La juventud, más allá de la retórica
La educación en nuestro país ha sido el reflejo del manejo clientelar de sus instituciones.
En ocasiones, la realidad nos coloca frente a situaciones que, como caprichosas fichas de un doloroso rompecabezas, no hemos aprendido a armar. Días y años pueden transcurrir sin que, como sociedad, logremos resolver ese galimatías que es mejor ignorar y, casi con indolencia, dejar que se vaya disolviendo entre los polvos del olvido. Inclusive, la sorpresa y el enojo que nos pueden causar se graban en las paredes de un archivo que sólo se abre cuando es necesario enmarcarlas para lucirlas en actos de carácter político.
Aunque parecen temas de diferente índole, a lo largo de esta semana se dieron a conocer dos noticias que nos muestran un panorama que se envuelve entre los nubarrones del patetismo y el desdén. Son apenas dos referencias en un mapa en el que, desde hace mucho tiempo, se ha perdido la brújula y los puntos cardinales danzan con la música de la ignominia: por un lado, la publicación de los resultados concernientes a la prueba PISA y, por el otro lado, el asesinato de cinco jóvenes en el estado de Guanajuato. Insisto, al parecer se trataría de dos situaciones que no tienen nada en común, que se pueden analizar y discutir de manera aislada, concentrándonos en todas las reacciones que nos pueden provocar cada una de ellas. Sin embargo, cuando ampliamos un poco el enfoque de nuestra mirada, comienzan a surgir los rostros, las miradas y las palabras de una juventud que estamos condenando a un porvenir cada vez más complejo.
En efecto, tanto los resultados de la mencionada prueba y la terrible noticia de un nuevo asesinato de los estudiantes de medicina en la ciudad de Celaya, existe un vínculo que ha sido más fácil llenar de politiquería, mentiras y discursos populacheros, sólo aplaudidos por quienes han lucrado sin el menor decoro con la tragedia y el dolor. Resultaba más que previsible la reacción del inquilino del Palacio Nacional —y las voces de sus corifeos— ante dichos aspectos que han traducido como simples y pequeñas amenazas ante la popularidad de la que tanto se alardea y que es capital para el continuo proceso electoral, que no han dejado de articular desde el primer día de este sexenio. Y, en efecto, dos terribles noticias han sido tratadas con la indiferencia y la ligereza característica del oficialismo más pedestre: apenas son simplezas que, al no ajustarse a la “realidad” impulsada por el titular del Poder Ejecutivo, pasarán de largo ante las ensordecedoras carretonadas de publicidad y aplausos —puestos al servicio del poder— que las condenarán al olvido.
A nadie le sorprenden los resultados del Programa Internacional para Evaluación de Estudiantes (PISA) en los que se nos presentan, desde una perspectiva comparativa, lo que ocurre en materias como matemáticas y el proceso de lectura. Así, con la velocidad propia de las justificaciones, de inmediato se escucharon las voces que desestimaron los resultados, a la prueba misma y, por supuesto, señalaron a las administraciones como únicas responsables de estos indicadores. Si bien, como todo instrumento de evaluación, dicha prueba es susceptible de análisis y es perfectible, sus resultados no pueden ser descartados con esa retórica que se ha encargado de justificar los fracasos con un maniqueísmo lleno de prejuicios y estereotipos: en efecto, se han brindado respuestas que se articulan con todo aquello que debe combatir una verdadera propuesta educativa que se presuma humanista. Sin olvidar, claro, que la educación en nuestro país ha sido el reflejo del manejo clientelar de sus instituciones, dejando de lado su principal objetivo: la educación de la niñez y la juventud.
Y, en ese sentido, muy poco humanista ha sido la respuesta que ha ofrecido el titular del Ejecutivo —y sus respectivas sombras parlantes— ante el cuestionamiento acerca de los jóvenes asesinados en Celaya: señalar su muerte como una simple consecuencia por vincularse al consumo de drogas. Quienes en otras épocas gritaban consignas y subrayaban la criminalización como una bandera política que ondeaban en todo momento, hoy se constituyen como la mejor versión de la incongruencia. Detrás de este mecanismo de descalificación se esconde la inseguridad que sufre el país y el fracaso del actual gobierno para combatirla.
Pero que no se olvide y se pierda lo sustancial: la prioridad es la formación y la seguridad de quienes hoy son lo más frágil de nuestra sociedad. ¿Algo podrá modificar este gobierno y el que se presume como su continuidad? Que cada uno y una formule su respuesta desde la postura política que desee, su ideología, permisividad o ignorancia. Sin embargo, la verdadera cuestión es entender por qué, como sociedad, seguimos permitiendo que esto ocurra. Y, en este sentido, la respuesta adquiere otras implicaciones. Fallamos y algo debe cambiar si queremos vislumbrar un futuro digno para las siguientes generaciones.
