¿Por dónde anda el guionista?

Por fin, en algo tan especial como la prohibición del nepotismo, en el Poder Legislativo se vivió una pequeña desobediencia.

Hace apenas unos cuantos meses estábamos acostumbrados a escuchar las palabras de una figura presidencial que se convirtió en el vocero oficial de sus partidarios en todo su gobierno, de quienes conformaban el Poder Legislativo y su gabinete. Parecía que pocos se atrevían a brindar una declaración sin la anuencia o el visto bueno de quien se convirtió en el eje de su sexenio, socavando paulatinamente el ejercicio democrático de la división de Poderes y manteniendo el control de la comunicación desde la inopinada tribuna del Palacio Nacional y en cualquier acto oficial. Presidencialismo reinventado, sin cortapisas y como manera de prevenir los incendios mediáticos que se presentarían a lo largo del sexenio. Sin embargo, todo cambia, pues se percibe un cierto olor extraño en el reino de Dinamarca.

Otras de las marcas características del manejo discursivo de la llamada Cuarta Transformación es su facilidad y creatividad para cambiar sus propias versiones, crear una bruma con “verdades a medias”, a interpretar las estadísticas con la magia del absurdo y presumir sus juguetes antes de que, inclusive, fueran inventados. Y qué decir de la estrategia confiable y elemental de reducir los problemas a una percepción entre los “buenos” y los “malos”. Todo parecía funcionar de manera incuestionable hasta que obligadamente cambiaron las piezas en el tablero del poder y, por consiguiente, se han exhibido las fracturas que padece la totémica imagen del poder que el oficialismo había cimentado a lo largo de los últimos años.

Han bastado dos botones para darnos cuenta de que algo sucede al interior de los engranajes de la cortesilla política oficial –por cierto, ¿alguien sabe en dónde anda la llamada “oposición”? Ah, claro, si lo más relevante es llamar la atención por disfrazarse de El chapulín colorado, pues andan más perdidos que la ubicación de los terraplanistas–. Dos momentos en los que también se revela el mapa genético del partido oficial y de quienes hoy presumen su militancia con el orgullo de quienes han firmado con su nuevo equipo, con la convicción que les brinda el cinismo o su flexible ideología. Pero, en ambos casos, la figura presidencial, en comparación con la que predominaba en el espectro del sexenio anterior, queda parada sobre un polvorín. Parecería que se les extravió el guionista.

El primer momento es, sin duda, la tan anunciada –y circense– reforma en la que se prohíbe el nepotismo en puestos de elección popular. Desde el planteamiento resulta caricaturesco, pues, si algo ha quedado demostrado, es la preponderancia de ciertas familias en todo gobierno de color guinda. Sin embargo, luego del anuncio de que se había aprobado dicha ley –con el bombo, las fanfarrias y la pleitesía que merecía una disposición presidencial bien cumplida–, pues resultó que siempre no sería tan factible. Dicen los y las legisladoras que mejor hasta 2030, pues nadie puede contravenir el deseo del “pueblo” y las respectivas sucesiones familiares de la familia Monreal, los Salgado y otros tantos más. Claro, sin dejar de lado el señalamiento del presidente del Senado al interés directo de su partido satélite, el Verde Ecologista. Y la gran pregunta es, ¿en dónde queda la figura y la palabra presidencial que tanto se jactan de presumir? Quizá sea popular entre la gente, pero, entre sus legisladores, la interpretación anda medio norteada.

Un segundo momento, quizá el más importante: la entrega de 29 presos –vinculados con el crimen organizado– a las autoridades norteamericanas, justo en un momento de mucha tensión en la relación bilateral entre Estados Unidos y México. El punto a resaltar son las declaraciones del fiscal general y del titular de la Secretaría de Seguridad, puestos medulares en el gabinete presidencial. Bastaron unas cuantas palabras para percatarnos que, en el seno de la contradicción, había un remolino que devoraba la imagen de quienes han participado en el gabinete de seguridad desde el sexenio anterior y, por consiguiente, a la presidenta Sheinbaum. Contradicción que se aprovecha para golpear al Poder Judicial –por supuesto– y que, a fin de cuentas, en el contexto de las declaraciones de las autoridades norteamericanas, también disuelven los fuegos artificiales de un patrioterismo simplón. Aunque será cuestión de días para que se retome este efectivo lugar común. “No tiene nada que ver la señora Presidenta de la República” será una frase que podría recordarse muy seguido.

Palabras más, palabras menos, ya no sólo es cuestión de perfumería en el reino de Dinamarca –en alusión a Hamlet, por supuesto. Algo sí se puede concluir: por fin, en algo tan especial, en el Poder Legislativo se vivió una pequeña desobediencia. Y, en el otro tema, pues ya se observarán los movimientos en el tablero que manejan desde el norte del continente.

Temas:

    X