La vorágine de los nombres

Durante la “dictadura perfecta” el mandato presidencial era prácticamente incuestionable.

En el tablero del poder las piezas se mueven bajo sus propias reglas y sin empacho alguno. Estamos muy acostumbrados y acostumbradas a las sorpresas de esas “manos invisibles” que colocan sus alfiles, peones y caballos –y lo que se les ocurra, pues ¿por qué no colocar una pieza de las damas chinas, algunas canicas o las piezas del rompecabezas en este juego? Al fin, para eso se cuenta con el respaldo de millones de votos, podrán argumentar sin menoscabo– en el mapa de los designios y las lealtades.

A estas alturas de nuestra historia, sería una ingenuidad creer que, por ejemplo, los altos puestos del gabinete presidencial son elegidos por constituirse como los mejores perfiles para ejercer la responsabilidad de un cargo público de semejante calado. No es regla, ni mucho menos costumbre. Tampoco es extraño que quien ha encumbrado su carrera política en administrar la danza de las vocales, en un santiamén sea quien dirija los destinos de la existencia en los baches que surge por generación espontánea en las carreteras. ¿Quién negaría el poder de la alquimia profesional que se practica en la clase política de nuestro país desde hace tantas décadas?

Resulta interesante, inclusive divertido, percatarnos del cambio que se ha presentado en la forma en cómo se anuncian los gabinetes u otro tipo de designaciones. Baste recordar que, durante las épocas doradas de la “dictadura perfecta” el mandato presidencial era prácticamente incuestionable en el ámbito público –por cierto, ya a la distancia, ¿en dónde estaba la cuarteadura en la argumentación de Mario Vargas Llosa?–. Hoy, dichos anuncios se han convertido en un engranaje más de la parafernalia que el oficialismo ha decantado durante los últimos años y que siguen con una suerte de guion perfectamente establecido. Pero, claro, sin traicionar la vieja costumbre de cumplir, en ciertos casos, con propósitos políticos más que con la importancia de subrayar los perfiles necesarios para el desempeño que exige cada puesto.

Así, en medio de esta suerte de espectáculo mediático que ha implicado el anuncio del futuro gabinete que acompañará al gobierno de la virtual presidenta electa, Claudia Sheinbaum, ha surgido una polémica que ha provocado más de una discusión, inclusive dentro de los cuadros más guindas del oficialismo. Siempre existirán teorías y suspicacias alrededor de cada designación, así como argumentos que validan las decisiones de quienes comienzan a disfrutar de los alcances del poder dentro del contexto de un sistema presidencialista y una sociedad que lo ha sostenido cada vez con mayor fuerza. Sin embargo, para tirios y troyanos, para las “tribus” guindas y para los humoristas, el futuro secretario de Educación Pública ha provocado una tormenta que no puede ser considerada como algo accidental y pasajero, pues estamos hablando del fundamento y el porvenir del país al tratarse de la educación –y no sólo condicionada bajo las implicaciones del adjetivo “pública”–.

Son tantas las preguntas que se suscitan alrededor de esta designación y pocas las respuestas convincentes; lo cual se observa en la serie de posturas que se leen y escuchan en distintos medios de comunicación. Ya cada quién tendrá su valoración acerca de las “cartas credenciales” que, en el ámbito de la educación, validen a Mario Delgado como el titular de dicha secretaría. Lo interesante radica en observar que la educación, en sí misma, ocupa un lugar secundario en la visión del futuro: para unos sólo consiste en darle un lugar quien ha abierto las arcas del oficialismo a las y los llamados “chapulines” de tan diversos colores. Para otros es reconocer a uno de los artífices del triunfo electoral del pasado mes de junio. No faltan los que ya han “quebrado sus lanzas” a favor de Delgado. Tampoco faltan quienes ya señalan que, a pesar de que la educación y los alcances académicos de la virtual presidenta electa harían una diferencia en este ámbito, lo que se respira es una paradoja que será difícil de explicar. Y, bueno, a pesar de los que proclaman la gran “politización” del electorado, en esta ecuación no se hacen esperar quienes ni se enteran acerca del responsable de la oficina de Donceles y el derrotero de las aulas en donde se pretende impartir lo necesario en la preparación de sus hijos e hijas. A fin de cuentas, el remolino nos envuelve a todos y todas.

Al parecer, descalificar o entronizar al personaje político es lo único que se pone en la mesa; además de medir el alcance de su papel con los respectivos grupúsculos de poder como son los sindicatos magisteriales y su peso electoral. Pero, ¿cuál es el lugar de la educación en estas discusiones? ¿Con esa ligereza se decide el futuro del país? ¿Sólo es cuestión de entramados políticos o proyección de ideologías trasnochadas? Si observamos la historia de la SEP y el nombre sus respectivos titulares, entendemos que la dimensión de la vorágine es cada vez más y comprendemos que en sus oficinas se gestionan otro tipo de preocupaciones que no son simplemente las educativas.

Y, a pesar de todo, que no se olvide que, para una sociedad, no existe futuro democrático, libre y con justicia sin la educación. A superar la paradoja.

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