La penumbra del olvido

Habría que colocar una veladora a la congruencia, que sufrió una rápida agonía hace seis años.

Las luces se encendieron y las imágenes que nos recuerdan ese vínculo tan peculiar que hemos mantenido con la muerte y sus múltiples rostros a lo largo de los años se hacen presentes. El colorido de las figuras y del ligero papel picado terminan por imponer su alegría frente a la simbólica obscuridad de la muerte. Además, el perfume del cempasúchil y de la cera que se consume lentamente envuelve cada uno de los rincones en donde, fieles a las tradiciones, se coloca una ofrenda dedicada a quienes ocupan un lugar en nuestra memoria. En efecto, sin distinción del tamaño o la creatividad, lo que se impone es la necesidad por conservar la imagen, el recuerdo, que se proyectan en cada uno de los símbolos que se colocan en las ofrendas, trazando una suerte de mapa de nuestros propios recuerdos y sentimientos.

Así, durante estos días que se subrayan en el calendario como parte de las festividades más emblemáticas en nuestro país, en todo lugar en donde se disponga un lugar para la memoria, la obscuridad y lo habitual dejan de ser aquello que enmarca lo cotidiano. Abrimos las puertas a esa creatividad que no deja de sorprendernos año con año, desde el detalle más pequeño con el que lo íntimo del hogar se revoluciona hasta la extraordinaria oportunidad que muchas instancias aprovechan para lucir sus galas y consolidar los discursos visuales que tanto pueden gustar a la sociedad.

De lo íntimo a la configuración de lo público apelando al espíritu festivo, a la alegría y creatividad que tanto gustan a las y los vivos. Inclusive se espera con cierta expectativa cuáles serán los temas y figuras tutelares que habitarán las plazas públicas, con su música y colorido, con esos símbolos que gravitan en su mensaje. Por ello, es habitual que las imágenes festivas y caricaturescas comienzan a danzar frente a nuestra mirada como resultado de la creatividad que sigue abrevando en los grabados de José Guadalupe Posada y que se van multiplicando hasta sumar esas nuevas formas que han llegado de otras latitudes –como una idea del horror que gravita en las películas más exitosas–. Sin embargo, algo no termina por integrarse en estos actos que, a fin de cuentas, también implican un objetivo político que no puede dejar de observarse.

Pareciera que durante estos días se hace un paréntesis en el tráfago de lo cotidiano para que la memoria se llene de colorido y le brindemos uno de los lugares más relevantes en nuestro mundo. No obstante, hay algo en estas festividades que no dejan de presentarse como las grietas que existen en nuestra sociedad y que, día con día, se hacen más profundas y dolorosas. ¿Cuáles son los lugares que ocupan, entre la parafernalia oficialista, todas aquellas muertes que, inclusive, en su momento, se convirtieron en la bandera política que explotaron hasta la náusea? No, tampoco se puede olvidar que, mientras se consolidaban como oposición y alternativa política, su torrente de palabrerías acerca de los desaparecidos, los homicidios y las lamentables tragedias se convirtieron en piedra de toque para alimentar el consabido discurso populista con el que llegaron al poder. ¿Recuerdan aquellas frases que se constituyeron en el lugar común de sus mítines?: “Fue el Estado”, “si no pueden, renuncien”. Y tantas frases más –quizá sería divertido colocar, en la megaofrenda del Zócalo capitalino, una veladora para recordar la congruencia que sufrió una rápida agonía hace seis años–. En fin, las respuestas a este cuestionamiento son obviedades que terminan por imponerse pues, en cierto sentido, aluden a quienes fueron y hoy son sus mejores socios en el poder.

Quizá no faltará quien cuestione que, en pleno espíritu celebratorio que desborda la plaza pública, se recuerde que hay tantas muertes que van más allá de un simple discurso político y que, en cierto sentido, son como la ominosa sombra de todo gobierno. Así, mientras el oficialismo ha emprendido una sistemática lucha por imponer su visión de la historia y, gracias a ello, terminar de moldear su posible trascendencia, la realidad termina por imponerse, sin cortapisas ni politiquería. En efecto, ante el embate del oficialismo por desaparecer, arrinconar, todo aquello que señale su incongruencia y falta de probidad envolviéndola en la penumbra del olvido, sólo resta honrar la memoria de quienes hoy son una dolorosa estadística de homicidios y fosas comunes, de quienes son un recuerdo que nos lleva a subrayar la ignominia de quienes han apostado por esa suerte de amnesia selectiva que tantos dividendos les ha significado. En efecto, quienes no aparecerán en el discurso festivo ni celebratorio de ningún lugar.

Si esas luces que iluminan nuestras ofrendas también son el símbolo de la memoria, no dejemos de encender una pequeña luz para que no olvidemos el dolor que gravita en nuestra sociedad.

Temas: