Recordatorios entre páginas

Leer puede ser el revulsivo ante la mecanización de la vida.

Quizá las mejores lecturas son aquellas que, sin proponérselo, generan un vuelco en el corazón, las que comprimen el tiempo en cada una de sus palabras y hacen eco de nuestros silencios.

Hace algunos años resultaba frecuente hallar las sugerencias de libros que bien podrían acompañar los días del verano. Páginas y letras que serían una suerte de contrapeso al posible letargo del descanso, paréntesis que se abre en la farragosa vida cotidiana justamente cuando la balanza del tiempo nos invita a observar una segunda mitad del año como algo pronto a culminar. Ignoro qué tan oportuno sea colocar en nuestra mesita de trabajo esa paradisiaca imagen de quien lee frente al mar o en medio de una cabaña perdida en un bosque; tal vez sea suficiente con brindarnos esa oportunidad de concentrarnos durante unos minutos, quizá unas horas, frente a una lectura que nos atrape, que revolucione el latir de un corazón que necesita de otras emociones y de una mente que también clama por un fuego distinto que alumbre sus propias obscuridades.

Leer puede ser el revulsivo ante la mecanización de la vida; sí, un simple acto en el que se concentra la posibilidad de un día distinto: en el que se dialoga con ese personaje que se encuentra en medio de una tensión amorosa –que reta a nuestra propia intuición y el condescendiente afán por adivinar el futuro–; cuando entra la bruma de los automóviles surge en la memoria ese verso que es el recordatorio de que  alguien ya le colocó una guinda a la furia del destino o cuando el desenlace del cuento que leíste por la mañana se termina por explicar frente a la vorágine de una taza de café. Cuando las ideas crean sus propios remolinos que van dejando sus rastros en el mapa de un vidrio en el que la lluvia dibuja la impronta de ese lenguaje que aún no desciframos.

Así, caminar entre los anaqueles de las librerías se convierte en un paseo en el que fustigas al tiempo y la imaginación asalta al castillo de la razón cuando crees que en el futuro existirá la posibilidad de leer todo aquello que nos guiña desde la portada. Sin embargo, se requiere tomar decisiones y, de inmediato, formular las promesas de que pronto volverás por los libros que colocas en la parte más visible de esa lista de pendientes. O con el dinero suficiente, por supuesto.

Anaqueles incómodos, pasillos estrechos o iluminación que reta a los más audaces investigadores policiacos. A veces poco importa la circunstancia, el objetivo es caminar entre las nuevas noticias o los viejos recuerdos que se presentan bajo el caprichoso designio de los libreros y sus galimatías. Leer algo que entusiasme mientras el verano, o cualquier época, transcurra. Y, lo mejor es reencontrarse con quienes lograron atraparte a través de sus palabras, de sus páginas, cuando la brújula te lleva a orientar la navegación hacia un buen puerto.

Así, estimada lectora, lector, quisiera invitarte a que te acerques a un texto que, de formas distintas, nos lleva a indagar y pensar acerca de la condición humana, nuestra contrastante definición como seres humanos, el destello de sus luces y las penumbras de la obscuridad de lo que somos capaces.

Así, sin buscar algo en particular, me encuentro con Cuchillo, escrito por Salman Rushdie (Penguin Random House) –en efecto, el autor del libro Los versos satánicos, que le valió ser perseguido gracias a la fatua emitida por el ayatola iraní, Ruhollah Jomeini, en el año 1989–, es un libro que cimbra toda sensibilidad. Desde la primera página, Rushdie nos conduce a través de sus reflexiones acerca del atentado que sufrió el 12 de agosto del 2022 y de cómo ha logrado responder a ese desasosiego y su recuperación gracias a lo más vital que posee: el arte, el amor, sus vínculos afectivos: “Esperar es pensar, y pensar a fondo es, en muchas ocasiones, cambiar de opinión. Mi ira menguó. Se me antojaba trivial, puesta al lado de la ira de este planeta. Se cumplía un año del atentado, y en este triste aniversario comprendí que me habían ocurrido tres cosas que me habían ayudado en mi viaje a asimilar lo que pasó aquel día. La primera fue el devenir del tiempo. El tiempo quizá no lo curaba todo, pero amortiguaba el dolor, y las pesadillas desaparecieron…”, dice un breve párrafo luego de una profunda reflexión en el que el impulso por la vida no deja de asomarse en cada uno de sus signos.

En días en los que se respira violencia, cuando la muerte es la sombra que camina en la acera contigua y es la moneda de cambio para aquellos que han decidido apostar por la barbarie, hay quienes optan por desarticular la balanza y convertir cada una de sus partes en separadores de páginas que nos llevan a recordar que se puede resistir a semejante perversión de muy diversas maneras. Salman Rushdie a través de sus páginas reivindica la palabra, el pensamiento, el arte y los vínculos más entrañables para articular nuestro presente, para imaginar el porvenir, para enfrentarnos a la barbarie.

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