Los signos del paréntesis
Seguir fomentando la lectura como una alternativa más para que la vida sea, quizá, más llevadera.
Faltan algunos días para que culmine uno de los años más paradójicos de nuestro país. Bajo los fuegos artificiales de la permanente fiesta electoral que ha sostenido el oficialismo durante los dos últimos dos sexenios, no dejan de iluminarse –con cada uno de esos relampagueos de luz– las tragedias que han llegado a considerarse como las noticias habituales con las que diariamente acompañamos el café o son el contrapunto del silencio que determina nuestros caminos. En más de una ocasión hemos cambiado la frecuencia radiofónica, apagado los noticieros televisivos, cerrado las páginas del periódico o evitado esa imagen que aparece en las redes sociales y repentinamente estruja el corazón, incendia la ligereza que a veces queremos hallar en la banalidad que suele dominar aquellos parajes.
En efecto, pareciera que queremos apagar la realidad con ese pequeño acto de magia, abriendo los paréntesis que nos recuerden que dentro de sus signos se puede respirar de manera distinta, caminar entre las calles de nuestra imaginación con la tranquilidad que no hallamos más allá de los límites de este remanso. Quizá necesitemos la invención de estos espacios con mayor frecuencia y aprovechar los que ya se encuentran en el radar de las posibilidades: caminar por los jardines, perdernos en los increíbles laberintos que suelen ofrecernos los museos, seguir apostando por la música que nos permite escuchar el pulso de la existencia, subrayar la epifanía que suele presentarse cuando las palabras se engarzan en la partitura que se desprende del café que se comparte con quien nos brinda su tiempo. Y, quizá, regalarnos la posibilidad de leer ese libro que fue testigo de las noches y recordatorio de que hicimos una promesa para encontrarnos con sus páginas cuando el tiempo dejara de ser una coartada válida. En este sentido, los caminos no sólo se bifurcan, recordando a Borges.
Finaliza el año y, casi de inmediato, nos vamos encontrando con diversos recuentos anuales, una colección de noticias que no dejarán de cuestionarnos acerca de cómo es posible que seamos capaces de permitir tantas atrocidades. Pero, al mismo tiempo, suele ser divertido encontrarse con esas otras listas, aquellas que nos muestran las lecturas que tal vez emocionaron, que divirtieron y apasionaron a quienes, con toda generosidad, nos regalan una brújula para navegar entre las olas y las tormentas del mundo editorial. Este ejercicio suele ser polémico o generar un conceso casi improbable; puede despertar la pasión que implica la omisión de quien podría ser el nuevo valor de la literatura mundial o simplemente serán el pretexto que detone el buen humor de quien hace barquitos y aviones de papel. Para algunos, dichas listas se convierten en el pedido que agradecerán las librerías, el motivo de frustración para los que no leyeron ninguno de esos títulos o, quizá, también pueda despertar esa ligera satisfacción de no haberlos leído –pues en el camino se encontró con otros libros que no aparecerían en los primeros anaqueles de las librerías o porque su gusto, sus búsquedas y afinidades se encuentran en otros mapas literarios–. Y, sin embargo, allí están los signos que nos permitirán abrir estos paréntesis tan necesarios, motivos para creer que existe una contraparte para enfrentar las atrocidades que permean nuestra realidad.
Por cierto, hablando de estas alternativas, el día de hoy culmina una edición más de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un eje imprescindible en el mundo editorial y toda una experiencia para las y los lectores. Más allá de las posibilidades comerciales, nada puede compararse con la abrumadora sorpresa y el regocijo que se hallan entre la oferta editorial nacional e internacional, en las mesas de diálogo y lectura, en las presentaciones y en las actividades culturales que nos hacen partícipes de la magia que puede existir entre las páginas de los libros. Nada mal para cerrar el año con este tipo de paréntesis en el que la diversidad, la tolerancia, la libertad y el disenso son medulares en su desarrollo. Mientras tanto, en las mesas de proyectos de diversos lugares del país, ya comienzan a planearse sus propios espacios, a imaginar y soñar con la posibilidad de que sean motores en el enriquecimiento cultural de sus comunidades y, en una de tantas posibilidades, seguir fomentando la lectura como una alternativa más para que la vida sea distinta, quizá más llevadera.
Trabajar, con dedicación y ahínco, para que existan esos momentos y nuestros paréntesis se llenen de cultura, de literatura y de paz, y sean cada vez más frecuentes, es algo que siempre podremos agradecer. Allí están tantos caminos para que lleguemos al poema que hemos necesitado durante todo este tiempo, a las palabras que serán un abrazo al corazón, al alma, al espíritu, como prefieras llamarlo. Inicia diciembre y quizá sea momento de caminar más despacio con aquello nos permita reinventarnos.
