¿Derechos de las audiencias?

La democracia es el poder del pueblo ejercido por los mismos ciudadanos elegidos por voto popular. Estas personas, llamadas políticos, crean leyes y las ejercen en beneficio de los habitantes, dándoles seguridad pública, libertades y oportunidades. El poder no se concentra en una sola persona o grupo, existen sistemas de controles y equilibrios en forma de Congreso, Poder Judicial e instituciones independientes; eso dice la teoría.

Según un estudio de The Economist, 43% de la población mundial vive bajo regímenes con preceptos democráticos, aunque solamente existen 25 democracias plenas, como en Canadá, Chile, Uruguay, Reino Unido, Alemania, España y Australia, entre otros. Clasifica a 46 países como democracias imperfectas (Colombia, Brasil, Estados Unidos, Italia e India, por mencionar algunos). Cataloga a 36 países como regímenes híbridos, es decir, semidemocracias autocráticas a un paso del autoritarismo (entre los que están México, Ecuador, Bolivia y Turquía). Incluye a 60 países en la categoría de gobiernos autoritarios como Rusia, Cuba, Corea del Norte, Nicaragua y Arabia Saudita. Estos últimos países suprimen la libertad de expresión, la prensa libre y persiguen hasta el exilio, cárcel o muerte a quienes osan a diferir de las ideas del grupo en el poder.

México está a punto de unirse al grupo de países autoritarios con el eufemismo de los “derechos de las audiencias”. No hay nada más democrático que el poder que las audiencias tienen sobre los medios en nuestro país. 

Es muy sencillo: si a los ciudadanos les gusta un contenido, ya sea en TV, radio, prensa, redes sociales o cualquier otro medio, lo verán, seguirán y le darán su preferencia para que, en el caso de los medios comerciales, puedan vender publicidad y subsistir; caso contrario, si el contenido no goza de la preferencia del público, éste puede cambiar el canal de TV, la estación de radio, red social o simplemente apagar cualquier dispositivo con el que esté conectado, al igual que pueden dejar de consumir las investigaciones de la prensa en cualquier presentación. 

Si el medio no se adapta a las audiencias, dejará de existir. Así de sencillo.

El papel de los medios de comunicación en las democracias es invaluable e indispensable, sobre todo aquellos que tienen contenidos basados en periodismo, análisis, investigación y seguimiento del quehacer público, reportando las actividades del gobierno, sus instituciones, junto con el día a día del país en todos los niveles y áreas. Dan cobertura a las acciones, resultados y éxitos de las administraciones y, si son coherentes con su responsabilidad periodística, también de los fracasos, omisiones, errores y corrupción en los que incurren los servidores públicos y ciudadanos en general; esto es una condición sine qua non de las democracias modernas. Cada medio, periodista, analista, columnista o especialista tiene su propio compás moral y ético. Pueden existir líneas ideológicas en cada medio, y las mismas audiencias deciden si los siguen o no. En esencia, los medios se convirtieron en los primeros defensores de las audiencias ante los abusos del poder y eso incomoda in extremis a aquellos que no quieren rendir cuentas.

Es muy fácil reconocer a una dictadura por la restricción y desaparición de la libertad de expresión. En México se está planteando colocar la mítica espada de Damocles sobre la cabeza de todos quienes tenemos el privilegio de expresar nuestras opiniones en un medio de comunicación. Bajo la excusa de proteger los derechos de las audiencias, se plantea castigar con multas hasta de 1% de las ganancias anuales a aquellos que “mientan” en sus expresiones públicas. Se les olvida que esto también incluiría a los medios oficiales y progubernamentales, como el Canal del Congreso, Cepropie, Canal 11 y Canal 22. ¿Quién decide cuándo una opinión es una mentira? ¿El gobierno? ¿El dictador?

Considerando que AMLO dijo más de 110,000 mentiras en sus mañaneras, imagine las multas en las que incurrió. Ahora piense que el Tren Maya tuvo un “percance de vías”, no hay inundaciones sino “encharcamientos” y otras ambigüedades. ¿No será que las audiencias más bien necesitan defenderse del gobierno?