Un asunto de significados
En ese sentido, pocas palabras llegan a articular dicha artimaña verbal y constituirse como el faro que alumbra al populismo y presidencialismo en cualquier época y latitud: por ejemplo, pueblo.
Bastaría con una simple búsqueda en la red para darnos cuenta que, en el lenguaje, hay términos cuyas definiciones nos conducen a laberintos en los que no se encuentra una salida o, en ciertos casos, es preferible dirigir la mirada hacia otro lado cuando existe un cuestionamiento que nos muestra una alternativa. Así, tampoco es extraño que, en la medida en que más se busca, el caminante termina por perderse en la maraña de los significados.
En efecto, aunque en la gran mayoría de los casos todo dependerá del contexto cultural en el que se expresen las ideas y todo aquello que se quiera comunicar, resulta interesante observar que el lenguaje termina por definir lo que somos y quiénes hemos llegado a ser a lo largo de la historia: la riqueza de la lengua y sus cientos o miles de palabras es la que nos brinda una oportunidad para dimensionar la cultura de una sociedad; por ello, no deja de ser perturbador que, en el ámbito político, en los pasillos del poder y la administración pública dicho parámetro se disuelva con inquietante facilidad hasta convertirse en característica y en todo un estilo de los lugares comunes.
Mucho se ha discutido acerca de quiénes son aquellas personas que pelean centímetro a centímetro por ingresar a la administración pública y, en un sentido muy poco figurado, a la cortesilla del poder político en nuestro país. En ciertos momentos se ha cuestionado la pertinencia de la formación académica de tales personajes o la valoración de su trayectoria política. Ya cada quien tendrá su perspectiva en dicho tema, planteando si es suficiente con los títulos o basta con tomar asistencia en los mítines.
Lo que resulta innegable es el uso del lenguaje que evidencia la inteligencia de dichos personajes o revela sus estrategias en la comunicación que pretende establecer con la sociedad: es lógico pensar que sus discursos llenos de profundidad poética y filosófica —vaya, que en la historia han sido muy pocos los casos que se podrían citar— de tenebra dogmática, remolinos teóricos, simplonería maniquea, intensidad melodramática o peligroso reduccionismo llegará a tirios y troyanos. Así, aunque sus principales destinatarios son quienes se identifican con sus ideas, avalan sus mensajes y sus acciones, también llegará al resto de una sociedad que se encuentra del otro lado de esa frontera presumiblemente ideológica.
Así, resulta sintomático para una sociedad escuchar, incluso observar lo que ocurre con quienes forman parte de esa “idealizada” cortesilla política que sabe explotar, con la precisión de un relojero, ese puñado de palabras en las que se puede concentrar toda su interpretación del mundo, su dogmatismo ideológico, fanatismo e interés personal. Sí, todo se reduce a un mínimo campo semántico en el que no se deja de sembrar la discordia y se abona con la pretendida superioridad —moral, por ejemplo— de quienes ostentan cualquier tipo de poder y se delimitan los referentes. Por ello, así como en su momento la palabra “solidaridad” se envolvió en una etiqueta tricolor, hoy el uso del término “facho” nos revela una suerte de paradoja que provoca más de una sonrisa llena de sarcasmo.
En ese sentido, pocas palabras llegan a articular dicha artimaña verbal y constituirse como el faro que alumbra al populismo y presidencialismo en cualquier época y latitud: por ejemplo, pueblo. Vaya que, en sí mismo, este vocablo es laberinto y espejo de la sociedad. Ahora bien, si decides emprender dicha búsqueda en los mares del internet, puedes orientarla a localizar a aquellos políticos que, durante el siglo pasado, usaron con inteligencia y precisión esta palabra en sus discursos, con retórica flamígera, para lograr sus objetivos. Quizá valga suponer que los resultados —más allá de ejemplos poéticos y musicales, por supuesto— no serán tan divertidos, pues nos recordará a momentos de la historia que más valdría tener muy presentes.
Así, podremos encontrar que, en nombre de esa entelequia, el siglo XX se convirtió en el pandemónium del que poco hemos aprendido y que actualizamos con el lenguaje mismo. ¿Quién define al pueblo? Dependerá del uso que se le pretenda otorgar y de los intereses que despierte su eco, pero lo que es un hecho es que también se subordinará a la retórica del poder en turno, a la demagogia que se revela detrás de tantas máscaras y se convierte en el subterfugio perfecto para el ejercicio vertical del poder. Bueno, eso sólo ocurría en el pasado. En el remotísimo pasado, pues hoy se despertaría la suspicacia y la duda ante quien la usaría sin reserva alguna.
