No todo es un asunto de cuentos
Sabemos que el límite de la ficción se encuentra muy cerca cuando la realidad nos muestra que, en estos días y en épocas electorales, hay conservatorios de música que harían empalidecer al flautista de Hamelín
Hace algunos años, Ricardo Bada, escritor que ha sido una puerta a la literatura alemana, compartió la traducción de algunos aforismos creados por Karl Kraus —el tremendo crítico que nació bajo los pendones del Imperio astrohúngaro y que fue testigo de su destrucción durante las dos primeras décadas del siglo XX—, palabras que se condensaron en las altas temperaturas de una Europa que comenzaba a arder bajo el fuego del espíritu bélico que tardaría mucho en desaparecer.
Una de estas joyas esboza la radiografía y descripción de cierto tipo de personalidad que es recurrente a lo largo de las páginas de nuestra historia, con rostros y nombres diferentes, aunque con la proyección de la misma sombra: “El secreto de los agitadores es hacerse tan tontos como sus oyentes para que estos crean que son tan listos como él”. Sí, una breve sentencia que nos recuerda otras narraciones en las que, en efecto, aparecen personajes como el seductor músico de Hamelín o el emperador que presumía su colorida vestimenta de “tela” invisible, que sólo pocos distinguirían. Si recordamos ambas anécdotas de la literatura popular, entendemos que Kraus no deja nada en el terreno de la insinuación y termina por definir a quienes permiten la existencia de quien les envuelve en su propio “canto de las sirenas”.
Poco se puede agregar a la historia recopilada por los hermanos Grimm —vaya que nuestra deuda con ellos es proporcional a la cantidad de páginas que se han escrito a partir de los cuentos, de carácter popular, que reunieron hace un par de siglos— en las que aquel flautista, gracias al sonido de su instrumento, fue capaz de terminar con la infestación de ratas en la ciudad de Hamelín al conducirlas al río Weser para que murieran ahogadas. Sin embargo, como buena narración tradicional, la venganza de este misterioso músico al no recibir el pago prometido por sus servicios terminó por encantar a los niños del pueblo bajo el mismo sortilegio y consumar su terrible desenlace. Las preguntas no se hacen esperar luego de leer cada página de los hermanos Grimm, por ejemplo, ¿cuál era el poder que ejercía el flautista con un simple sonido? Vaya que en el folclor siempre podremos hallar los cuestionamientos indicados para desentrañar las épocas de flautistas consumados y de quienes apenas aprenden las notas musicales de la demagogia: los escaparates están llenos de carrizos y flautas trasversas. Y, claro, algo terminaba por agitarse entre la gente.
Pero Hans Christian Andersen —entrañable escritor danés del siglo XIX— no se queda atrás si se trata de narraciones que se hayan popularizado a través de los años. Ya en muchas páginas se nos han explicado los simbolismos acerca de La Sirenita, El Soldadito de Plomo o El Patito Feo, pero últimamente se ha vuelto un lugar común traer a la discusión política —por razones que se antojan misteriosas e inexplicables— uno de sus cuentos más famosos, El traje nuevo del emperador. Todos y todas conocemos esta narración en la que el juego de engaños convierte al todopoderoso en el protagonista de una tragicomedia que no había dimensionado correctamente. Quizá habría que preguntarnos, en una suerte de “vuelta de tuerca”, si era la gente —que observaba el caminar y el pavoneo del emperador— quien terminó más que convencido de que esos colores dignos de la monarquía, la textura de las telas y la confección del ropaje eran perfectos y se amoldaban a la grandeza de quien ostentaba la transparencia de su soberbia. ¿Qué hubiera sucedido con aquel niño que, con la picardía en sus palabras se hubiera atrevido a señalar la desnudez del monarca ante una feligresía convencida del brillo del regio manto? Que cada lector y lectora imagine los finales alternativos que, sí, para eso también es la literatura. Y, claro, algo terminaba por agitarse entre la gente.
Sin embargo, sabemos que el límite de la ficción se encuentra muy cerca cuando la realidad nos muestra que, en estos días y en épocas electorales, hay conservatorios de música que harían empalidecer al flautista de Hamelín y que podemos hallar sastrerías especializadas en la confección del engaño. Sí, entendemos que se musicaliza y se diseña la imagen de quienes, Karl Kraus, dibujó con la agudeza de su ingenio. Porque, en efecto, no todo es asunto de cuentos cuando está de por medio el futuro de la sociedad, la libertad y la justicia.
Quizá ya sea oportuno crear otro tipo de historias y sus protagonistas dentro de la misma ciudadanía.
