Navidad en silencio

No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos: Milan Kundera.

Estimadas y estimados lectores, hoy por la noche se celebra la Nochebuena y mañana la Navidad. Más allá de cuestiones religiosas, la posibilidad de que exista un momento en el que se exprese con familiaridad el estribillo de la tradicional canción Noche de paz, con las personas más afines, con quienes compartes la vida y el amor, es, quizá, lo más importante. Una velada en la que se disponen la mesa y los alimentos, la palabra y la música gracias al poder que aún poseen las tradiciones en nuestra sociedad. Y, tal vez por la propia naturaleza de dicha festividad, las personas comienzan a enfrentarse a las ausencias de quienes no están presentes, se hace conciencia de que en esa mesa falta alguien importante y, de inmediato, el corazón se envuelve en una melancolía que nadie podrá sanar con facilidad. Así, en la intimidad del dolor se expresa la soledad que existe en el corazón desde la tristeza causada por la muerte de un ser querido.

La Navidad también es una época en la que, según se decía, era el momento de iniciar un proceso de reflexión que culminaba con la llegada de un nuevo año y que nos brindaba la posibilidad de realizar gestos de paz capaces de detener conflictos armados: como aquella legendaria Nochebuena de 1914 —la Primera Guerra Mundial apenas comenzaba a ser un esbozo de la tragedia que no se haría esperar durante los siguientes años— cuando los soldados ingleses y alemanes decidieron que el espíritu de esa celebración detendría a la muerte y, como lo sabemos muy bien, organizaron un partido de futbol en medio de cantos y abrazos. Anécdotas, como esta última, son numerosas a lo largo de nuestra historia como humanidad; lo cual, tal vez, nos permite imaginar que hay detrás de una decisión así encontramos eso que es definitivo para que algo cambie en la sociedad: la compasión.

Milan Kundera, quien por cierto murió en julio de este año, escribió en La insoportable levedad del ser, uno de sus libros más reconocidos algo que detona las ideas y provoca que el egoísmo se agazape como un animal que espera un mejor momento para salir de su escondite. La frase plantea que “no hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos”. Así, Kundera vislumbra, en tan pocas palabras, la profundidad del dolor que descifra lo más vital de la dimensión humana y que, al parecer, hemos extraviado durante los últimos años.

Pero no podemos ser tan determinantes cuando se trata de la compasión. Sugerir que la hemos perdido, si bien parte de un supuesto que no nos resulta extraño, es algo que sacaría de raíz toda posibilidad de futuro. Por ello, no podemos permitirnos ser ajenos a los asesinatos de Emiliano, David, Galileo, Juan Luis, José Alberto, Macarena, Thalía, Irving, Marco Antonio, Héctor y Antonio, los 11 jóvenes asesinados en Salvatierra, y tampoco de Pedro, Eduardo, Bryan, Fabián y Jesús, los cinco estudiantes de medicina que fueron asesinados en la ciudad de Celaya. Y tampoco podemos olvidarnos del dolor que implican los feminicidios y las desapariciones. Al parecer, la muerte camina en la misma banqueta en la que nosotros andamos con prisa, mirando hacia otro lado y haciendo oídos sordos a las palabras de quien es el primer responsable de la seguridad en este país. Por cierto, sabemos que en el diccionario de esta administración no existe la palabra compasión, sólo el oportunismo y la egolatría. Y, en primera instancia, ¿en dónde está el cumplimiento de aquello que validó la creación de la Guardia Nacional y la clara militarización del país?

Nos hemos acostumbrado a escuchar tanto acerca de la violencia y la muerte que impera en nuestra sociedad que, quizá, ya es parte de nuestra vida cotidiana. Las noticias llegan, nos generan un impacto y bastan un par de suspiros ante el horror para cambiar la página. Pero la empatía y la compasión son aquellos que pueden desarticular esa lamentable cotidianidad: no sólo es indignarse ante la violencia y los asesinatos, es exigir que la justicia no sea cuestión de una retórica simplona y maniquea que ha sido capaz de maquillar las estadísticas a su propia conveniencia para lavarse las manos.

Hoy, en numerosas familias del país, las mesas estarán incompletas. Ojalá no permitamos que el dolor nos sea ajeno y la compasión sea una invitada a nuestra mesa y se prolongue en “mil ecos”.

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