“Todo puede ser…”
La construcción de una alternativa en la que se imponga la memoria, la congruencia, la dignidad.
El resultado de nuestras elecciones del pasado 2 de junio nos ha brindado muchísima tela para confeccionar el futuro de nuestro país, no sólo durante los próximos seis años. Si desempolvamos los referentes clásicos, es casi imposible que no recordemos aquella frase, de origen incierto, que se tiene como un comodín en cualquier juego del poder. En efecto, referirnos a la oración vox populi, vox dei, es como si urgiera poner un punto final a una discusión que se encuentra empantanada en un callejón en el que se han arremolinado las toneladas de basura electoral de todos los colores.
Así, mientras la retórica del triunfalismo vuelve a imperar y marcar el estilo en el discurso del oficialismo, por otro lado, se intenta explicar un fracaso que se fraguó en las raíces de su propia historia. Una dicotomía que, si bien no es nada nuevo en el sistema de partidos que pretenden ser los representantes de la sociedad, se ha visto potenciada gracias a un factor que no puede olvidarse: la urgente necesidad de una opción diferente y capaz, para una ciudadanía que, con cierta claridad, ha dejado sus propios signos en este proceso electoral. La construcción de una alternativa en la que se imponga la memoria, la congruencia, la dignidad y la ética en todos los aspectos de la vida pública. Sí, estimada lectora, estimado lector, quizá en este momento la generosidad de la lectura que me brindas te ha provocado la aparición de una leve sonrisa. Pero no sólo es cuestión de referirse a la conformación de un nuevo partido político —no se puede ignorar que han sido los engranajes perfectos de una maquinaria que funciona gracias a la corrupción, la meritocracia, el influyentismo, nepotismo y el oportunismo—, pues sería regodearse en la ingenuidad y construir molinos de viento con la finalidad de que las personas sólo lleguen a observar terribles gigantes. La miopía es una de las apuestas ganadas por el mundillo de la política mexicana.
Por ello, mientras los ánimos y los vaticinios se disputaban las boletas electorales de quienes pretendían ejercer su derecho al voto, surgió una iniciativa que motivó más de una discusión: anular el voto anotando el nombre de alguna de las miles de personas consideradas como desaparecidas. Y, como en un efecto de círculos concéntricos, volvemos al punto de inicio, pues la memoria es el fundamento del presente y la posible garantía de un futuro en el que la balanza de la justicia por fin se cumpla. Sin embargo, mientras esta propuesta no implicó ni un gesto de incomodidad para el oficialismo y su corifeo, los mayores detractores se encontraban en la llamada oposición. Ya la historia nos permitirá generar conclusiones de mayor calado; sin embargo, no se puede negar que era un intento más por impedir que los nombres de las y los desparecidos se borre aún más. En ese sentido, y bajo cierta perspectiva, se ha abierto uno de los rumbos que podrían caminar quienes prefirieron anular su voto y, quizá, los que optaron por vivir bajo la sombra del frondoso árbol del abstencionismo. Es cuestión de hacer una simple suma.
¿Se podía olvidar en ese momento crucial para el país que uno de los mecanismos más efectivos del presente gobierno consiste en manipular e interpretar las estadísticas de la violencia e inseguridad que fractura a nuestra sociedad? Hacer evidente que un voto a favor del oficialismo validaba ese despropósito tiene un peso que hoy puede mirarse de otra dimensión —y vaya que hay tantos aspectos más que pudieron ser la suma en una causa común—. La orientación y el sentido de la vox populi se consolidó gracias a los efectivos mecanismos que se echaron a andar desde hace casi seis años: el uso de los programas sociales y los “servidores de la nación”, una retórica basada en el discurso presidencial y, por supuesto, hacer evidente la historia de la oposición —sus personajes, sus tropelías, las cuentas pendientes con la sociedad—, sin olvidar que en muchos lugares el crimen organizado es quien tendió los hilos del teatrino. Y no fallaron en la conformación de sus apuestas.
¿Un pequeño atisbo de lo posible? Sí, no es imposible imaginar que esa parte de la sociedad que no optó por la partidocracia opositora —que no supieron tirar por la borda el lastre de su pasado— o por la continuidad del maniqueísmo oficialista, no tenga una alternativa en la ecuación de la democracia que, en perspectiva, son muchos más de los que ejercieron su voto. Así, en un simple acto de la memoria, se puede reconfigurar el significado de un vocablo: porque, a fin de cuentas, cada quien imagina el porvenir con las luces de la congruencia y el decoro. Hay mucho trabajo por delante, pues en toda posible hegemonía siempre hay cuarteaduras. Y, como diría sancho Panza, “todo puede ser”.
