Un mundillo paralelo

Ya nos hemos acostumbrado a que los llamados representantes de la sociedad oscilen entre el cinismo y la caricaturización propia del absurdo.

Desde hace algunas semanas, muchos de quienes conforman al Poder Legislativo nos han regalado temas que sería necesario cuestionar, analizar y, en definitiva, no permitir que se acomoden en los pasillos del olvido. Y esto adquiere relevancia cuando se pone en el centro de la mesa que se trata de servidores públicos cuyas acciones deberían estar al servicio de una sociedad que, en el mejor de los casos, les votó para que fungieran como sus representantes en la toma de decisiones que definen el futuro de nuestro país. En dicho punto, las tuercas de esa idea comienzan a aflojarse con los aceites de la impunidad.

No hay nada nuevo al observar lo que sucede con quienes acceden a ese mundillo paralelo que se ha desarrollado en ambas cámaras del Poder Legislativo, pues es no es gratuito que las figuras de diputados y senadores hayan sido la delicia de caricaturistas y humoristas a lo largo de ya varias décadas, pues no es extraño encontrarnos con quienes, en un santiamén, olvidan cuál es su principal función ante la sociedad para convertirse en los primeros darle la espalda a la moral, la ética y la legalidad. En efecto, no hay nada nuevo cuando se entiende que esto tiene su origen en aquel priismo más añejo y rancio del hoy se han obtenido los mejores frutos al constituirse como maestros y artífices de los dos últimos gobiernos federales. Y, bueno, tampoco es que perdamos de vista lo que sucede en los congresos locales, pequeño universo en el que se escuchan los claros ecos de los vicios mejor adaptados a sus propias realidades.

Nada es noticia cuando ya nos hemos acostumbrado a que los llamados representantes de la sociedad oscilen entre el cinismo y la caricaturización propia del absurdo. Quizá lo de menos es que falten a las sesiones, la mayor desfachatez es cuando se convierten en comparsas y articulaciones de la impunidad, de la injusticia y el oprobio: cuando “arropan” con su simple presencia a quien es señalado por corrupción, por ejemplo. O justo en los momentos en los que se limitan a emitir en voto, sin considerar las nefandas consecuencias de aquello que estaba en sus manos. Lo importante es la obediencia, camaradas de partido, porque, sin esa disciplina, nos alejamos del dispendio, camaradas y más camaradas.

Así, cualquiera con cierta mirada perspicaz y atenta puede comprender lo que significa obtener una credencial de acceso a ese mundo paralelo del mundo legislativo –bueno, ya se intuye, el mismo tufo se desprende del Judicial y del Ejecutivo– en el que se vive una feliz cotidianidad gracias al fuero y a los candados que existen para preservar la opacidad que garantiza el dispendio que, vaya paradoja, no deja de nutrir su miseria ética.

Quizá por ello ha pasado completamente inadvertido que, en el mismo tiempo que se lleva barrer el polvo debajo de la alfombra, los diputados y las diputadas se han aprobado un aumento en sus raquíticas percepciones al sumarse un poco más de cien mil pesos anuales –entre apoyos fiscales, un seguro de vida y el pequeño ajuste económico, pues–. Claro, no merecen menos quienes cumplen sus funciones de manera puntual, extenuante y agotadora durante los casi 365 días de trabajo en jornadas de sol a sol –sin tiempo para frivolidades, por supuesto­–. Así es, un aumento salarial que nadie cuestiona porque a eso nos hemos acostumbrado y lo hemos permitido gracias a nuestra indiferencia.

Tal vez, en este momento, haya quien pueda plantear que no debería existir objeción alguna ante este pequeño ajuste en los ingresos de quienes se sacrifican con gallardía por nuestra nación; el problema radica en la absoluta incongruencia que adquirió otro tipo de eco desde las mismas instalaciones de la Cámara de Diputados: se subraya la falta de recursos en una de las instituciones médicas más importantes de nuestro país, el Hospital Infantil de México Federico Gómez. En efecto, un hospital que atiende situaciones médicas de quienes deberían ser lo prioritario para nuestro país, las niñas y los niños. Claro, mientras al aumento de impuestos también le buscan fórmulas para maquillarlo.

Sí, esto en el contexto del desabasto, que se ha convertido en el pretexto más vacuo para formular promesas sin cumplir y la impunidad de quienes crearon un inoperante Insabi, el camuflaje de la llamada Megafarmacia. Pero no hay de qué preocuparse, seguramente en las cámaras de legisladores esto se solucionará con la misma velocidad con la que explican el origen de sus joyas, viajes y las curiosidades de su mundillo paralelo.

Quizá valga preguntarnos hasta cuándo seguiremos permitiendo que sus sonrisas y su victimización sean sus mejores respuestas.

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