Sólo aplausos y vítores, por favor
La teatralidad ha sido una característica sustancial de quienes forman parte de esa suerte de mundo cortesano que es la política de nuestro país
Uno de los principales objetivos de las giras y actos de precampaña –que no lo es, según la autoridad electoral– de las llamadas corcholatas es presumir los logros de la Cuarta Transformación. En principio, esta idea convierte en voceros a quienes aspiran a ser la o el sucesor presidencial y, como se ha observado en sus diferentes carteles publicitarios, supedita su propia imagen a la del inquilino de Palacio Nacional. Lo cual tampoco es ninguna sorpresa cuando la lógica del gobierno ha sido entronizar la personalidad de quien es el único protagonista del sexenio, explotando el enraizado paternalismo y, no hay duda, el presidencialismo que durante décadas han caracterizado a nuestra sociedad.
Así, la retórica que se ha desarrollado a lo largo de este sexenio tiene bien definidas sus líneas discursivas: presumir, a cualquier costo y sin reserva, aquello que se pueda interpretar como un logro gubernamental. No han dudado en montar una teatralización en la que no se acepta ningún tipo de crítica ni análisis, sólo se aceptan aplausos y vítores, consignas y arrebatos melodramáticos que alaben al único poseedor de “la verdad”. Y, de manera paralela, también han creado una serie de confabulaciones y malévolos planes universales en los que, al parecer, la única víctima es quien ostenta la banda presidencial –la legal, no aquella que era parte de la utilería de otra de sus puestas en escena–. Ambas estrategias han sido muy bien aprendidas por los aspirantes y el corifeo que replica, como una salmodia y oración, cada una de sus palabras.
La teatralidad ha sido una característica sustancial de quienes forman parte de esa suerte de mundo cortesano que es la política de nuestro país. No importa en cual nivel, se lucha por pertenecer a esa selecta minoría que administra –por decirlo de alguna manera– la riqueza de este país, de los estados y las alcaldías. O, al menos, pertenecer al irredento séquito que les acompaña y que hace eco de sus palabras. Nadie olvidará uno de los clásicos ejemplos cuando José López Portillo prometió defender el peso “como un perro”. A la distancia, esa escena nos provoca una sonrisa amarga y nos recuerda que no debemos perder de vista quiénes son los protagonistas de sus respectivos sexenios. Hay ocasiones en que el teatro del absurdo domina la escena política y convierte a sus personajes en carnavalescos remedos de sus propias promesas. Pero no importa lo desaforado de las palabras o el despropósito de aquello que se quiere presumir, sólo se aceptan aplausos –como cuando se jactan de mostrar las sobremesas y al llamado superpeso como si fueran logros de López Obrador–.
No es extraño que, durante los últimos días, se hayan presentado algunas situaciones que constatan la dificultad a la que se enfrentan quienes son parte de la Cuarta Transformación cuando se les cuestiona con fundamento y con ánimo de profundizar en aquello que se pregunta, que se señala y se obliga a ser esclarecido. Romperles la narrativa es demasiado. Ante semejante osadía, ha resultado más que interesante observar la reacción de quienes se saben protegidos por la retórica presidencial: a los exabruptos de Ebrard, Adán Augusto López y Sheinbaum se les suma el arrebato de López-Gatell al ser increpado por quienes han padecido el desabasto de medicamentos psiquiátricos. Su respuesta sólo constata aquello que, además, ha formado parte del ataque y las burlas del actual gobierno, “no hay medicamentos y tienen toda la razón”. No obstante, continuó con su discurso hasta descalificar a sus inesperados interlocutores y victimizar al amenazadísimo Movimiento de Regeneración Nacional. Bravura y valentía que no ha querido demostrar ante la Cámara de Diputados. Se les mueve un poco el guion, se les cuestiona y, de inmediato, aprietan el botón que activa el melodrama que sólo aplauden sus corifeos. Es mejor el reflector en medio de la zalamería.
Así, la teatralización del absurdo ha llegado a extremos que no necesitan mucha explicación, pues no todo se concentra en “La Mañanera”, paradigma y ejemplo. Sus propias palabras y reacciones hablan por sí mismas, expresan la poca disposición al diálogo, al debate, a la transparencia. Se trata de consolidar una apología de este gobierno que ha depositado su trascendencia en quienes sólo disfrutan de fuegos artificiales y el espíritu del eterno mitin. Será un largo camino para quienes son el actual rostro de esa promesa, un sinuoso recorrido para quienes no tienen, ni de cerca, el voto de fe que durante casi veinte años construyó el inquilino del Palacio Nacional.
