Los reflectores de la pureza

Nos hemos acostumbrado al cinismo y a los arrebatos retóricos que, a dichos personajes les convierte en víctimas de conspiraciones, infortunios y circunstancias que han sido “descontextualizadas” por sus terribles detractores que esgrimen las nefastas intenciones en ...

Nos hemos acostumbrado al cinismo y a los arrebatos retóricos que, a dichos personajes  les convierte en víctimas de conspiraciones, infortunios y circunstancias que han sido “descontextualizadas” por sus terribles detractores que esgrimen las nefastas intenciones en contra de una o un adalid del futuro, probo y ético desde su primer llanto.

Antaño solía decirse que la ropa sucia se lavaba en casa. Actualmente, por más que se pretenda resguardar en los anaqueles de la desmemoria, alguien puede hurgar en esos pasillos y encontrar esa “ropa” que puede colgar en los tendederos de la opinión pública en los momentos que puedan hacer más daño. O al menos eso se pretende: asestar un golpe definitivo al adversario político. Sin embargo, la realidad de nuestro país suele operar bajo una lógica muy peculiar.

Sería complejo determinar el momento en el que nos acostumbramos al escándalo protagonizado por el mundillo de la clase política. Incluso, se llega a suponer —¡vaya prejuicio tan inhumano!— que detrás de cada imagen sonriente y retocada de quienes forman parte de esa pequeña corte, podría existir una historia que se envuelve en las cortinas de la opacidad. Pero nuestra imaginación empalidece cuando se revelan situaciones que sólo los humoristas más perversos y los trágicos podían trazar en una noche de desvelo etílico.

En efecto, a nadie le causa sorpresa que, en cuestión de minutos, horas o días, se dan a conocer hechos que, quizá, en otros momentos o circunstancias serían objeto de medidas ejemplares, se aplicaría la ley sin cortapisas y, principalmente, dejarían un estigma a quienes fueran parte de semejante escándalo. En más de una ocasión se esperarían renuncias o graciosas huidas de quienes protagonizaran el escándalo. Sin embargo, se han refinado las estrategias con las cuales se apuesta por vivir bajo la sombra del gran árbol de la impunidad.

Nos hemos acostumbrado al cinismo y a los arrebatos retóricos que, a dichos personajes —pertenecientes a todos los colores y siglas—, les convierte en víctimas de conspiraciones, infortunios y circunstancias que han sido “descontextualizadas” por sus terribles detractores que esgrimen las nefastas intenciones en contra de una o un adalid del futuro, probo y ético desde su primer llanto. Así, tampoco es sorpresa que, durante las campañas electorales, se hagan cada vez más presentes estos escándalos, se entrampe la discusión y, por supuesto, se haga patente el gracioso fenómeno de “los baños de pureza”.

Mucho se ha discutido acerca de lo que implica atacar a un personaje de la política a través de la familia. Ya se han puesto en la mesa de debate si lo sucedido con el hijo de Xóchitl Gálvez se encuentra en la misma tesitura que los señalamientos a la progenie del inquilino de Palacio Nacional o de Claudia Sheinbaum. Cada quién tendrá una conclusión al respecto. Pero, lo que no se puede dejar de señalar, es el rasero a partir del cual se ha realizado un juicio sumario a través de los medios de comunicación. Y quiénes lo han realizado. Aspectos que, durante este sexenio, se han vuelto parte de una suerte de espectáculo que bien podría movernos a risa, si lo absurdo no fuera parte de su dimensión trágica: resulta paradójico que, muchos y muchas que se erigen como jueces son quienes aplauden o guardan silencio ante los actos que evidencian el actuar de su camarilla.

Quizá esto último no sea tan relevante, ya que ha sido una estrategia común a lo largo de nuestra historia. Lo esperpéntico es saber que existe una suerte de purificación en la que basta con un puñado de palabras del máximo líder de la Cuarta Transformación —o con el simple hecho de vestir un chaleco guinda— para que se presente una conversión digna de un cuento surrealista o de Jorge Ibargüengoitia. A esto, claro, también nos hemos acostumbrado al pasar, en cuestión de minutos, de la perplejidad e indignación a esbozar una sonrisa socarrona, pues sabemos que esos personajes ya han sido ungidos con el perdón que se obtiene al alabar la transparente vestimenta del rey, según lo indica aquella vieja narración popular. Así nace una nueva estrella en el firmamento de las víctimas de toda conspiración.

Vaya pobreza de campañas y la endeble percepción de la confianza en toda retórica triunfalista cuando, lo más relevante en los últimos días, es la puntual y calculada aparición de este tipo de estrategias. Se sabe que quienes suelen articular ese tipo de mensajes son capaces de convertir “la viga del ojo ajeno” en el mayor de los pecados y delito digno de escándalo, pero la viga que atraviesa su propio ojo, la declaran inexistente por obra y gracia de su oportuna ceguera.

Y aún faltan varias semanas para que finalice este lastimero espectáculo al que, lamentablemente, ya nos hemos acostumbrado.

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