Por lo pronto, a guardar las camisetas

La opisición no supo enfrentar y resolver sus propias carencias, deshacerse de los lastres de su pasado ni demostrar que podían ser una alternativa eficiente y sólida

Son pocas las ocasiones en las que se puede percibir, con cierta claridad, la forma en la que se ha colocado el destino de nuestro país en el tablero de quienes juegan sus cartas al cobijo del maniqueísmo que se ha establecido como la mejor estrategia política desde hace un par de décadas, y que se ha articulado gracias a una nueva versión del presidencialismo más acendrado del que se tenga memoria.

En efecto, han bastado apenas tres o cuatro días para coronar todo un sexenio en el que se fueron acomodando las piezas en ese mapa del poder que se fue trazando al arbitrio de una sola voz, a la vera de una sola persona. Así, cada uno de los movimientos en esa compleja red de vínculos políticos, familiares —¿valdrá la pena seguir subrayando el nepotismo rampante que existe en este sexenio—, clientelares y económicos fueron consolidándose como una garantía para que, llegado este momento, se presentara muy poca resistencia ante los designios que se fraguaron desde la oficina de la Presidencia. Sin embargo, tampoco es cuestión de otorgar poderes mágicos a la voz titular del Poder Ejecutivo, pues, en cierto sentido, el origen de la situación que actualmente vivimos como país se puede localizar en las dos penosas administraciones sexenales del panismo, en la última joya de la corona priista y en los socavones que existen en la moral y en la ética de numerosas personas que no dudaron en anteponer sus intereses personales a las necesidades de una sociedad que, por supuesto, alojaba en su memoria la historia de las injusticias, de la corrupción que impera en todos los ámbitos de la administración pública y en la prepotencia que parece definir a quien ocupa un lugar que apenas se levanta unos centímetros del piso —gracias a los adobes que erigen como su propio coto del poder—.

Además, cuando dichos partidos ya se encontraron en la acera de la llamada oposición, no supieron enfrentar y resolver sus propias carencias, deshacerse de los lastres de su pasado ni demostrar que podían ser una alternativa eficiente y sólida frente a un gobierno que capitalizó todas y cada una de sus cuarteaduras. En fin, también sabemos que el chapulineo se convirtió en una suerte de barca salvavidas para los roedores que ya intuían que sus barcos se hundían gracias a las anclas de su propia miopía al no trabajar por recuperar esa credibilidad de la que alguna vez gozaron. Muy lejos de ello, se dedicaron a dinamitar sus propias posibilidades desde sus actuales dirigencias.

Pero allí estaba la historia. Una historia viva, que día con día se fue amoldando a las dulzuras retóricas que ofrece el maniqueísmo y sólo era cuestión de amalgamar las piezas para armar un discurso que hiciera eco en gran parte de la sociedad y que, además, se reforzaría a través de una fuerte dosis de programas sociales, bajo la tutela de un paternalismo que ha llegado a límites poco imaginados en un país que se presume democrático.

Así, no resulta nada extraño que el día de hoy no parece generar mayor preocupación las noticias de la desaparición de órganos autónomos que podrían ser garantes de un contrapeso al poder político y frente a la opacidad que le caracteriza; la inminente reforma judicial, la militarización de la vida pública del país y la apuesta por hacer cada vez más frágil la división de Poderes que definen a nuestra República. Parece una obviedad, pero es necesario señalarlo: quienes hoy ostentan el poder político lo han logrado al consolidarse como el paradigma de todo aquello por lo que, en teoría, habían luchado en las calles, en sus mítines, en sus plantones que paralizaban la vida cotidiana. Son ese tipo de priismo monolítico de los años setenta que ha adquirido nuevos bríos gracias a una retórica que ha terminado por encantar a su electorado con base en un discurso maniqueo que se articula gracias a la polarización y la arrogancia ante la diferencia y la pluralidad.

Y la muestra viene desde las propias filias de quienes, apenas hace unos meses, salían a las calles presumiendo sus camisetas del conocido subcomandante Marcos. Basta leer su última carta, en la que hace una radiografía de la figura presidencial comparándola con todos y cada uno de los presidentes desde los años setenta, para intuir que, entre las filas del obradorismo no se aceptan críticas de quien ha dejado de ser parte de ese pueblo —definido, exclusivamente, por quien hoy disfruta del poder casi omnímodo. Quizá hoy guarden sus camisetas, pero no dudarán en portarlas cuando la coyuntura política así lo requiera, así como lo han hecho con el caso de los jóvenes normalistas desparecidos en Ayotzinapa —por cierto, busquen las recientes declaraciones del diputado Manuel Vázquez Arellano para comprender cómo opera la idolatría y el interés político—.

Pero, vamos, que siempre habrá grietas en toda estructura: la historia, por fortuna, se seguirá construyendo. ¿cuál será nuestro papel en esta ecuación?

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