Propagar la verdad
“Si el mundo hubiera sido más crítico y menos benevolente con respecto a los bandidos legalizados, tendría que haber desconfiado por el mero hecho de que un Estado hiciera propaganda, y por nada más (…) La verdad requiere de propagación, pero nopropaganda”.
Pero al demonio, ya se sabe, no le gusta la transparencia.
Joseph Roth
El pasado 2 de septiembre se recordó el nacimiento de un personaje que, como tantos, se ha quedado a buen resguardo en los libreros de la memoria. Anaqueles que son necesarios visitar y escuchar desde los lejanos ecos de sus propias angustias. Entre sus numerosos pasillos quizá se encuentren las palabras de quienes, a la distancia, nos han susurrado el rumor de la muerte y la desesperanza. Entre Robert Musil, Elías Canetti y Karl Kraus, la aguda mirada de Joseph Roth se nos presenta como un atisbo de aquello que aún nos lacera el espíritu.
Roth, quien nació en el año 1894, en el poblado de Brody, aún bajo la tutela del Imperio Austrohúngaro, fue testigo de las convulsiones políticas, sociales y militares que le robaron el aliento y la idea del futuro a Europa durante las primeras décadas del siglo XX. Además de ser un gran narrador —novelas como La leyenda del santo bebedor o Confesiión de un asesino son un claro ejemplo de cómo observó el comportamiento de los seres humanos desde su propio ocaso— también fue un periodista que no dejó de analizar su contexto, la decadencia y desintegración del gran imperio decimonónico en el que le tocó nacer; así como el terrible amanecer del fascismo alemán que desembocaría en uno de los periodos más salvajes de nuestra historia, la barbarie que se convirtió en el transeúnte con el que se compartió el camino. Y que hoy nos acecha desde las ventanas.
Cronista de la angustia, la incredulidad de Roth ante la sigilosa manera en la que el populismo totalitario ampliaba sus alcances entre el gobierno y la sociedad es algo que, quizá, podemos leer bajo la estridencia de nuestros días. Actualmente no se observan los fantasmas de ese nefando populismo, puesto que se ha convertido en estrategia y espectáculo sin sentido. En uno de sus textos periodísticos, publicado en el Pariser Tageszeitung, entre los días 20-21 de marzo de 1938, se puede leer el siguiente párrafo: “Si el mundo hubiera sido más crítico y menos benevolente con respecto a los bandidos legalizados, tendría que haber desconfiado por el mero hecho de que un Estado hiciera propaganda, y por nada más (…) La verdad requiere de propagación, pero no propaganda” (La filial del infierno en la tierra, Acantilado, 2004). La contundencia de sus palabras no sólo es como el subrayado que necesita todo apunte de la historia, sino un eco que llega a nosotros y nosotras con una claridad que desentraña el acontecer de los días.
De ninguna manera se trata de realizar una simplista comparación del aparato de comunicación que permitió el crecimiento irracional del Tercer Reich con el actual gobierno. Sería caer en el mismo juego que López Obrador y sus corifeos proponen con la ligereza de una locura que sigue dividiendo a la sociedad en blanco y negro: burdo maniqueísmo que sólo funciona gracias a la profesión de la mentira. Se sigue sembrando discordia para cosechar violencia.
“La verdad requiere propagación” es una frase que se incrusta con cada una de sus letras en nuestra cabeza y coloca en la mira el papel del actual gobierno. Sólo quienes conservan intacta su fe, las consignas de mitin y la garantía de la nómina son capaces de pasar por alto el palacio de espejismos que ha erigido López Obrador y su presidencialismo más acendrado. Con un abierto afán propagandístico, se ha buscado ajustar la realidad a sus aspiraciones populacheras gracias a un discurso en el que sus “otros datos” parecen reflejar un país que sólo existe en su imaginación. Quizá no sea tan erróneo citar la perversión que implica lanzar un “¡viva el amor!” en plena ceremonia del Grito de la Independencia cuando las estadísticas nos indican que vivimos el sexenio más violento: los abrazos no han sido suficientes para mitigar el número de homicidios y desapariciones que han alcanzado cifras récord. Lo cual, por principio, no puede aplaudirse, pero sí señalar con el peso de la verdad.
Nos encontramos frente a un gobierno que no dudará en terminar de afinar su imagen frente a su propia versión de la historia mediante la propaganda más insulsa y mediática. Así puede intuirse en el paquete económico del próximo año que se ha presentado en el Legislativo. Lo cual, por cierto, será muy bien agradecido por su futura candidata presidencial, quien, además, ha realizado las mejores glosas de dichos espejismos. Leer a Joseph Roth y sus contemporáneos seguirá constituyéndose como un diálogo con las posibilidades de la barbarie.
