Un asunto de paciencia
Las campañas ya no necesariamente apuntan a los tradicionales medios de comunicación.
Durante los casi 70 días que les restan a las campañas electorales, habrá mucho que preguntarse acerca de nuestro papel como sociedad en este proceso y, principalmente, será necesario que dicho protagonismo no se diluya ante las contradicciones y el desgarriate que permea entre la cortesilla política que, hoy por hoy, pelea por cada metro cuadrado del territorio y sus implicaciones en el presupuesto de los siguientes años.
En efecto, también nuestra paciencia, como sociedad que ejercerá su derecho al voto, se verá retada y confrontada, quizá llegue a su límite con más velocidad de lo que cualquiera podría imaginar. Basta con escuchar las diversas manifestaciones públicas, los discursos de quienes pretenden ocupar puestos de elección popular, los innumerables spots con los que se aturde cualquier actividad y, por supuesto, las diversas apariciones en programas de análisis u opinión, para saber que será necesario generar mucha resistencia para no perdernos en ese gran peligro que es el abstencionismo y, por supuesto, el conformismo –grandes males para todo ejercicio democrático que, a pesar de todo, es la única posibilidad de futuro en el país–.
Claro, hablamos de la paciencia, que no resignación, ante el espectáculo que nos regalan quienes son capaces de cualquier absurdo con tal de obtener la simpatía –y quizá los votos– de su electorado. Aparecen como por generación espontánea las apuestas más banales que podemos observar. Inclusive, estamos llegando a ese punto en el que, quizá, ya lo más normalizado sea escuchar canciones que nos dejan los oídos llenos de lastimeros ecos. Pero las mentes creativas de las campañas –venga, concedamos que puede existir todo un plan, lleno de estrategia y cálculos más allá del entendimiento promedio, detrás de cada promocional– saben que ya no es necesario apuntar exclusivamente a los tradicionales medios de comunicación, ya que, para cumplir con sus objetivos, cuentan con algo más poderoso: las redes sociales. La ignominia al alcance de un clic.
Si realizáramos un pequeño ejercicio de memoria en el que tratemos de recordar esos discursos y las campañas publicitarias que llegan con más velocidad a nuestra mente, quizá los resultados no serían tan sorpresivos y, mucho menos, agradables. Habrá quienes apunten y señalen lo efectivo de dichas apuestas; pero hay también quienes subrayamos que, detrás de tanta parafernalia, podría anidar una mentira y el engaño como principal hilo narrativo.
Así, quizá el reto para conservar la paciencia y no dejarse atrapar por la apatía o la desazón, sea que logremos distinguir lo más sustancial e importante entre aquello que resulta absurdo y ridículo –como parte del humor involuntario que existe en la clase política–. Sí, en ocasiones, reírnos es una buena alternativa ante semejantes despropósitos: nos provocan risa los bailes, las cancioncillas, las ocurrencias. Como si en la realidad del país no hubiera los suficientes problemas para que, en las campañas, se ofrezcan alternativas, posibles soluciones y estrategias que permitan imaginar un futuro que no admite banales especulaciones. Esta sería una de las principales exigencias que se deben orientar a quienes creen que una campaña política sólo es una carrera de popularidad para llegar a la alberca del erario y el poder.
Lo más interesante es percatarnos que, justo en este aspecto, se asoma el capital político y social con el que cuenta cada candidata o candidato. Y las implicaciones de sus actos, sus discursos. Por ejemplo, la responsabilidad de la oposición es brindarle alternativas a una sociedad que no comulga con los principios gubernamentales en turno y, mucho menos, con la propaganda oficial que inunda todo espacio público. Además de enfrentarse al callejón sin salida que esto implica, ya que no se pueden ignorar en esas alternativas aquello que, por pernicioso, mantiene condicionada a mucha gente y es un problema en lo cotidiano desde hace mucho tiempo: como el paternalismo y el uso de los programas oficiales con fines electorales. Quizá sería como buscar un antídoto nada popular.
Y, por otro lado, se presenta algo que es cada vez más evidente: las y los candidatos del partido oficial saben que su único capital político es seguir consolidando el espejismo que se ha construido en este sexenio bajo la imagen tutelar del actual inquilino del Palacio Nacional y el cinismo de su cohorte propagandística que son capaces de lavarle el rostro a quien sea necesario. Ésa es, en pocas palabras, su única responsabilidad: hablar, hasta el paroxismo, de un gobierno que se convierte en el único garante de que su discurso hará eco en la sociedad. ¿Exigir ideas nuevas o alternativas? No, eso será para otro momento, porque hacerlo el día de hoy sería aceptar el fracaso en muy diversos aspectos. Respiremos y seamos pacientes, pues aún falta mucho por ver. Y lograrlo no será fácil.
