El país de las pesadillas
Los ciudadanos estamos indefensos, la función fundamental del Estado de proveer seguridad a todos los mexicanos hace mucho que es letra muerta.
México, como cualquier otra nación, ha tenido retos y problemas en los últimos 50 años. Desde la “dictadura perfecta", descrita por Vargas Llosa, que gobernó en forma oprobiosa al país, hasta las monumentales crisis económicas sufridas desde los años setenta hasta los noventa, con niveles de inflación de hasta 159% anual, cuando los precios en tiendas y supermercados cambiaban varias veces en un solo día.
Han existido momentos de agitación social, como los movimientos estudiantiles del 68 y grupos armados de principios de los setentas o las crisis que desataron el movimiento zapatista, cuando pensábamos despertar en el primer mundo gracias al Tratado de Libre Comercio de América del Norte y despertamos con grupos levantados en armas, como muchos países de Centroamérica. Se cometieron errores monumentales de políticas públicas, la nacionalización bancaria, los malos manejos de las finanzas del país, el robo en despoblado de políticos y funcionarios, que perduran hasta nuestros días.
A pesar de todo esto, los niños podían salir a la calle a jugar con los vecinos, convirtiendo las calles en canchas de futbol. Los barrios llenos de ávidos conductores de bicicletas y avalanchas, en patines o jugando bote pateado, canicas y “tapados” con las estampas de ocasión. Los niños y jóvenes caminábamos sin temor por nuestras calles, incluso entrada la noche, regresando a tiempo para la cena. No existían los celulares, pero todos conocíamos el número telefónico de la casa de los amigos y familiares donde solíamos pasar nuestras horas de juego. Conocíamos a nuestros vecinos por nombre y, sin importar si existía una buena o mala relación con ellos, nos cuidábamos los unos a los otros. Había un sentimiento de seguridad personal que ya no conocen aquellos nacidos en los últimos 25 años: los jóvenes en las grandes ciudades del país escuchan estas historias como si fueran leyendas populares tan creíbles como La Llorona.
El crimen y la impunidad han existido en todas sus formas, pero la ineficacia de los gobiernos y sus estrategias de seguridad en este siglo han ocasionado que los hábitos y las dinámicas de los mexicanos cambien, convirtiéndonos en ciudadanos temerosos de no regresar a nuestros hogares al final del día. Al iniciar el siglo XXI, estábamos consternados porque había más de mil secuestros por año; desde hace seis años mueren asesinadas más de 110 personas al día. Entre 2006 y 2023 han desaparecido más de 95 mil mexicanos, que son buscados solamente por sus madres, familiares y amigos, porque a los gobiernos estatales y federales no les importa encontrarlos.
La incongruente y estulta política de seguridad nacional basada en “abrazos, no balazos” y las amenazas de “acusar con su mamá a los delincuentes”, han dado rienda suelta no sólo a los grandes cárteles de las drogas, sino también a los criminales comunes. Los ciudadanos estamos indefensos, la función fundamental del Estado de proveer seguridad a todos los mexicanos hace mucho que es letra muerta. Los migrantes que cruzan el país rumbo a Estados Unidos sufren un infierno y arriesgan la vida, que está al capricho de los criminales que les prometen llegar a su destino para una vida mejor.
Bajo esta andanada de datos, están los sufrimientos de las familias que padecen la pérdida de un ser querido, de todos aquellos que son asaltados en el transporte público, en carreteras y sus negocios. Quienes tienen que pagar extorsiones para poder mantener abiertos sus locales o para tener permisos y licencias para operar, o las “mordidas” a policías y servidores públicos para “aceitar la maquinaria” y que los trámites lleguen a buen fin. Los temores diarios de las mujeres del país que, solamente por su género, corren el riesgo de ser una de las 21 mujeres que mueren cada día.
Entre toda esta situación de desesperanza y zozobra, el Presidente pregona su popularidad de 58% y asegura que, de los 100 compromisos de su presidencia, sólo le falta resolver el caso de los estudiantes de Ayotzinapa. Mientras tanto, en comparecencia en el Congreso, la secretaria de Gobernación, Luisa Alcalde, describió un país con mayor seguridad para los mexicanos y los migrantes. Un México donde todo lo malo es consecuencia de las administraciones anteriores (aunque ya está a punto de terminar este sexenio). El país de las maravillas que se describe cada mañana desde Palacio Nacional es en realidad el país de nuestras peores pesadillas. Y no podemos despertar de ellas.
