Simples ajustes
Está por concluir un sexenio que no fue responsable de ningún problema, de ninguna crisis: las historias de conspiración y los protagonistas del pasado siempre fueron la mejor excusa
Se acerca el cambio administrativo del sexenio y con ello los respectivos movimientos en el tablero de la administración pública que, al menos al inicio, brindará muy pocas sorpresas. Será mayor la expectativa por saber en dónde se colocarán a quienes fueron las piezas clave durante el sexenio que termina –y el respectivo éxito electoral– y en cuáles oficinas se asignarán a quienes serán los nuevos rostros del sexenio que marcará su inicio el día primero de octubre.
En efecto, serán meses en los que se observará cómo se mantienen y se cumple con la promesa de continuidad de las viejas apuestas o, en contraste, hacer efectivo el sentido de aquella frase en la que se proclaman los “cambios generacionales”, apuntando hacia lo nuevo, lo original, lo que se planteará como la diferencia con respecto al pasado. Vaya disyuntiva que tendrán que resolver quienes trazan y diseñan el perfil del siguiente gobierno.
No obstante, sabemos que, al mismo tiempo que las variantes en el mapa del poder serán mínimas, los ajustes más notorios se identificarán en los discursos y la retórica que ya se comienza a escuchar en las palabras de quienes han sido revelados como parte del nuevo gabinete e, inclusive, de la virtual Presidenta electa: si bien es comprensible que no exista la menor necesidad por distanciarse del estilo desarrollado por el inquilino del Palacio Nacional, que le permitió obtener los resultados electorales que la llevarán a ocupar la silla presidencial, es evidente que la futura titular del Poder Ejecutivo deberá lidiar con la tensión que existirá entre las figuras del pasado inmediato y su preponderancia como la figura más importante del llamado “segundo piso”. Y, no es casualidad, que los primeros mensajes que ilustran dicha situación hayan sido lanzados desde la tribuna ubicada en los patios del Palacio Nacional, lo cual también se constituye como un juego retórico en el que envuelve a la gente, a la opinión pública, y da mucha tela para los analistas que, de inmediato, confeccionan los nuevos trajes de quien ostentará el poder.
Así, la referencia con el pasado adquirirá otras tonalidades, será una nueva oportunidad para ensalzar la imagen del prócer cuyo movimiento político se afianzó durante más de dos décadas. Tampoco se desperdiciará la ocasión para hacer referencia a los extraordinarios resultados de la administración que está por concluir pues, a fin de cuentas, más allá de lo estadístico y de lo que puede observarse en lo cotidiano, cuentan con el respaldo de una mayoría electoral que validó su discurso a través del voto. Lo interesante será observar lo que sucederá cuando las grietas de la administración señalen a quienes hoy forman parte de la corte gubernamental. Porque, quizá, pocos han sido tan inmaculados e incorruptibles como suele presumirse y creerse. O tal vez, porque llegará el momento de enfrentarse a situaciones complejas y críticas que se hayan originado en los años de la Cuarta Transformación.
Desde aquel inicio del siglo XXI, cuando se presentaba en nuestro país la primera transición a un gobierno que representaba a la oposición, nos hemos acostumbrado a escuchar cómo se practica el galano deporte de culpar al pasado de las propias carencias o fracasos. Al parecer es como una regla no escrita que se ha cumplido a cabalidad; pero que, nadie lo dudaría, López Obrador no sólo la ejecutó con un sentido práctico y oportuno, sino que la pulió tan finamente que la constituyó como un estilo discursivo que poco podrán igualar. Así, está por concluir un sexenio que no fue responsable de ningún problema, de ninguna crisis: las historias de conspiración y los protagonistas del pasado siempre fueron la mejor excusa. O razón y única causa, según la convicción –plenamente informada– de millones de electores. Ya sabemos cuál fue el desenlace de aquella vieja historia del becerro de oro.
Ahora bien, como ya lo había mencionado, en todo ejercicio del poder que se base en un espíritu democrático y de libertad –de expresión, por ejemplo–, las grietas del poder podrían ser ventanas que colocarán en la mesa nombres, decisiones y resultados que no serán parte de aquel pasado lleno de malosos y bandidos a los que venció la Cuarta Transformación. ¿Surgirán nuevos villanos? ¿Se renovarán las conspiraciones universales? ¿Cuál será la narrativa que impere cuando se señale a más de un prócer? ¿Ahora se le pedirá a Francia que se disculpe por la invasión del siglo XIX? Se avecinan nuevas historias, de eso no cabe la menor duda; lo cual, a fin de cuentas, ya agradecemos, pues entre los caricaturistas y humoristas gozarán de oportunidades para que atesoremos aquello que siempre es un antídoto contra el poder omnímodo y militarista, sí, el humor.
