Nuevas erosiones

Esto no es gratuito, si se observa el principal objetivo y acciones de la llamada Coordinación de Memoria Histórica y Cultural de México, nos percataremos de la red que articula a la SEP.

Día con día se terminan de clarificar y definir las líneas de trabajo que serán los caballitos de batalla para el actual gobierno, en lo que resta del sexenio. 

No hay sorpresas en el panorama, pues el actual primer mandatario ha terminado por orientar la fuerza de todo su aparato gubernamental en discusiones que, más allá de sus resultados, le brindan una muy buena posibilidad de seguir generando un vínculo con sus simpatizantes y el electorado que aún confían en su imagen. La polarización, el maniqueísmo y un discurso populista, que han sido sus únicos fundamentos políticos, se convertirán en las mejores herramientas con miras a consolidar su plataforma rumbo a las elecciones del presente año hasta el 2024. 

 No hay incendio sin una chispa que lo inicie. Y el actual inquilino del Palacio Nacional ha sido un hábil propagador de esas llamas, ante lo cual, sus principales colaboradores, colaboradoras y simpatizantes se llenan las manos de cerillos que arrojan a la plaza pública. 

En ocasiones es difícil hallar argumentos que sean parte de un análisis de una realidad que les conviene mantener perfectamente polarizada, ya que sus aparentes logros no son más que fuegos fatuos que deslumbran a quienes desean ver fuegos artificiales en una simple veladora. 

No es gratuito que las discusiones más vehementes y airadas de todos los miembros del actual gobierno se han presentado cuando están en juego alguna de sus llamadas consultas o elecciones. Si bien, el intento por aprobar la llamada reforma eléctrica dejó al descubierto la típica estrategia de argucias y chantajes politiqueros en los que el partido oficial es experto –al más puro estilo priista, cuna y modelo de sus principales personajes–, todo aquello en lo que se ponga en juego el voto popular, evidencia la urgencia que tienen por erosionar y dinamitar al árbitro electoral para garantizar que no se les presente una derrota de la que difícilmente podrían reconstituirse, a pesar de la imagen presidencial que se ha decantado en los últimos cuatro años.  

Tan sólo unas horas después de que se diera a conocer la propuesta de reforma electoral –que, por cierto, evoca con cierta claridad aquel organismo que, en su momento, controló Manuel Bartlett, quién lo diría, artífice de las elecciones de 1988–, se levantó otro dique en el que también se atomizará la opinión pública: el cambio en el modelo educativo que se pretende impulsar desde la Secretaría de Educación Pública. Basta con escuchar las declaraciones de Marx Arriaga en la conferencia mañanera del pasado 26 de abril para identificar los principales elementos sobre las que descansan sus palabras: todo parece indicar que en el Jardín de las Ocurrencias que se siembra en los patios del Palacio Nacional, es momento de proyectar un cambio en la educación que se basa en su miope interpretación de la realidad nacional. Ha llegado el momento de imponer las ideologías trasnochadas desde las aulas escolares. 

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Pero esto no es algo gratuito; si se observa el principal objetivo y acciones de la llamada Coordinación de Memoria Histórica y Cultural de México, nos percataremos de la red que articula a la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Cultura. No podía esperarse algo diferente de quienes han impuesto, desde el discurso oficial, una visión maniquea y populista de la historia de nuestro país. Detrás de ese primer discurso –que se complementa con los puntos anunciados acerca de la reforma electoral– existen dos aspectos que no se pueden dejar de lado: en cada palabra expresada por Arriaga acerca de los cambios que se plantearán, se ocultan las propias deficiencias, culpas y omisiones del gobierno del que forma parte. No obstante, bajo la lógica presidencial, este gobierno no es “meditiocrático, conductista, punitivo, patriarcal, racista” y demás galanuras. Calma, no hagan un ejercicio muy profundo: basta con analizar algunas acciones del actual gobierno para que una pequeña sonrisa se asome en nuestros rostros. Y, por cierto, tampoco se puede omitir que, así como lo juzga el doctor Arriaga, la educación sí que ha sido una “moneda de cambio” desde hace mucho tiempo. 

 Sin embargo, no hay indicios para que en la presente administración deje de serlo, de otra manera no se alcanza a explicar que una de las mejores operadoras electorales y económicas del primer mandatario ocupe el mayor cargo en la educación de este país. Entre ideologías trasnochadas, populismo y patrioterismo arrebatados, la educación de los niños, niñas y todas las personas de nuestra sociedad, podría estar en jaque ante un sistema que se ha dedicado a erosionar el conocimiento científico y humanístico. 

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