La paradoja del número
Lo que circunda a la realidad que se observa a través de lo cotidiano es lo que descalifica y minimiza todo aquello que puede detonar un análisis, fundamentar una crítica y señalar la desnudez del poder en turno.
Todo árbol es madera,
pero el ocote no es caoba.
Refrán
Ya es costumbre observar la danza de las estadísticas como algo cotidiano, con la misma importancia de un juego que se puede resolver durante los cinco minutos del tiempo libre. Durante mucho tiempo se pensaba en la incuestionable trascendencia de la estadística como una herramienta que nos permitiría desentrañar la realidad, que colocaría en la mesa de la objetividad todo aspecto que, gracias a la ciencia matemática, estaría bajo la lente de un espíritu crítico que nos ofrecería una perspectiva sin visos de duda. Sí, tendemos a idealizar, con mucha facilidad, aquello que suma a consolidar nuestra perspectiva del mundo o a alimentar las más descabelladas mentiras. Vaya paradoja que se revela en cada uno de esos pequeños símbolos.
Cuando se observan esos caprichosos juegos de piezas geométricas y líneas que trazan una imaginaria red en el vacío, llega a la mente aquella frase que, como muchas otras, es atribuida a Mark Twain: “Here are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics”. En efecto, ya en el idioma en el que escribió el poeta Francisco de Quevedo, “hay tres tipos de mentiras: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas” se constituye como un juego de palabras en el que Mark Twain ya ponía en entredicho a quienes, mediante la prestidigitación de los números y los porcentajes, nos quieren convencer de que la verdad es sólo aquello que nos muestran sus propias coordenadas en el mapa de los intereses y el engaño.
Así, ya saltan a nuestra vista las encuestas que, como oráculos pronunciados por un dipsómano, pretenden marcar con el sello de un axioma todo aquello que está sujeto al capricho de una sola voluntad o quienes ya formulan las preguntas mágicas para vaticinar los resultados de las elecciones que se llevarán a cabo el próximo año. Otro aspecto a considerar, al ingresar a esta casa de los espejos que son las estadísticas, es cuando las orquestas de la propaganda gubernamental interpretan las marchas triunfales que se escuchan al paso del señor Presidente, compositor y arreglista de su propia realidad y de su artificiosa popularidad. Por ello, se busca que no haya lugar a dudas ni suspicacias cuando las estadísticas sirven como los calzadores que se colocan en las mesas que se tambalean con los primeros movimientos. Y, si ya mencionamos a Quevedo, por qué no recordar aquellos versos que pertenecen a una de sus más famosas letrillas y que se clavan como un recordatorio de que el humor descifra cualquier porcentaje, “Madre, yo al oro me humillo:/ él es mi amante y mi amado/ pues de puro enamorado/ hace todo cuanto quiero,/ poderoso caballero/ es don Dinero”. Ah, ese sonido que obra milagros y hace relucir, ante la mirada de los miopes, los mejores atuendos del emperador.
Por otro lado, el silencio. Sí, en contraste con la resonancia del populismo y el acto de fe que implican los acordes de la mentira, también hay otras estadísticas que se van quedando atrás en el concierto de las sonrisas y la bravura del poder sostenido en el tabique de la impunidad. Así, también nos enfrentamos a números y porcentajes que no son augurios ni comparsas del presupuesto: aquellos que apenas son el atisbo de una realidad que, si bien se expresa con lo minúsculo de un garabato, nos conduce hacia el ensordecedor silencio de la muerte, la pobreza, la injusticia y la desmemoria. En efecto, lo que circunda a la realidad que se observa a través de lo cotidiano es lo que descalifica y minimiza todo aquello que puede detonar un análisis, fundamentar una crítica y señalar la desnudez del poder en turno. No, eso no tiene cabida en medio de los gritos que proclaman la victoria de un simple espejismo. Por ejemplo, hay preguntas cuyo dolor no se puede contabilizar, ¿cuántos jóvenes fueron asesinados durante esta semana? ¿Cuántos más han desparecido? No se necesitan arduas investigaciones periodísticas para conocer las indolentes cifras. Pero esa estadística, que crece día con día ante nuestra mirada, se pierde entre la parafernalia de quienes buscan a los culpables en las hojas del pasado, para continuar con su ejercicio de edulcorar la realidad y llenar de humo la inseguridad que se ha apoderado de nuestro país. Claro, aún no hay estadísticas que lleguen a medir la complicidad y su circo mediático.
Así, mientras siguen vanagloriándose de la popularidad presidencial o de las preferencias electorales, hay quienes también saben que, a pesar de ese esfuerzo propagandístico, la realidad seguirá tiñendo de rojo cada número y proyectando su sombra de negro aliento.
