La esclavitud del engaño
No es una sorpresa aludir a la cantidad de mentiras que se han proferido de manera sistemática en la unívoca tribuna del poder.
Uno de los grandes problemas a los que solemos enfrentarnos es saber distinguir la verdad entre la bruma del engaño y la mentira. No hay día en el que nuestra inteligencia y el buen juicio se someta a la duda, al ejercicio de colocar en la balanza de la verdad o la mentira aquello que percibimos, todo aquello que leemos y escuchamos en lo cotidiano. Quizá la experiencia y los difíciles momentos del desengaño nos han permitido elegir a quiénes le dejamos en prenda nuestra confianza y las certezas. Es tan necesario creer en alguien que, cuando se establece ese pacto, se pone en juego la ética y la integridad de quienes sellan las palabras con el peso de confianza.
Traigo a cuenta una de las frases más recordadas de La Celestina —el clásico español de finales del siglo XV que bien podríamos releer para saber identificar, bajo las coordenadas de la tragicomedia, a “las pieles de Judas” que abundan por cualquier lugar—, en el que se advierte en una breve sentencia que “a quien dices tu secreto, das tu libertad”. Algo semejante puede plantearse cuando hablamos acerca del trabajo que implica distinguir la verdad: a quien le otorgas la confianza, a quien le brindas el generoso acto de creer en sus palabras, también depositas en sus manos tu propia libertad. Quizá no sería exagerado sugerir que la confianza también es algo de lo más preciado en los vínculos humanos; tal vez por ello, sabemos que no a cualquier persona le dejamos nuestra libertad en resguardo. Y, mucho menos, a quienes históricamente han sido la personificación de la desconfianza: en efecto, no es gratuito que sean las y los miembros de la cortesilla política los objetivos más apreciados por los caricaturistas y los autores tragicómicos.
Ya se han escrito numerosas páginas que hablan de la bochornosa fama de las y los políticos a lo largo de la historia. Sin embargo, lo que hoy ocupa nuestra atención es observar que la enredada maraña de discursos que existe a nuestro alrededor resulta brumosa y cada vez más compleja. Todo esto como consecuencia, por supuesto, de la desconfianza en la figura del político en turno —resultado de décadas de mentiras, engaños, opacidad y corrupción, las cuales han sido características que, al parecer, son insalvables en la construcción de su imagen como caudillos de ocasión—. Y, durante los últimos años, esta desconfianza se ha acentuado de manera alarmante.
Ya es un lugar común hablar acerca de la estrategia que ha seguido el actual gobierno durante los casi seis años de su administración. No es una sorpresa aludir a la cantidad de mentiras que se han proferido de manera sistemática en la unívoca tribuna del poder —ya ni siquiera la estadística resulta alarmante, sino costumbrista—. Tampoco resulta asombroso percatarse que el engaño se convirtió en el eje de su estrategia de comunicación: que basten, como pequeña muestra, las escenas del extraordinario e inverosímil tren en el que viajaba la comitiva presidencial desde el AIFA. Así, mientras había huestes que aplaudían y se vanagloriaban de la mentira, la verdad apenas se asomaba entre las cortinas de la propaganda oficial. ¿En cuáles manos se ha depositado la libertad que existe en la confianza y la verdad? Hay quienes mejor se ubican como esclavos de una mentira y duermen junto al lastre del engaño.
Y ya que andamos entre los clásicos, nunca es tarde para convocar a Shakespeare quien, en palabras de Iago —el terrible personaje de la tragedia Otelo— expresa algo que nos cimbra: “[…] No todos podemos ser amos ni todos los amos estar fielmente servidos. Encontraréis más de uno de esos bribones, obediente y de rodillas flexibles que, prendado de su obsequiosa esclavitud, emplea su tiempo muy a la manera del burro de su amo, por el forraje no más, y cuando envejece queda cesante (…) Hay otros que, observando escrupulosamente las formas y visaje de la obediencia y ataviando la fisonomía del respeto, guardan sus corazones a su servicio, no dan a sus señores, sino la apariencia de su celo, las utilizan para sus negocios…” (Acto I, escena I).
Al parecer el gran reto durante los próximos meses es resistir al embate de la mentira y el engaño, a no hacer eco de la falsedad que se ha convertido en la piedra de toque de la propaganda oficial. O visto de una forma distinta, el desafío es saber a quiénes se les puede confiar el rumbo del país; lo cual implica ir más allá de un acto de fe y simple idolatría: se requiere de personas que no traten de engañar a la propia realidad, que su confianza no se mida con centavos ni sean esclavos de sus propios engaños.
