Simulación ad nauseam
¿Qué podemos escuchar entre las y los opositores? No será fácil sacudirse el lastre de su propia historia, en la que es imposible olvidar que, en la actualidad, se padecen muchos de los frutos que sembraron con esmero durante sus respectivos gobiernos.
Mientras el lamentable espectáculo de “la clase” política mexicana nos ofrece un retrato de nuestra sociedad, la realidad del país se impone sin que alcancen las palabras para analizarla y describirla sin provocarnos algo de incredulidad. Son muchas las preguntas que surgen ante la angustia de observar los diferentes rostros de la violencia que impera en el país sin que logremos escuchar una sola respuesta que nos permita imaginar que el día de hoy caminaremos sin miedo en las calles, en los transportes públicos o transitaremos por las carreteras sin la incertidumbre de los kilómetros que aún nos faltan por recorrer. Se podrían mencionar cientos de ejemplos de aquello que ha vulneradon no sólo en nuestra seguridad, sino también la dimensión y naturaleza de lo que nos permite comprendernos como seres humanos.
Es ingenuo preguntarse por qué hemos permitido, como sociedad, que, durante años, los diferentes protagonistas de la clase política hayan propiciado que la certeza del presente y la noción del futuro de nuestro país sólo hayan sido monedas de cambio para conseguir sus objetivos personales y sectarios. Pero, si intentamos responderla, la hiel de la amargura será el condimento que acompañe cada una de las palabras que nos golpean el rostro de manera incesante. Así, mientras el desencanto y la apatía se han constituido como los principales lastres de una sociedad que no termina por creer en los discursos ramplones de las y los diferentes actores políticos, éstos se dedican a protagonizar sus propios melodramas en un espectáculo que no augura ni genera el menor optimismo para el devenir de los siguientes años.
No podemos mantener los oídos sordos y los ojos cerrados ante el inminente juego discursivo que ya se comienza a distinguir entre las voces de quienes lanzan promesas con la ligereza y el cinismo de quienes contarán con mayores recursos que sus simples palabras. En el umbral de una elección de Estado que se gesta sin miramientos, ¿escucharemos algo diferente al tratarse de la inseguridad, del combate a la corrupción y al crimen organizado? Lamentable disyuntiva para quienes afirman que son la personificación de todo lo que debe continuar según lo establecido en el presente sexenio. En efecto, seguir con la simulación y el fracaso de unos “abrazos” que se han convertido en el hazmerreír de la muerte y sus esbirros. Porque hay algo claro: ya no alcanza con la hueca retórica de un primer mandatario que está más preocupado por lanzar fuegos artificiales que sólo iluminen la broncínea imagen de su pretendida popularidad. Responder a los cuestionamientos acerca de la inseguridad que erosiona y lastima a la sociedad con las anecdóticas reuniones de seguridad de las seis de la mañana o con simples gracejadas sólo satisfacen a sus incondicionales coros evangélicos.
Pero esa moneda que se ha lanzado al aire también tiene otra cara. ¿Qué podemos escuchar entre las y los opositores? No será fácil sacudirse el lastre de su propia historia, en la que es imposible olvidar que, en la actualidad, se padecen muchos de los frutos que sembraron con esmero durante sus respectivos gobiernos. Desmarcarse del pasado no será una tarea fácil cuando, durante años, el tema de la violencia, los homicidios y los desaparecidos —que se cuentan por miles— son parte de una historia que no se deja de contar en voz baja. Permitir que esto pase desapercibido también es jugar en este mecanismo de las simulaciones.
Nos encontramos en un momento que no tiene otra explicación y que raya en la locura. Quizá sea redundante en mis palabras desde hace varias semanas, pero si nos hemos acostumbrado a que la muerte sea sólo una simple estadística que se usa con fines políticos, o que la barbarie ya ha dejado de ser una noticia que impacte y mueva a la sociedad en todos los sentidos, poco podremos exigir a quienes serán los futuros protagonistas de los diferentes niveles de gobierno. No cabe duda que, tarde o temprano, la inseguridad y el combate al crimen organizado será un tema obligado y que ofrecerá una perspectiva de lo que podrá ocurrir en los siguientes años. Lo que tampoco se pone a discusión es el papel de la sociedad que no puede vivir a merced de la corrupción, el cinismo de las autoridades y la constante amenaza.
Hoy abundan los simuladores y quienes no dejarán de sacar provecho del dolor que existe en la sociedad. Si eso no es nauseabundo, ¿qué sí lo será?
