Por dónde van las prioridades

Hablar de un recorte a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana en nuestro país es como una suerte de extraña broma

Hay momentos en los que se contiene la respiración y le realidad se concentra en signos de la fatalidad. Sí, hay momentos en los que nuestra atención se detiene en aquello que nos impacta de forma inmediata, que provoca que las emociones se conviertan en una sorda vorágine que nos envuelve de forma intempestiva y nos obliga a poner atención en otros temas que trascienden lo cotidiano, que están en otro orden del ámbito político y económico.

Algo mucho más relevante se apodera de nuestra mirada y coloca en segundo término, al menos de forma momentánea, los despropósitos de la cortesilla política, las historias de corrupción que tocan a sus más conspicuos protagonistas y, sin duda, de la propuesta del paquete económico que determinará el quehacer del gobierno federal durante los próximos meses, y cuya repercusión se subraya en dos de las palabras que más deberían hacer eco en la conversación: impuestos y endeudamiento. Parecen ociosas páginas que, sin embargo, no dejan de referirse a nosotros como sociedad.

Vaya panorama el que se presenta frente a nosotros, cuando es evidente que ambos términos han formado parte de la retórica de los espejismos y las absurdas promesas engarzadas por durante los últimos siete años.

Apenas comenzábamos a percatarnos que las prioridades del gobierno están encaminadas a alimentar los agujeros negros de sus obras emblemáticas, de un Pemex que es como el inopinado símbolo de la corrupción y la opacidad que se encuentra en el histórico entramado que sostiene a la cortesilla política de nuestro país –caray, ya se debería incluir el huachicol en los egresos de ese famoso paquete presupuestal– y el fortalecimiento de sus programas sociales, que son la garantía de su futuro clientelar y electoral. No obstante, algo incomoda la discusión.

Así, apenas nos dábamos cuenta que para sostener semejantes despropósitos los recortes presupuestales también afectarían de manera directa a la seguridad y la cultura: el INAH, el INBAL y el inesperado golpe a la Cineteca –caray, tan presumida que fue su nueva unidad en Chapultepec en el Primer Informe de gobierno–.

Hablar de recortes en estos ámbitos es una clara evidencia de las preocupaciones de un gobierno que sabe que el próximo año es la antesala de un proceso electoral que no se les puede escapar de las manos.

Para qué ocuparse del patrimonio histórico y arqueológico, de las manifestaciones artísticas en el ámbito de las Bellas Artes si un concierto en la mayor plaza del país puede dejar mejores dividendos. Y hablar de un recorte a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana en nuestro país es como una suerte de extraña broma. Podrán hablar de reacomodos en las partidas y justificar con discursos llenos de fútil retórica, pero, en términos reales, no dejarán de ser preocupantes las razones que se esgrimirán para explicar estos despropósitos.

Así, mientras las preguntas se iban engarzando, la vida nos colocó, en cuestión de un instante, en otro de los momentos que, como sociedad, nos llena de perplejidad y consternación.

Repentinamente los jirones de la tragedia terminarían por envolver lo cotidiano, creando una suerte de doloroso paréntesis que nos recuerda la fragilidad de nuestra vida y algo que está mucho más allá de los discursos llenos de politiquería y oportunismo. Así ha ocurrido con la volcadura de la pipa de gas LP que generó una de las tragedias más dolorosas de los últimos años en la Ciudad de México: las imágenes que llegan a nuestra mirada a través de los medios de comunicación y las redes sociales son una puerta al horror que nos conmueve en lo más profundo. Ya se analizará el poderoso recurso que implica un dispositivo móvil que, con su cámara de video, nos permite dejar un testimonio de las dantescas escenas que tantas personas sufrieron en Iztapalapa.

Son imágenes de la muerte y la desolación, pero también de la solidaridad y de una fuerza social que está tan lejos de su clase política. con su oportunismo y la posible corrupción que se comienza a intuir en las primeras indagatorias.

No hay manera de expresar el horror y la tristeza por quienes murieron a consecuencia de esta desgracia, de cifrar la esperanza en quienes aún se encuentran en situación hospitalaria. Pero sí hay forma de dejar constancia –una vez más– de describir y narrar con mayor fuerza esas acciones de quienes, sin reparo ni duda, se organizaron para evitar que la tragedia fuera aún mayor, para socorrer a quienes lo necesitaron, en apoyar a los cuerpos de bomberos y de rescate.

En efecto, nos referimos a una sociedad que dista mucho de una clase política que llena sus discursos de una retórica superflua y efectiva para sus propósitos electoreros. Una sociedad que hace eco de su propia ausencia entre las líneas del paquete económico, porque hay elementos que de forma directa complicarán aún más su futuro.

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