Ya no es cuestión de la percha
Nos encontramos en un momento en el que la simulación requiere de recursos más elaborados para no mostrarse detrás de los telones que, hace no mucho tiempo eran suficientes.
Es imposible mantenerse al margen de la patética discusión que se dirime entre quienes conforman la cortesilla política que hoy ocupa sus minutos de protagonismo en la escena del absurdo. Más allá de las filias y las fobias, lo que se presencia es la constatación de todo aquello que implica ingresar a esa suerte de panteón –en su sentido etimológico– que representa ingresar al servicio público y, en un sentido más amplio, acceder a la vida política que abreva de las aguas del erario. Sí, esa fuente inagotable de riqueza en el que se pelea cada centímetro para estar cerca del lucro y la riqueza personal.
Patético y lleno de humorismo involuntario es darse cuenta que el gatopardismo es una de las principales definiciones que se aplican, con cierta naturalidad y sin dudarlo, a muchas y muchos que se encuentran entre los padrones de esa famosa clase política que ha perfeccionado la simulación y sus discursos articulados con una retórica que se fundamenta en la hipocresía y el populismo más grotesco –pero efectivo, y vaya que lo es–. Es cuestión de observar con cierto detenimiento unas cuantas notas periodísticas para comprender que detrás hay algo más profundo que ha erosionado la legalidad, la vida democrática de nuestro país y todas sus instituciones.
Sin caer en las generalizaciones que tanto han mermado el debate político y el análisis económico de nuestra realidad, es casi imposible dejar de intuir, observar y constatar que, en ese mundo palaciego, la codicia, la voracidad y la ambición hacen un buen maridaje con ese tufo a corrupción que envuelve los pasillos del “reino de Dinamarca”; por ejemplo, destapar las cajas de Pandora de los sindicatos y sus dirigencias, realizar el escrutinio de los contratos que otorga a diestra y siniestra un gobierno que se aleja de toda transparencia o simplemente observar los indicios de los súbitos e inexplicables milagros económicos de carácter personal, todo ello bastaría para entender la feroz lucha por beber de esa agua rica en propiedades. Y cuentas bancarias.
Nos encontramos en un momento en el que la simulación requiere de recursos más elaborados para no mostrarse detrás de los telones que, hace no mucho tiempo eran suficientes. Hoy es casi una obligación hacer referencia al inconmensurable Big Brother, ya una presencia casi costumbrista que nos vaticinó el gran George Orwell en su novela 1984. Así, el imperio de las cámaras, de las miradas y el escrutinio público se encuentra a resguardo en un simple dispositivo electrónico, lo cual no ha abonado a sostener la narrativa que ha sido la bandera política del oficialismo y su partido en los últimos veinte años: “… en mi caso, desde niño aprendí, posiblemente antes que otros, que el poder es humildad, que la austeridad es un asunto de principios y que se debe vivir en la justa medianía como lo recomendaba el presidente Juárez…”, “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre. Con honestidad y sin privilegios, alcanzan los recursos para destinarlos al pueblo de México”, “Les adelanto que ya vamos a pasar de la fase de la austeridad republicana a una fase superior que es la de la pobreza franciscana (...) vamos a llevar a cabo medidas de austeridad adicionales, como vamos a reducir bastante, casi no va a haber viajes al extranjero, vamos a procurar que toda la comunicación se haga por teléfono, por teleconferencias y vamos a reducir viáticos aún más y otras medidas…”. En fin, tan sólo por el hecho de recordar el arrebato sentimental de semejantes frases, casi nos convencernos que la humanidad ha alcanzado su más alto grado civilizatorio en el oficialismo actual. Y, sin embargo, se tambalea su doctrina y los alcances de sus formulaciones cuando entre ellos y ellas se reprochan y discuten si el lujo, los gastos excesivos y la imagen de una vida de extravagancias y derroche es lo más normal para quienes trabajan incansablemente por el bien de un país en el que la violencia, la corrupción, los homicidios, el crimen organizado, las desapariciones y la impunidad, son noticia cotidiana.
Claro, ya no es cuestión de la percha: lo que se observa son las costosas marcas que visten, las joyas que acentúan sus sonrisas, los lugares en donde se le rinde pleitesía a la investidura. Pero no nos quedemos en la epidermis. Esto puede ser algo que también se le reproche a quienes han gobernado nuestro país, estados, alcaldías, municipios a lo largo de las últimas décadas, más allá de las filias y las fobias partidistas. Y quizá eso sea lo más contradictorio: es penoso observar a quienes defienden y justifican el nuevo statu quo del oficialismo, comparándolo con los excesos de los protagonistas del pasado. Vaya consuelo cuando en el sector salud, por ejemplo, las cosas están tan lejos de sus burlescas promesas.
Como diría Alphonse Karr, “cuanto más cambia, más sigue igual”. ¿Será?
