Los anaqueles del olvido
La ambición de quien llega al poder –entre adobes, ladrillos o hipotéticas investiduras presidenciales– no se destruye, sólo se transforma y adapta a las circunstancias
Una de las premisas más socorridas que se empleaban, para referirse al ejercicio del poder durante los sexenios priistas era, sin duda, que apostaban al olvido. En efecto, se planteaba que, administración tras administración, todo aquello que despertara la suspicacia y la conciencia de la sociedad era necesario que se guardara entre lo más recóndito de la desmemoria. Muy pocas miradas críticas señalaban la responsabilidad que, al menos para obtener muy buenos resultados en esta apuesta, los medios de comunicación eran quienes cargaban los dados al resguardar la imagen de los políticos en turno frente a una ciudadanía que estaba muy lejos de mostrarse crítica ante la cortesanía política del momento.
Resulta paradójico que, al realizar un simple ejercicio de memoria de aquellos no tan lejanos tiempos, los discursos oficiales eran la punta de esa flecha que se dirigía a un blanco certero y efectivo, el de la grandilocuencia que puede existir en la mentira. Así, lo que más se puede recordar de los políticos de otras épocas, según los testimonios escritos y los indicios audiovisuales con los que se llega a contar, sea precisamente el ceremonioso apego al discurso normativo impuesto por la figura presidencial. Inclusive, todo aquel o aquella que llegaba a convertirse en el centro de atención, ante las cámaras o los micrófonos, comprendía que sus palabras estaban al servicio de una retórica superior, aquella que se diseñaba bajo la tutela del presidencialismo y el tan nocivo paternalismo que permitía mantener a la sociedad bajo el yugo de los programas sociales, grandes movimientos que permitieron confundir la obligación con la misericordia del “señor Presidente” y de quienes sabían que durante las elecciones se terminaba por imponer la conciencia democrática que se cifraban estas “dádivas” y prebendas.
Así, en este breve paseo por los anaqueles de la desmemoria y el polvo del olvido que envuelve su atmósfera, nos percatamos que en realidad se ha convertido en la crónica de una sociedad cuyo día a día transcurría bajo el ilusionismo que imponían los gobiernos y cada uno de sus coros. Claro, todo con la venia del santo que ocupaba el mapa central de toda oficina, con una mirada serena y altiva clavada en el destino, que parecía aprobar cada uno de los movimientos que se realizaban entre esas cuatro paredes. Poco se le podía ocultar al totémico presidente, a quien se le debía respeto y se rendía pleitesía con los tristemente célebres “besamanos”, las tarimas y las grandes pancartas, las porras y todo milagrito que se le pudiera atribuir. ¡Ah, qué tiempos aquellos en los que el priismo más acendrado sembraba la idolatría y cosechaba la desmemoria! Jugadas maestras que, luego de creer y luchar por el espejismo de la democracia en nuestro país, creímos que quedarían en el archivo de una crónica que nos podría avergonzar. Sin embargo, la ambición de quien llega al poder –entre adobes, ladrillos o hipotéticas investiduras presidenciales– no se destruye, sólo se transforma y adapta a las circunstancias de la corrupción imperante. Y, para lograrlo, tuvieron todos y cada uno de los recursos del Estado, colocaron con maestría cada una de sus fichas en los tableros de los poderes legislativo y judicial, además de edulcorar las palabras de quienes escribían o narraban sus epopeyas y calculaban sus precisas apologías. ¡Ah, los antiquísimos tiempos del priismo más rancio!
Quizá, ya en este punto del texto, apreciable lector, apreciable lectora, se comienza a dibujar en tu rostro esa sonrisa que es la perfecta expresión del recelo. En efecto, tal vez hemos compartido esa sensación de incredulidad al saber que poco o nada ha cambiado y, mucho menos, entre quienes, inclusive al día de hoy, siguen vendiendo sus espejitos y cuentas de vidrio con la etiqueta de “no somos los mismos” y la Cuarta Transformación como la marca registrada. No, no causa sorpresa saber que la divina casta de quienes han logrado insertarse en el mundillo de la política mantiene esas estructuras que han permitido que, justamente, llegaran hasta ahí. No, lo que sorprende es que, como sociedad, aún avalemos que la ignorancia, la mentira sistemática y la apuesta por el olvido sean las mejores fichas de los gobiernos en todos sus niveles.
Sí, ya se escuchan los trinos de las campañas electorales con sus discursos que apuestan por un futuro lleno de promesas e ilusiones que se sostienen en la desmemoria: durante los siguientes meses se olvidará a Acapulco y los pueblos de Guerrero, la desgracia de la Línea 12, la inseguridad, la irrupción del crimen organizado en la vida pública y muchas cosas más. Seremos espectadoras y espectadores de una puesta en escena que posiblemente sea absurda y muy costosa. Todo igual, pero con colores diferentes.
