La ligereza de la traición

Quizá la traición es tan común entre la cortesilla política de nuestro país que ha dejado de ser amenazante.

En todo mensaje las palabras cuentan y son importantes en todo acto de nuestra comunicación. Hay quienes plantean que la riqueza verbal es una puerta que nos permite observar e interpretar al mundo y la realidad de una manera distinta, más compleja, con los matices de quien le brinda al lenguaje una relevancia que es cada vez más necesaria en épocas de un reduccionismo atroz. Claro, esto no deja de ser un supuesto alentador, pues sabemos que ni las expresiones culturales –en su dimensión artística, por ejemplo– se constituyan, en sí mismas, como una garantía de que los seres humanos hayamos aprendido de los errores de nuestra historia. Nada más lejano a eso.

No hay día en el que no recibamos una noticia acerca de cómo el mundo se comienza a envolver en esa vorágine del fanatismo y su obscuridad. Quizá la ingenuidad es pensar que todo aquello que implican los totalitarismos, los fascismos, el racismo y la intolerancia habían quedado subrayados en los párrafos de esa historia que se salvaguarda en la memoria. Hoy es muy fácil percatarnos, gracias a la diversificación de los medios de comunicación y a las redes sociales, que ese tipo de pensamiento aún germina, mueve a quienes se suman sin cortapisas a sus movimientos y no dudan en reducir al mundo al tamaño de su miopía. Y todo se articula, adquiere sentido en su interpretación de la realidad, desde el momento en el que colocan por encima de todo su acto de fe, el impulso de erigirse como artífices de una superioridad moral que, desde su perspectiva, les confiere un poder que nadie debe cuestionar. Conocemos esas historias, identificamos a tantos personajes que son el parámetro de semejante forma tan irracional de vincularse con la realidad y las sociedades.

Así, uno de los indicativos que se pueden vislumbrar, cuando se comienza a gravitar en medio de ese peligro, es el reduccionismo del lenguaje, y observarlo en el vocabulario de quienes articulan los mensajes desde el poder. Sus palabras, los discursos, apologías o peroratas apenas concentran un puñado de vocablos –perfectamente identificados, pues los emplean ad nauseam– que son las que determinan su estilo, quizá su capacidad, pero, sin duda, son los hilos con los que tejen aquello que les gusta a sus seguidores, con los que mantienen el incendio de etiquetar y vilipendiar a quienes no son parte de sus filias. Y, en ese sentido, no se trata ni depende de la formación académica de quienes articulan esos discursos: saben que, con esas pocas palabras, al consolidar su uso y popularizándolas, mantienen esa percepción maniquea de la realidad en la que, por supuesto, quienes cuestionan su poder están en el lado equivocado de la historia, quienes son los derrotados en todos los sentidos, inclusive en lo moral. Así es la egolatría y la soberbia del poder. Por ello, ante semejante reducción del mundo, los diferentes caminos para llegar a niveles de irracionalidad y violencia se siguen empedrando –no, no es una simple analogía o metáfora, pues no dudarán en emplear esas piedras para lanzarlas a la menor provocación–. No es extraño que alimenten ese tipo de hogueras, ya que ante la luz que salen de semejantes llamas, apuestan a que se olviden sus propias historias y queden detrás, en la parte oscura del espectáculo, aquello que por arte de la magia de nuestra política han sido perdonadas o colocadas en los cajones de la desmemoria.

Desde hace unos años, entre los vientos y las polvaredas de violencia que se respiran en nuestro país, ha sido muy cómodo y efectivo para los dos últimos sexenios, intentar reducir nuestra realidad a esa dicotomía que implica el maniqueísmo. Desde el frívolo empleo de las palabras derivadas del fascismo hasta el actual uso y amenaza que implica la palabra traición. Vaya que en el oficialismo se han regodeado en lanzar amenazas de juicios políticos por traición a la patria: claro, constituyéndose como un tribunal que determina el significado de semejante término. Pero ¿quiénes alimentan esa hoguera? Bastaría con analizar la procedencia de tantas y tantos personajes del oficialismo para entender que, según ellos y ellas, la traición sólo aplica para quienes no poseen esa simbólica credencial absolutoria que les otorga la llamada Cuarta Transformación. Quizá la traición es tan común entre la cortesilla política de nuestro país que ha dejado de ser amenazante. Lo que no se puede olvidar es que, más allá de traicionar a sus partidos de origen, a sus organizaciones sociales, a sus ideales y principios por buscar o conservar el poder, lo que han hecho es traicionar al país. Nos toca, como sociedad, hacerle frente a esa reducción que tanto le sirve al oficialismo, pues la intolerancia es la llave que abre la puerta a las expresiones más irracionales que se han escrito en la historia.

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