reflexionar: “Haz ropa para los pobres y te harás rico; haz ropa para los ricos y te harás pobre”. Si el futbol pierde a sus más leales seguidores, podría verse en grandes aprietos. El tiempo dirá.