Una vez más
Entre las proclamas patrioteras ante la posible “invasión” norteamericana, la realidad parece mofarse de nosotros como sociedad.
A nadie sorprende lo volátil y superfluo del discurso político en nuestro país que, desde hace algunos años, se ha erosionado de forma muy peculiar. Más allá del estilo que se impuso desde la tribuna del Poder Ejecutivo en el sexenio anterior –que se convirtió en el modelo y esquema a seguir–, lo que llama la atención es la manera en la que prevalece y se recrea esa urgencia por el reduccionismo más burdo que, al parecer, es suficiente para encender los fuegos artificiales que terminan por imponer su inmediatez, su estruendoso ruido mediático y propagandístico.
No es extraño percatarse que han cumplido con creces la promesa de una continuidad de lo establecido durante el gobierno de López Obrador pues, al menos en ese sentido, no dejan de sacarle provecho a esa estrategia de comunicación que les garantiza la consolidación de un discurso que les funciona a la perfección con su base electoral y su militancia, lo cual también les ha permitido mantener esos niveles de popularidad que tanto les gusta presumir. Lo de menos es qué se diga ni la manera en cómo se exprese el mensaje, lo importante es que se haya mencionado desde la Presidencia, con las palabras y el sesgo bien definido que deberán ser replicados en todos los ámbitos del corifeo oficialista. Así, no hay manera de salirse del guion ya establecido. En efecto, esto no es nada nuevo para la actual administración, pues, al contrario, es el momento en el que se enciende la pirotecnia retórica y se enturbia la perspectiva de la realidad.
Por cierto, en ese sentido resulta curioso que, quizá, las vacaciones hayan servido para “silenciar” los micrófonos de los adalides del Movimiento en las cámaras de Diputados y de Senadores: lo que menos necesita la actual Presidenta es que exista un alto volumen para ciertas voces que resten preponderancia a sus mensajes cotidianos o a la imagen del presidencialismo que le ha sido heredada. Al parecer, nadie puede salirse de la estructura que se decantó a lo largo de seis años y se necesita seguir proyectando la imagen de la titular del Poder Ejecutivo.
Así, no es extraño que prevalezca ese afán de llenar de ruido y parafernalia propagandística al discurso político, pues es lo que más se necesita para que su reduccionismo siga brindando los buenos resultados que hasta ahora han obtenido: cuando se presenta un tema que cuestione a su gobierno –ya sea a nivel federal o local, por ejemplo en el caso del concierto de fin de año que se llevó a cabo en el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México– de inmediato se recurre a los fuegos artificiales, al estilo discursivo más ramplón y chabacano posible. Y vaya que tenemos ejemplos.
No obstante, de los que más han llamado la atención es la reacción del gobierno y sus respectivos amplificadores de su estilo beligerante ante dos situaciones que han implicado una grieta en esa realidad alterna que sostiene la llamada Cuarta Transformación. Por un lado, la amenaza de Donald Trump de etiquetar como grupos terroristas a los llamados cárteles que operan en nuestro país y, por el otro, el reportaje del New York Times en el que se habla de la producción de fentanilo en tierras mexicanas. Dos aspectos que terminan por señalar al mismo punto: la política de seguridad y la grisácea lucha contra el narcotráfico que se ha llevado a cabo desde el sexenio anterior y que, por supuesto, continúa en el actual. En consecuencia, pudimos observar respuestas airadas y contradictorias, ejemplos de un estilo propio del esperpento.
Así, entre los intentos del corifeo oficialista por dar una lección lingüística y política acerca de lo que sí es el “terrorismo” y las proclamas patrioteras ante la posible “invasión” norteamericana, la realidad parece mofarse de nosotros como sociedad. Y, para complementar este cuadro que nos ha regalado la coyuntura de estas semanas, observar la respuesta ante el mencionado reportaje del periódico estadunidense, nos muestra que es cuestión de caminar entre las ramas para salir al paso: basta y es suficiente con intentar desacreditar la técnica de la producción del fentanilo. El mecanismo es enfrentarse al medio extranjero para seguir sumando a esa narrativa de un patrioterismo que se ensalzará al entonar todas las estrofas del Himno Nacional. Claro, siempre es mejor buscar enemigos externos que asumir la preeminencia de los internos que, por supuesto, han gozado de la corrupción del sistema político mexicano. A pesar de que este intento pase a desacreditar el trabajo de las mismas Fuerzas Armadas.
Y, sin embargo, allí está la realidad, que no necesita de banales justificaciones políticas, de etiquetas ni academicismos. La realidad que termina por imponerse y que nos muestra que ese ruido discursivo y toda su parafernalia propagandística termina por alejarse de lo que ocurre cotidianamente en las calles de nuestro país.
