Un asunto de definiciones

Hilarante y sintomático ha sido todo lo que se ha derivado del anuncio del Premio Nobel de la Paz otorgado, por el Comité Noruego del Nobel, a María Corina Machado. Lo anecdótico es que, año con año, suelen encenderse los ánimos para subrayar todo aquello que invita ...

Hilarante y sintomático ha sido todo lo que se ha derivado del anuncio del Premio Nobel de la Paz otorgado, por el Comité Noruego del Nobel, a María Corina Machado. Lo anecdótico es que, año con año, suelen encenderse los ánimos para subrayar todo aquello que invita a cuestionar, alardear, enaltecer o menospreciar —coloque usted cuantos verbos que crea necesarios— la designación en turno.

Por ejemplo, en muchas ocasiones las reyertas discursivas se concentran en cuestionar la decisión de la academia sueca al asignar el laureado reconocimiento en la categoría de la literatura: entre el silencio de los que no tenían “el gusto” ni de conocer a quien, repentinamente, se convirtió en el foco de la parafernalia mediática, hasta aquellos que lanzan sus diatribas o apologías al aire. Tal vez la última ocasión que se despertó este incendio retórico entre expertos en lírica fue cuando le otorgaron el premio a Bob Dylan. En fin, esa discusión solía zanjarse al escuchar Blowin’ the wind con un buen café u algo más ígneo en la mano. Por cierto, este año, al parecer en se respira una cierta unanimidad en valorar de manera sobresaliente la obra literaria del húngaro László Krasznahorkai. Insisto, todo se resuelve con un simple acto de lectura: en efecto, leer lo que a uno se le venga en gana disfrutar o sufrir. Sin embargo, no todo es así de sencillo tratándose del otro premio que se anunció unas horas después.

Luego de aplaudir la obra de Krasznahorkai, el comité noruego nos regaló la oportunidad de blandir las espadas, empuñar las dagas y revelar las filias y fobias que se proyectaron cuando se dio a conocer que María Corina Machado había aceptado el Premio Nobel de la Paz. Más tardó Kristian Berg Harpviken, presidente del Comité, en terminar la llamada en la que notificaba a Machado acerca de la decisión colegiada, que en observar las encendidas reacciones de quienes no recibieron con agrado esta noticia. Digamos que la paz no reinó entre nosotras y nosotros —por fortuna, porque ha quedado claro que hay un mundo de diferencia cuando se habla de justicia, libertad y democracia—.

Sabemos que el camino más fácil y sencillo es desacreditar, con todos los recursos discursivos y mediáticos posibles, a la institución que “provocó” este desaguisado. De inmediato se pone en juego la retórica del menosprecio y la provocación que existe detrás de quienes, con la tranquilidad y comodidad de una sociedad que aún disfruta de una cierta la libertad, se atreven a opinar acerca de una realidad que sólo conocen a través de los símbolos de sus trasnochadas ideologías.

Todo se puede resumir en una ecuación que no deja lugar a dudas acerca del riesgo que implica la consolidación de este tipo de discursos. Entre lo hilarante y lo patético se leen cada uno de los mensajes y declaraciones de quienes rompen sus lanzas en favor de una dictadura y la autocracia en turno. Se puede disentir, quizá discutir la relevancia de este premio, pero lo que no deja de ser notorio es la forma en la que se ha impuesto el maniqueísmo más rastrero que permite consentir una dictadura y abrazar la figura de un autócrata. Sin embargo, en nuestro país esto no es nada extraño: basta con recordar las simpatías que despiertan Nicolás Maduro, Díaz-Canel y Daniel Ortega entre los correligionarios de la llamada Cuarta Transformación. En medio de diversos mensajes de figuras políticas y organismos internacionales que subrayan la relevancia de Machado en la búsqueda por la democracia en Venezuela —concentrando el simbolismo de lo que implica la persecución política por parte del autoritarismo y del exilio obligado para quienes no comulgaban con ese espíritu dictatorial—, no podía faltar la hipocresía de un oficialismo que no duda en reducir todo signo de la realidad a su única manera de entender el mundo: ideología trasnochada, acomodaticia y condescendiente con las dictaduras como las ya mencionadas, haciendo caso omiso de todos sus atropellos.

Por ello, no hay otra manera de entender que, en cuestión de minutos, la actual Presidenta se escude en la libre autodeterminación de los pueblos para no expresar una sola palabra acerca de la Premio Nobel de la Paz, pero no dudó en subrayar —con ese énfasis que otorga banalizar la ley— su apoyo a Pedro Castillo, exmandatario peruano que es precisamente el ejemplo de personaje “democrático” que tanto le gusta al oficialismo mexicano.

Quizá valdría preguntarse qué se entiende y cómo se define la palabra paz en el nuevo diccionario que el oficialismo ha impuesto durante estos últimos años. Porque, ya se sabe, todo aquello que no abone a su propia retórica de impunidad, condescendencia y victimización, es considerado como una traición a la galaxia.

En fin, que llegue la democracia y la libertad a la sociedad venezolana para que, quienes, como María Corina Machado, dejen de huir y esconderse de la barbarie.

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