Miopía

El 5 de mayo se difundió un pronunciamiento de la postura de este organismo sobre elasesinato de Luis Enrique Ramírez. Y eso es todo. Con un simple ejercicio sobre graves faltas alos derechos humanos en nuestro país con respecto a las diversas acciones que suelen presumiren la CNDH, nos daremos cuenta de que sus preocupaciones tienen una brújula muy particular.

 Vaya momentos tan contrastantes para los derechos humanos que se han vivido durante los últimos días en nuestro país. En realidad, estas palabras deberían ser más puntuales, pues lo que observamos por parte de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos es tan sólo un pequeño reflejo de la manera de entender la dinámica de quienes, de una u otra manera, forman parte del actual gobierno o, simplemente, son sus entusiastas simpatizantes.

En cuestión de un abrir y cerrar de ojos, la realidad terminó por imponer su terrible alcance y ha terminado por evidenciar, una vez más, la indolencia y la ambivalencia que ha definido al presente sexenio, a tal grado que se percibe como un ci­nismo a prueba de cualquier señalamiento –de toda crítica–, pues se ha construido una narrativa que, como un efecto inmediato, los transforma en víctimas de la historia y de poderes universales. Ésa sí es la enésima transformación.

Como no hacen falta anécdotas ni evidencias de los niveles de esperpento que se pueden al­canzar día con día, la CNDH se convirtió en una rápida, expedita, contundente, efectiva y valero­sa defensora de los derechos de un comunicador afín al gobierno, Vicente Serrano. Luego de que dicho comunicador levantara la voz de manera poco clara y tendenciosa en redes sociales para “denunciar” una agresión por parte de Héctor Suárez Gomís, el organismo responsable de salvaguardar y ve­lar por los derechos humanos de cada habitante de este país, tuvo a bien sumarse a la condena de esa agresión en un tiempo récord, de manera inusitada en comparación con las tantas ocasiones que se ha mantenido en silencio ante los terribles hechos que merecían, por lo menos, un puntual mensaje en sus redes sociales.

Si tratamos de hallar un asomo de humor negro en esta acción por parte del organismo encabezado por María Rosario Piedra Ibarra, sería tan sencillo. Sin embargo, esa sonrisa se desdibuja cuando te percatas de que esa pequeña estridencia pretende zurcir las vestiduras que se desgarraron con vehe­mencia en la condena de semejante acto. Ya los principales im­plicados en esta situación aclararán y resolverán lo conducente.

 Lo que es de llamar la atención –que no puede quedar como una anécdota pasajera ni un exabrupto casual– es la reacción de la CNDH. Así, mientras cada una de sus palabras en redes sociales despertaba un poco más que suspicacia, nos enteramos que había sido asesinado el periodista Luis Enrique Ramírez. Más allá de la estadística triunfalista –que tanto gus­ta presumir el primer mandatario–, en nuestro país se ha co­metido el noveno asesinato en contra de un miembro de la prensa en lo que va del presente año. Una vez más, Culiacán, ciudad en la que también se asesinó a Javier Valdez en 2017.

El 5 se mayo se difundió un pronunciamiento en el que se establece la postura de dicho organismo con respecto al asesinato de Luis Enrique Ramírez. Y eso es todo. Si se rea­liza un simple ejercicio comparando las noticias que diaria­mente nos hablan de graves faltas a los derechos humanos en nuestro país con respecto a las diversas ac­ciones que suelen presumir en la CNDH, nos daremos cuenta de que sus preocupaciones tienen una brújula muy particular o padecen una miopía selectiva, si esto fuera posible. Tal vez por eso reaccionaron con semejante rapi­dez ante el daño de unos lentes: debe ser des­esperante que una persona tan importante para la comunicación del gobierno sufra de miopía y astigmatismo.

Hay dos preguntas que se ponen en la mesa: ¿los y las periodistas que tanto han sido seña­lados y expuestos desde la tribuna del Palacio Nacional no merecen ser respaldados por la CNDH? La res­puesta la conocemos cuando entendemos la procedencia y afinidad política de su titular con López Obrador. Pero no olvidemos que las palabras cuentan –y más si se pronuncian desde la tribuna presidencial. Una segunda pregunta, ¿cuál es el parámetro para que este organismo actúe en consecuen­cia ante los numerosos casos que, día con día, exigen de una clara postura de este garante que llevó décadas consolidar?

La violencia tiene un gran cómplice en el silencio. Y cuan­do se trata de subrayar la necesidad de la justicia y exigirla en todo momento, no se pueden sentar a escribir consignas y cantarlas como si todo se resolviera en un mitin a quienes gobiernan, que están tan acostumbrados a ello. Para eso no se requieren lentes.

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