Un asunto de tareas

Las cosas no pintan suaves ni tersas entre quienes hoy disfrutan de las alturas de los adobes.

Resulta casi imposible dejar de recordar aquellas viejas costumbres y usanzas de las maestras y maestros cada que se acercaba el famoso día del Informe Presidencial. Era extraño que un día feriado se convirtiera en la obligación de realizar una tarea que se debía entregar al día siguiente: elaborar una suerte de resumen sobre el informe, en el que se especificaran los puntos más importantes del discurso presidencial. Vaya martirio en una época en la que no existían los avances tecnológicos con los que hoy se podría resolver con solvencia dicha obligación –colosal y aburrida, por cierto–.

Ya en perspectiva, con cierta ironía, podríamos cuestionarnos si aquellos docentes acariciaban la certeza que con dicha tarea podrían cambiar de manera drástica el porvenir de sus alumnas y alumnos que, en efecto, poco entendían de aquel galimatías. Y, ya entrados en supuestos, como ejemplo de una de esas ironías del destino, quizá esos adultos tampoco se sentaban religiosamente frente al televisor a disfrutar de la “cadena nacional”, con papel en mano, para anotar cada uno de los logros que nuestros presidentes consolidaban durante un año de extenuante, arduo, comprometido, transparente, sacrificado, titánico y honesto trabajo desempeñado durante los seis años del sexenio en turno.

Por ello se necesitaba que la gente aplaudiera a lo largo de ese camino que partía del Palacio de Gobierno a la sede el Poder Legislativo, con el confeti y las consignas bien ensayadas. Claro, si la memoria no falla, todo era digno de aplausos, caravanas, genuflexiones y expresiones melodramáticas que colocaban en el centro del universo a la figura presidencial. Lo que es cierto es que varias generaciones crecimos con las imágenes que hoy están en el recuerdo del patetismo y lo grotesco. Por fortuna, eso ha cambiado, al menos en las formas, porque, en eso que llamamos fondo, dicho protocolo lo tenemos que sobrellevar diariamente desde hace casi siete años. Todos los días se lleva a cabo un “besamanos”, la proyección de felices estadísticas y los rituales del poder con genuflexiones incluidas.

Ejemplos sobran, pero si recordamos el presidencialismo de aquellos años setenta y ochenta del siglo pasado, cuya marca registrada la tenía en su propiedad el más recalcitrante priismo –incluido el acompañamiento de los charros sindicales–, actualmente toda expresión política debe girar en torno a la única figura que puede sostener el discurso del oficialismo. Porque, siguiendo la línea de los últimos años, ¿someterse a lo que puede suceder en las cámaras del Legislativo a pesar de la abrumadora mayoría en las curules que ocupa el oficialismo? Ni pensarlo, es mejor hacer una fiesta propia en donde todo será armonía y sonrisas. O, al menos, eso es lo que está escrito en los anales de la llamada Cuarta Transformación; sin embargo, algo sucede con las bases que sostienen a las esculturas.

Ni tanto grito ni tanto sombrerazo. Tal vez, en el imaginario del oficialismo, el primer Informe de Gobierno del actual sexenio todo se resumiría como el perfecto escenario para una fiesta sin precedente. Sin embargo, como diría aquella vieja frase, “entre azul y buenas noches” pasó el famoso día de la señora Presidenta. A pesar de los numerosos anuncios televisivos, radiofónicos, las campañas en redes sociales y el alto volumen del corifeo en el que sólo alcanza para subrayar un pretendido índice de aprobación y popularidad de quien hoy elabora el soliloquio del poder desde el Palacio Nacional, las cosas no pintan suaves ni tersas entre quienes hoy disfrutan de las alturas de los adobes.

¿Cómo podría titularse la primera narración mágica de la Presidenta? Algo que se relacionara con el “control de daños”, pues lo más relevante del primer año de su sexenio han sido las numerosas ocasiones que ha lidiado con los magros y cuestionables resultados del anterior presidente, la presión del gobierno norteamericano y, por supuesto, tratar de edulcorar los escándalos de los más prominentes miembros del oficialismo. Quizá por ello no sería raro que, si algún docente orilló a su alumnado a realizar un reporte acerca del Primer Informe, bien podría resumirse como “loas y glosa al sexenio anterior” o algo que dijera “lo costoso que es mantener una popularidad más artificiosa que la probidad ética y moral de algunos miembros del oficialismo que allí andaban, aplaudiendo y sonriendo, tan campantes”. O, simplemente, “control de daños porque hay quienes no han hecho la tarea de estar bien alineados con la Presidenta”.

En fin, y todo esto sólo por recordar a esa maestra que llegaba a nuestro salón portando con orgullo sus camisetas del PRI como si fueran las insignias de los guerreros medievales y no dudaba en dejar aquella tarea, que era una apuesta por el futuro de la niñez. Lo bueno es que eso ya no ocurre.

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