La indiferencia
Basta mirar los anaqueles de nuestros libreros para darnos cuenta que también en esas historias se puede intuir que la amenaza del conflicto es algo que late en cada uno de esos textos
Leer es permitirnos comprender que en nuestra historia hay quienes nos han dejado testimonio de lo que hoy nos genera preguntas de las que, a veces, no alcanzamos a vislumbrar su respuesta. Es una obviedad señalar que, al parecer, los conflictos y las crisis sociales ocupan muchas páginas de los libros de historia e, inclusive, de la literatura que suele acompañarnos todos los días. No es casualidad que uno de los primeros textos que se consideran como parte de la historia de la literatura y de la propia escritura, el poema babilónico de Gilgamesh –del cual, por cierto, se puede encontrar una extraordinaria edición publicada por el Colegio de México que estuvo a cargo de uno de sus profesores más ilustres, el maestro Jorge Silva Castillo–, narra el enfrentamiento de este rey en contra de Enkidú e inclusive con las deidades más importantes del panteón mesopotámico. En efecto, la idea de la civilización, tal como la entendemos, tiene una postal de su amanecer en estas tablillas de escritura cuneiforme de casi cuatro mil años de antigüedad. Sin embargo, tampoco se puede dejar de lado que, como bien lo planteó el maestro Silva en su edición, “la angustia por la muerte” es algo que también caracteriza a esta historia. Así, la grandeza de los personajes y sus historias también proyectan la sombra de la muerte.
Quizá lleguen a nuestra memoria numerosas narraciones de pueblos que nos hablan acerca de la importancia de sus personajes al resolver, con la astucia y fuerza bélica, los conflictos que le dieron sentido a su identidad. Así, en los pasillos de la memoria nos encontramos con los héroes que son los y las protagonistas de inabarcables mitologías, leyendas y textos épicos que, inclusive en el contexto del mundo contemporáneo y su fatalidad, no dejan de asombrarnos.
Así, cada sociedad modela a las y los próceres a la medida de sus propias ideologías o fanatismos: estas mismas narraciones también pueden ser el reflejo de la irracionalidad y la locura cuando observamos que el poder y la ambición también han inflamado el espíritu de los seres humanos que han provocado terribles episodios de destrucción, persecución y muerte. Quizá baste mirar los anaqueles de nuestros libreros y de las bibliotecas, el catálogo electrónico de los dispositivos electrónicos –que, por fortuna, alivian el peso de las mochilas y las maletas–, para darnos cuenta que también en esas historias se puede intuir que la amenaza del conflicto es algo que late en cada uno de esos textos, lo que se respira cuando el conflicto se asoma para trastocar lo cotidiano, la tranquilidad con la que se comparte la mesa y los alimentos con la familia, la calma con la que se puede asistir a la escuela o al lugar de trabajo, la expectativa de escuchar un buen concierto de música o simplemente pasar la tarde caminando en el parque más cercano.
Cavafis, poeta griego cuya lectura nos coloca al mundo heleno bajo la mirada de una compleja actualidad, planteaba en su poema Esperando a los bárbaros algo que no deja de resultar inquietante: “¿Qué esperamos reunidos en el ágora?/Los bárbaros llegarán hoy./¿Por qué la intranquilidad en el senado?/Porque los bárbaros llegarán hoy./¿Por qué los senadores no legislan?/¿Qué nuevas leyes van a dictar?/Cuando los bárbaros lleguen/harán sus propias leyes./¿Por qué se levantó tan temprano el emperador?/¿Por qué está sentado en la puerta mayor de la ciudad,/en su alto trono, suntuoso y coronado?/Porque los bárbaros llegarán hoy, y el emperador espera recibir a su jefe./Ha preparado un pergamino donde le confiere títulos y honores…” (Constantino Cavafis, traducción de Cayetano Cantú, UNAM). Si te otorgas, lectora, lector, el regalo de leer el poema completo, te darás cuenta de la frustración que se expresa al asumir que esos “bárbaros” nunca llegaron. Y, sin embargo, algo queda en nuestra respiración cuando se intuye que, para nosotros, ese peligro y la amenaza no nos resultan ajenos. Es algo que se reconoce tan cercano, habitual, y que poco nos asombra.
Vivimos bajo la amenaza constante de un conflicto armado de dimensiones mundiales, de guerras civiles, invasiones, persecuciones sin sentido y un fanatismo que crece cada día. Pero, nosotras y nosotros también respiramos bajo la amenaza de la violencia y del crimen organizado que ha sido recibido con los privilegios destinados a los bárbaros de Cavafis. Y, sin embargo, lo cotidiano se impone: la grandeza de quienes con su trabajo, creatividad y tenacidad le brindan esperanza a quienes saben que la dignidad de lo humano no depende de quienes la pisotean con sus discursos de politiquería populista o los que pretenden imponer la barbarie de la muerte. Eso también se encuentra en la historia, son los destellos que arrebatan la mirada y nos permite saber que no podemos acostumbrarnos a la violencia ni a la injusticia, ni al fanatismo de múltiples rostros. No podemos claudicar ni ser indiferentes a la barbarie que impera.
