Simples coincidencias
Se confirma esa debilidad que se experimenta en AL por las pulsiones dictatoriales
Hay ocasiones en las que se presentan las noticias con la rapidez y la ligereza de aquello que está muy lejos de nuestra realidad, de algo que no está en el panorama de todo lo que nos podría inquietar o preocupar. Claro, suficientes problemas se padecen en nuestro país como para detenernos mucho tiempo en tratar de comprender lo que sucede en otras latitudes, en países muy cercanos y no sólo por cuestiones geográficas. Así, no es de sorprender que las noticias que nos hablan acerca de lo que sucede en El Salvador queden como una nota al margen de lo que ocurre diariamente en México.
Si hay un personaje que ha polarizado a la opinión pública es Nayib Bukele, actual presidente del país centroamericano. No hay duda que en una misma mesa se pueden encontrar argumentos que valoren positivamente su imagen o, en caso contrario, señalen los peligros que se han subrayado entre la sociedad salvadoreña. Más allá de centrarse en un análisis propio del área de los expertos en el ámbito internacional, cuando aparece la noticia de que el Congreso salvadoreño aprobó una reforma constitucional en la que se permite y se convierte en una opción la reelección presidencial indefinida, lo menos que ocurre es que se enarcan las cejas y se experimenta cierta desazón al confirmarse, una vez más, esa debilidad que se experimenta en Latinoamérica por las pulsiones dictatoriales que se enquistan en el poder en turno. Y, si se amplía un poco más el lente con el que se observa a la región, nos encontramos con las típicas figuras del dictador: Daniel Ortega en Nicaragua –quien también apunta a cambios en la constitución que les garantiza perpetuarse en el poder–; pero tampoco se pueden dejar de mencionar a Nicolás Maduro y la dictadura cubana representada por Miguel Díaz-Canel. Estos dos últimos, por cierto, alabados y tratados con honores por el gobierno y el oficialismo mexicano.
Basta acercarse un poco a la historia y a la literatura para darnos cuenta que el autoritarismo no es algo que se presente por “generación espontánea”, ni sea una simple ocurrencia. No es gratuito que, inclusive, se tenga un apartado en los anaqueles con la etiqueta Novela de la Dictadura que, grosso modo, reúne títulos de autores que, a través de los alcances de la ficción, nos presentan a esas complejas figuras que –considerando sus respectivas diferencias– basaron su poder omnímodo en el ejercicio del autoritarismo, en la presencia y poder militar en todos los rincones posibles, de la censura, la persecución a la disidencia y a la crítica, la manipulación de la sociedad y, por supuesto, bajo el discurso populista de constituirse como la única opción posible para la transformación de la realidad de sus respectivas sociedades. Quizá en este momento haya quien pueda distinguir que Nayib Bukele se encuentra en un espectro diferente al de Ortega y Maduro, pues representa a esa extrema derecha que es el enemigo de los populismos de izquierda. Sin embargo, como reza la añeja frase, “los extremos se tocan” al darnos cuenta que los mecanismos empleados por ambos no son producto de una mera ocurrencia: sometimiento de sus respectivos congresos, reformas judiciales y constitucionales a modo, aumento en la presencia militar, discursos nacionalistas y justicieros, creación de una nueva versión de la historia oficial, la pulverización de instituciones que impliquen una amenaza para sus espejismos y, por supuesto, simulaciones electorales que disfrazan esa pretendida democracia que legitima sus poder unívoco. ¿Algo resuena entre estos párrafos que, entiendo, puede ser una burda simplificación de las diferentes realidades de sus respectivos países?
En efecto, ante esta última pregunta sería posible concluir que México se encuentra muy lejos de estas situaciones, que la democracia es plena y efectiva, como se demostró en las pretendidas elecciones para conformar el nuevo Poder Judicial. O que hay una libertad de expresión que se garantiza día con día, como se demuestra en el famoso caso del “Dato Protegido” o en la campechana determinación por imponer un censor judicial que defina lo que puede ser publicado para salvaguardar la imagen de la gobernadora de Campeche. Y ni mencionar la efectivísima lucha contra la corrupción, el crimen organizado y los antiguos espíritus del mal.
Pero, tienen razón quienes plantean que nos encontramos a años luz de lo que sucede en los países ya mencionados. Aunque baste recordar que los casi ochenta años de priismo en el siglo XX fueron un ejemplo de cómo no es necesaria una sola figura para eternizarse en el poder: el presidencialismo del partido hegemónico funcionó a la perfección cuando muchas y muchos de los actuales protagonistas del oficialismo eran los párvulos ávidos por aprender. ¡Ah, la famosa dictadura perfecta de Vargas Llosa! Pero, no exageren, todo es una simple coincidencia en este mundo de simulaciones.
