Más allá de la frustración

 

Han dado inicio esas carreras del absurdo que suelen ser las precampañas y las campañas electorales en nuestro país. Aunque, en realidad, el tema central que nos debería ocupar, como sociedad, es la facilidad con la que se llevan a cabo clarísimos actos de campaña que están fuera de los tiempos estipulados y que pasan inadvertidos –por llamarlo de alguna manera– para el árbitro electoral: no es poco cuando en el Instituto Nacional Electoral recae la total responsabilidad de velar por la legalidad de todo el proceso que culminará con las elecciones del próximo año. Al parecer el oficialismo ha generado una suerte de miopía contagiosa que afecta de manera directa a quienes tienen en sus manos las decisiones más importantes para nuestro país y que, vaya efecto colateral, ha terminado por obnubilar su criterio: de tal suerte que sus preocupaciones andan por otros caminos llenos de contradicciones. Y, sin embargo, comienzan a escucharse las voces, a aparecer las imágenes y revelarse la naturaleza de quienes se han colocado en su propia carrera para obtener alguna de las candidaturas con miras al 2027.

Así, en el carril de cada posible candidatura, podemos hallar a personajes muy conocidos de la cortesilla política en turno o a nuevos aspirantes que pretenden ser parte de esta suerte de casta que ha encontrado, en el servicio público, una especie de tierra fértil en donde la riqueza personal brinda sus exuberantes frutos en los árboles de la impunidad. Pero en esta desaforada carrera, lo que nos llega a quedar muy en claro es que no se trata de observar una competencia entre quienes sean las personas más preparadas, eficientes y capacitadas para ocupar un cargo de elección popular: lo que presenciamos, día con día, es una especie de concurso entre quienes pueden garantizar una mejor movilización electorera al costo que sea. Aquello del conocimiento y la capacidad técnica, de la ética y la moral, quizá se hable en otro momento, si es que algún día es necesario cuestionarlo. A fin de cuentas, el titular del Poder Ejecutivo durante el sexenio pasado lo dijo con claridad al reducir todo este proceso en un sólo 10% de experiencia –el otro 90% de “honestidad” ha sido interpretado de maneras tan diversas por personajes como los funcionarios que operaron el fraude de Segalmex, como un simple ejemplo–.

En ese sentido, resulta contrastante observar lo que sucede con quienes se encuentran en esta carrera cuya distancia apenas duraría unos cuantos metros o quienes preparan sus ultramaratones con rumbo a la tan anhelada acta que valide su elección. Al parecer tendremos que hacer gala de paciencia –y de buen humor–  para no caer en las celdas de la frustración, durante los próximos meses, luego de escuchar ese compendio de lugares comunes, de frases sin sentido, a las tesituras del melodrama tan mexicano, a los señalamientos a las conspiraciones de poderes universales, a las promesas más vacías que una sesión ordinaria de la Cámara de Diputados. En efecto, tal vez nos veremos obligadas y obligados a imaginar que la solución a las problemáticas de nuestro país permanecerá en una inagotable fila de espera –a menos que, como sociedad, terminemos de aprender a exigir el cumplimiento de aquello que es responsabilidad de quienes ocupan un cargo público–.

Quizá sea oportuno recordar a los llamados clásicos. Es turno de Miguel de Cervantes Saavedra, que en su obra Los trabajos de Persiles y Sigismunda plantea algo que pasa inadvertido para quienes nos regalan este tragicómico espectáculo de la política en tiempos casi electorales: “La lengua maldiciente es como espada de dos filos, que corta hasta los huesos, o como rayo del cielo, que, sin romper la vaina, rompe y desmenuza el acero que cubre; y aunque las conversaciones y entretenimientos se hacen sabrosos con la sal de la murmuración, todavía suelen tener los dejos las más veces amargos y desabridos. Es tan ligera la lengua como el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua; y como sean las palabras como las piedras que se sueltan de la mano, que no se pueden revocar ni volver a la parte donde salieron hasta que han hecho su efecto, pocas veces el arrepentirse de haberlas dicho menoscaba la culpa del que las dijo, aunque ya tengo dicho que un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma…” (Libro primero, cap. XIV).

Ojalá estas palabras de Cervantes también nos permitiera alcanzar una lectura de nuestra propia realidad con respecto a quiénes son las personas que actualmente gobiernan este país y, por supuesto, para dimensionar a quienes pretenden llegar a aparecer en las futuras boletas electorales.

Y, claro, que no nos falte el humor para sobrellevar la ventisca del absurdo y dirigirnos a lugares en donde la dignidad no sea sólo un simple recurso retórico.

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