La grandilocuencia y sus mentiras

Detrás de los aplausos y lisonjas, el “Poderoso Caballero” del que nos habla Quevedo siempre es el principal invitado.

Es frecuente encontrarnos con una cita atribuida al gran Marco Tulio Cicerón –tremendo orador, filósofo y político de la antigua Roma– en la que se concentra una de las disyuntivas más frecuentes a las que nos enfrentamos en todo momento. La frase apunta que “como nada es más hermoso conocer la verdad, nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad”. Por lo general, nos concentramos en señalar la responsabilidad y la perversidad de quien no tiene reparo en inventar una mentira, propagarla a sabiendas de sus posibles consecuencias y, por supuesto, sin desviar la mirada de su cosecha. Sin embargo, Cicerón, con esos puyazos que suele clavarnos en el entendimiento con mucha facilidad, subraya uno de los aspectos medulares cuando se trata de propagar el engaño: señala a quienes aplauden y reivindican ese discurso sin decoro ni remordimiento alguno. Claro, ante ello, es buen momento para recordar que, detrás de esos aplausos y lisonjas, el “Poderoso Caballero” del que nos habla Quevedo siempre es el principal invitado.

Sabemos que en el discurso de las y los políticos, la grandilocuencia es uno de los mejores recursos para endulzar los oídos de sus simpatizantes y crear realidades que, es muy probable, sólo existan en la imaginación o en los intereses de quienes vitorean esas palabras sin recato. Así, con exageración y desmesura, van construyendo un discurso en el que se presentan como las figuras que necesitaba la sociedad –con urgencia–; enunciados de viento en los que también se refieren a sus acciones como aquellas que cambiarán la historia y serán escritas en letras doradas en las paredes de la memoria. Pero en algo no hay error: este tipo de personajes y su palabrería son posibles porque la sociedad ha permitido su proliferación a lo largo de las décadas. Se les ha aplaudido y reverenciado, se les coloca en los pedestales más altos que se construyen con los huacales de la permisividad porque sus discursos gustan y resuenan en sus oídos y los beneficios de los programas sociales. No importa la realidad y su crudeza, es más cómodo replicar y hacer eco de las ilusiones que vende el político en turno.

Así, nos encontramos una vez más en el cruce de varios caminos que llevan a un mismo destino. Viviremos una época en la que lo más pedestre será la moneda de cambio. Por un lado, nos encontraremos con toda la parafernalia publicitaria y propagandística de un gobierno más preocupado por mantener su discurso en el que se desarrollan las variaciones sobre el mismo tema: el autoelogio, las lisonjas y alabanzas a su propio régimen. Se echa mano de todo aquello que pueda sostener ese discurso, sin importar que se trate de un ardid o una distorsión de la realidad. Para eso sirve la grandilocuencia, para llenar de fuegos artificiales y ensordecedores engaños a una sociedad que, gracias a que ha sido dividida y polarizada, se convierte en buena tierra para sembrar conflictos y llenar los campos de imaginarios enemigos ideológicos. Y, quienes lo aplauden, se convierten en los corresponsables de aquello que enunciaba Cicerón: por ello, escucharemos, ad nauseam, los cantos casi épicos de quienes alabarán cada una de las acciones encabezadas por el titular del Ejecutivo. Por ejemplo, sería divertido realizar una antología de los discursos y los trinos que se han mencionado en las inauguraciones de sus controvertidas obras faraónicas –¿escucharon los discursos de la apertura del llamado “Tren Maya”? Si gustan de los bosques llenos de hipérboles, ahí está su mejor hábitat–.

En segundo lugar, tendremos que soportar las campañas rumbo a la Presidencia. Al parecer, quienes se enfilan rumbo a las contiendas electorales saben muy bien que la grandilocuencia brinda resultados efectivos, porque llega de manera directa a una sociedad que los compra con facilidad. Interesante es el caso de la candidata del oficialismo: su estilo está supeditado a ser el eco de la grandilocuencia presidencial ya que, en la ciudad que presumiblemente gobernó, el peso capital de sus palabras es poco menos que marchito.

¿La oposición podrá revertir ese estilo de comunicación sin considerar ese gusto por el estilo engolado y pretencioso que tan buenos resultados le ha dado a la actual administración? Vaya dicotomía la que tendrán que resolver si pretenden que sus propuestas lleguen más allá de los sectores sociales que creen están de su lado. Y, que no se pierda de vista lo más elemental en sus cálculos: los principios éticos y morales, entre las y los políticos mexicanos no son lo más confiable que existe. Tal vez por ello, Cicerón sabía que quienes aplauden y vitorean el engaño son igual de nocivos para la sociedad y, por supuesto, para la democracia. Y, ya en otra ocasión, platicaremos acerca de quienes prefieren callar y conservar su silencio entre las canonjías que se escuchan en metálico.

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