Las cartas de siempre

Supieron encender la llamarada de ese sentimiento nacionalista y patriotero que siempre funciona cuando se pone en la mesa un tema que haga referencia a nuestra historia con EU.

Desde que el primer mandatario del país vecino del norte, principal socio comercial y con quien se comparte mucho más que una extensa frontera, puso en la mira de sus objetivos electorales a la política de seguridad mexicana, el gobierno federal de nuestro país tenía la obligación de responder a la altura de las circunstancias que esto implicaba. Sin embargo, lo que hemos observado ha colocado al llamado segundo piso de la Transformación en un punto más que delicado, pues se ha quedado atrapado en el fango de su marasmo y el pozo de sus contradicciones.

Si nos quedáramos en la epidermis de la respuesta, se debe reconocer que supieron encender la llamarada de ese sentimiento nacionalista y patriotero que es, sin duda, una carta comodín que siempre funciona cuando se pone en la mesa cualquier tema que haga referencia a nuestra historia con respecto a  EU. Sin embargo, se sabe que la combustión del petate no es precisamente el más efectivo. Quizá la expectativa de esperar una respuesta a altura de miras en términos diplomáticos y en el ámbito económico era lo justo necesario ante las diferentes amenazas que llegan más allá del río Bravo; no obstante, lo más relevante que se ha presentado es la inagotable cascada discursiva en la que se ha tratado de dejar en un segundo plano aquello que está en el centro de la discusión en nuestro país: en efecto, al parecer no ha sido suficiente el intentar presentar los últimos resultados en materia del combate al narcotráfico, al crimen organizado y a la inseguridad por parte de la actual Presidenta y su Consejo de Seguridad. Es notoria la tensión que existe cuando se intenta convencer que, durante los pocos meses de este sexenio, se han alcanzado logros que en el periodo anterior no eran ni siquiera tema de conversación. Anunciar a los cuatro vientos los estandartes de estos posibles logros es, en un sentido inversamente proporcional, colocar en el ojo de la crítica y adelantar el juicio de la historia a quien es la figura tutelar de esa idolatría que es el obradorismo. Vaya encrucijada en la que se encuentra el actual gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum. Sin embargo, no hay día en el que no nos sorprendan con la manera tan elemental y burda de resolver semejante paradoja.

No, no hay nada nuevo en la manera con la que el oficialismo hace frente a los cuestionamientos y a todo aquello que ponga en crisis la credibilidad o su famosa popularidad. Se tiene bien aprendido el camino y la estrategia que se impuso desde el sexenio anterior: negar la realidad inventando un espejismo, interpretar las estadísticas sin la menor objetividad y claridad, señalar la culpabilidad de cualquiera que no sea parte de su propia bandera y, lo que no puede faltar, la victimización ante cualquier circunstancia que lo amerite. En este sentido, lo que ha sucedido con el descubrimiento de nuevas fosas comunes y, en especial, la que se encuentra en Teuchitlán, Jalisco, ha puesto, de nueva cuenta, en la mesa de la atención pública la violencia y la barbarie que existe en nuestro país, ese calvario que día con día se sufre en nuestro país. Y, sin menoscabo, se articula la respuesta a la medida de lo que se implementó desde el sexenio anterior.

Así, en primera instancia, se recurre a la carta infaltable, pues todos son culpables y responsables, excepto quienes se cubren bajo el manto de la inmaculada luz de la 4T. Existe una suerte de caricaturización en esa primera respuesta, pues está cada vez más erosionado ese recurso y, claro, se omite que durante el sexenio de López Obrador este tipo de situaciones no resultaban trascendentes para su gobierno. Por otro lado, el mensaje de la actual Presidenta minimizando la barbarie y desacreditando, en primera instancia, el trabajo de los grupos de buscadoras es prácticamente una sentencia al olvido –cabe mencionar que esperar al análisis “científico” de quienes jugaron con la vida de la gente durante la pandemia bajo supuestos principios científicos es más que un absurdo, pues se terminará por cubrir el peso de la desgracia–.

Sin embargo, en este primer acto de lo obra que raya en lo insufrible, faltaba algo aún más irrisorio. En una “vuelta de tuerca”, el discurso presidencial da un giro tal que, sin menoscabo, coloca a López Obrador como la primera víctima de quienes se atreven a conspirar en contra de su gobierno y la imagen de su principal capital político. En efecto, aquel que, en una jugada del destino, ha terminado por colocar a su sucesora en una encrucijada en la que, al parecer, no tendrá un buen derrotero.

Y, claro, sobra decir que nos costará muy caro que el oficialismo mantenga la popularidad de este gobierno y de la titular del Poder Ejecutivo, pues, caray, cómo se le ocurre a la realidad romper con los espejismos. Así no se puede, pero que sigan las mismas cartas en la mesa.

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