La polvareda perfecta
La realidad se ha encargado de contraponer sus rostros a lo que sólo son palabras y una tendenciosa interpretación de las estadísticas.
Un diálogo de juramentos e injurias.
Georg Christoph Lichtenberg
Uno de los aspectos más fuertes que ha sostenido al presente gobierno es el manejo de la información. Nadie podría escatimarle a López Obrador que, bajo el pretexto de mantener informado al “pueblo bueno”, ha sido capaz de acaparar el micrófono, de concentrar los reflectores y atrapar las miradas de una sociedad durante casi cinco años. Nadie habla, difícilmente se atreven a romper con el guion que se dicta desde esa tarima colocada en el Palacio Nacional y que se ha convertido en la única fuente en donde se habla acerca de los “logros” y virtudes del presente gobierno. Si algún funcionario o funcionaria logra dar un mensaje es bajo la mirada, el escrutinio y aprobación del único protagonista de la narración.
Discutir si la famosa “conferencia mañanera” es un verdadero ejercicio de información ya resulta una perogrullada. Sólo quienes mantienen intacta su fe ciega e inquebrantable –lo cual nos llevaría a otro tipo de cuestionamientos– pasan por alto que no hay día en el que se imponga el principio de los otros datos y la única verdad de quien no tiene empacho en envolver con su retórica populista cada una de las mentiras o la opacidad que ha caracterizado su ejercicio del poder. Ha bastado con una simple declaración para que, de un brochazo, la inseguridad, las muertes y todo aquello que apunta al fracaso de la estrategia de seguridad sea parte de un complot o una exageración de quienes no reconocen el alcance de su “Transformación”, denostándolos y atacándolos sin tregua. Su único objetivo es imponer una visión del mundo en el que no se ponga en tela de juicio a su administración.
Resulta claro que la realidad se ha encargado de contraponer sus rostros a lo que sólo son palabras y una tendenciosa interpretación de las estadísticas. Los “otros datos” se enfrentan a lo que ocurre en las calles y en las ciudades, a quienes replican esa retórica oficial que está diseñada para mantener sus índices de popularidad más que a resolver las problemáticas sociales, económicas, de inseguridad y salud. El día de hoy pocos se atreverían a escatimarle méritos a este mecanismo de propaganda más que de información.
Pero, por si esto fuera poco, ha llegado el momento en el que la maquinaria de esta forma de comunicación y cada uno de sus engranajes se aceiten, afinen sus movimientos y consoliden la eterna campaña que ha mantenido el primer mandatario desde el inicio de su administración. ¿Cómo hacerlo? Con una abundancia de tarimas y templetes, de micrófonos y discursos que resalten las virtudes del gobierno, con personajes que tengan muy claro que es una competencia por ganarse la simpatía del “señor Presidente”, más que a las bases de su partido. Así, en un movimiento perfecto y bien pensado, se han inventado una figura que, de no ser cierta y llena de cinismo, provocaría una risa simplona: Sheinbaum, Adán Augusto López, Ebrard, Monreal y Noroña serán investidos como “coordinadores de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación”. No son precandidatos, ni candidatos, de ninguna manera. Tampoco realizarán campañas anticipadas en más de un año a las elecciones del 2024, no vayan a creerlo así. Con un tufo de ilegalidad en el aire, condimentado con las dudas acerca del financiamiento de cada uno de sus movimientos, la polvareda perfecta se ha levantado: a las homilías matutinas que se escuchan en Palacio Nacional, ahora se sumará la cobertura mediática de quienes pretenden ser la o el sucesor de López Obrador.
En medio de esta jugada de “tres bandas” se encuentra una sociedad que, históricamente, no tiene un buen vínculo con la información. Lo cual ha sido bien explotado por cada generación de políticos desde hace varias décadas y este gobierno no ha sido la excepción, aunque se jacte de lo contrario. Así, la llegada de esos nuevos “coordinadores” y todo su aparato de comunicación –en el que se incluye a sus principales juglares mediáticos– levantarán esas nubes de polvo que terminarán por sumarse a ese esfuerzo gubernamental por dejar de observar y analizar la realidad de nuestro país que está más allá de una cómoda y previsible interpretación de sus números.
Es todo un reto el que deberán librar los medios de comunicación y la sociedad: dejarse envolver por ese torbellino mediático y bien orquestado de dichos personajes o evitar que esa fiesta de la retórica simplona y populista termine por dejar de lado el análisis de una realidad que está más allá de una banderita partidista. El peligro es creer que toda información deberá gravitar alrededor de quienes no dejarán de ser pálidos remedos de López Obrador.
Hay tanto más de qué ocuparse.
