¿Por dónde andarán?

El “chapulineo” es uno de los mejores deportes más practicado por la cortesilla política de nuestro país, con disciplina y un cinismo a prueba de la vergüenza. Claro, de otra manera no hubiera existido el extinto PRD y, en sí mismo, el actual partido en el poder.

Al parecer, faltan algunos personajes en la tragicomedia que se desarrolla en los escenarios de la política mexicana. Por más que los reflectores buscan sus rostros, los micrófonos quieran atrapar el registro auditivo de sus voces y las videocámaras intenten hallar en sus miradas alguna certeza, hoy por hoy parece un intento vano e irrisorio; sin embargo, dichos personajes no terminan por reaparecer en el escenario que, en otras épocas, fue el centro gravitacional de su fama y fortuna. No hace falta un análisis a conciencia para adivinar que, en efecto, la llamada “oposición” se quedó enredada entre los telones y no han terminado por reaparecer en esta suerte de obra tan parecida al género del esperpento.a

Desde hace algún tiempo se comenzaba a vislumbrar que la partidocracia ya mostraba signos de una cierta fatiga que necesitaba buscar nuevas alternativas de organización y, quizá, otras formas de entender la problemática social a la que se encaminaba nuestro país desde hace un par de décadas. La crisis que se observa y padece en diferentes ámbitos no es resultado de una mala jugada en el ajedrez. Sin embargo, quienes han hallado la mejor manera de acceder y mantener un estilo de vida en estas organizaciones políticas, así como brindar una buena salud a sus estados financieros, sellaron la posibilidad de que esa nueva exigencia no se lograra cumplir.

En realidad, se encargaron de apostar por mantener esas estructuras sociales y económicas, de pactos, contubernios y corrupción que tan buenos resultados le había brindado al partido dominante durante casi todo el siglo XX. Así, el priismo más abyecto se convirtió en el paradigma y el modelo de las nuevas generaciones que aspiraban a cumplir ese sueño del político exitoso –en lo personal– que usaba como bandera las necesidades de una sociedad que, quizá, no dejaba de creer en esa figura que llenaba de promesas los oídos más ingenuos. Insisto, tampoco es necesario recurrir a los libros de historia: es el mecanismo que han perfeccionado los actuales herederos de esos años dorados del populismo y la demagogia. Alumnos y ahora maestros en dicha materia.

Ya en perspectiva, fue muy claro que los partidos que habían cargado con sus respectivas derrotas en los diferentes comicios no supieron resolver el galimatías que tenían frente a sí mismos. No entendieron ni buscaron la manera de cómo desarticular todo un aparato gubernamental que ellos mismos habían consolidado y explotado hasta el cansancio: el uso de los programas sociales, los pactos clientelares con poderosos sindicatos, el manejo de los medios de comunicación convertidos en faros de la propaganda más elemental, el convertirse en una buena opción para quienes buscarían cambiar de principios, convicciones e ideales. A fin de cuentas, el poder y sus muy diversos rostros económicos terminan por ser buenos consejeros de los intereses personales. Vaya que el “chapulineo” es uno de los mejores deportes más practicado por la cortesilla política de nuestro país, con disciplina y un cinismo a prueba de la vergüenza. Claro, de otra manera no hubiera existido el extinto PRD y, en sí mismo, el actual partido en el poder.

A lo anterior también se debe sumar que no lograron combatir la imagen que se encargaron de acuñar durante sus años en el poder. Se regodearon con sus propios lastres hasta que terminaron por ser la viva imagen de un naufragio electoral y, por supuesto, llevándose entre sus restos a las pocas esperanzas de una sociedad que está muy lejos de rendir pleitesía al oficialismo de los dos últimos sexenios. ¿De qué otra manera se le puede observar a quienes desperdiciaron sus respectivas oportunidades para alejar a nuestro país de sus propias sombras? Si hoy la democracia está en vilo también es una factura que aún debe pesar en aquel primer sexenio de la alternancia. Y, claro, son esos personajes y sus gobiernos cuya impronta ha sido explotada al máximo por el oficialismo actual.

Si bien esa pretendida “oposición” se quedó atorada en el marasmo de su derrota durante todo un sexenio –lo cual tuvo como resultado un desastre electoral en sus pronósticos–, las cosas, al parecer, no serán diferentes en el que apenas inicia. Si se encuentran muy ocupadas y ocupados recogiendo los restos de su derrumbe, cabe preguntarse en dónde radica la posibilidad de una oposición diferente, una alternativa que represente a ese sector social que señala, que critica, que no se conforma con los pronunciamientos oficiales y su versión tan chabacana de la realidad; además de mirar con perspicacia a quienes se siguen etiquetando como opositores –quizá existan excepciones honrosas, pero es una categoría en extinción–. La respuesta, por supuesto, está en la misma sociedad que, no cabe duda, se reinventará en función de mantener un país que le ha quedado muy grande a sus gobiernos y cuyo trabajo inicia en lo cotidiano.

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