La disyuntiva

Durante los últimos años se fueron quebrantando los delgados hilos que sostenían el diálogo.

Pocas son las posibilidades de entablar un diálogo cuando, durante años, se ha minado la posibilidad de disentir, de afincar la tolerancia y el respeto ante las diferencias. Resulta poco más que curioso observar lo que ha sucedido cuando se escucha a una voz que se atreva a disentir del discurso oficial: sabemos lo que ocurre en la tribuna del Palacio Nacional, en las redes sociales y en los medios afines al poder en turno. Y ya no digamos de quienes se colocan en el tablero de la crítica o de la llamada oposición: es sintomático presenciar la manera en la que, con un simple plumazo, quienes en cierto momento han sido parte y han enriquecido la retórica oficialista son colocados en el lado “incorrecto” de la historia con una suerte de maldición imperecedera. Y vaya que se necesita paciencia para navegar esa tormenta en la que soplan los vientos de la intolerancia. Sin embargo, no debería existir ninguna sorpresa ante semejantes casos.

Resulta paradójico que, quienes en otros tiempos lanzaban consignas exigiendo ser escuchados y enarbolaban su derecho a ser considerados en las decisiones de gobierno –y que sus palabras, críticas mordaces, retumbaran en cada rincón de las instituciones como una clara muestra de la justicia y la democracia que se buscaba– hoy sean el claro reflejo de la sordera que provoca el ejercicio del poder basado en el populismo y el maniqueísmo. De esta manera, durante los últimos años, se fueron quebrantando los delgados hilos que sostenían el diálogo que se buscaba imponer como una alternativa que permitiera fortalecer la democracia tan endeble que se encontraba en pleno proceso de construcción.

Así, bajo estos parámetros de la sordera y la estridencia, observamos, escuchamos y, por supuesto, lamentamos el nivel de discusión y análisis que se presentó durante este sexenio. Por un lado, las voces que fortalecían el discurso oficial se impregnaban cada vez más de la soberbia que se incuba en el populismo y en la vanidad del soliloquio. Y, por otro lado, las voces críticas no pasaron de ser consideradas como una suerte de predicadores en el desierto o, en el peor de los casos, simples caricaturizaciones de los alcances que toda oposición debería consolidar entre sus miembros y sus propuestas basadas en la congruencia, la perspectiva del futuro y las necesidades de un país que cada día se convierte en un polvorín. Al parecer nos encontramos en un callejón sin salida en el que terminaba por imponerse la estridencia y la intolerancia, lo cual siempre resulta a favor de quienes mantienen los altavoces gubernamentales entre sus manos. Sí, es una disyuntiva entre el silencio y la palabra crítica.

Si bien es claro que se necesita de voces cada vez más congruentes entre quienes conforman esa suerte de ligera bruma que es la pretendida oposición, quizá las mejores alternativas se encuentren en una ciudadanía que sea capaz de plantear una crítica clara e inteligente hacia un gobierno que no se ha caracterizado por escuchar ni abrir los diálogos que todo gobierno republicano exige. Tal vez, esa posibilidad de disentir que se articula entre la sociedad sea capaz de enfrentarse al mundo de los famosos “otros datos” e inclusive a la descalificación más afilada –lo cual ha quedado claro en las diversas manifestaciones que se han convocado con respecto a la autonomía del INE y de la Reforma Judicial–.

A propósito de esta cuestión, quizá valga recordar una frase de G. K. Chesterton, el lúcido y mordaz escritor inglés, que planteaba “la intolerancia puede ser definida como la indignación de los hombres que no tienen opiniones”. Sencillo y lapidario, como era su estilo, Chesterton agudiza ese filo que se ha podido observar en las reacciones de quienes no perdonan a aquellos que disientan y, mucho menos, a todo aquel que pueda establecer una crítica o análisis que contravenga el sentido del discurso oficial: así como, en su momento, lo experimentaron las madres buscadoras, las familias que padecieron la falta de medicamentos para el tratamiento en contra del cáncer, los colectivos de ecologistas ante la construcción del Tren Maya, por ejemplo.

¿Hay lugar para las opiniones diferentes y que contrasten con la retórica oficial? No debería de caber la menor duda y, mucho menos, formularse como una posibilidad. A fin de cuentas, disentir no sólo es un derecho, en realidad es una necesidad que un sistema republicano y democrático exige en su fundamento. Aunque sean voces que se ahoguen en medio de la estridencia oficialista o los intereses en turno. Y es claro que, esta vía, no puede estar depositada exclusivamente en quienes se levantan el cuello con la etiqueta de la grisácea oposición, pues sabemos que sus colores y principios pueden cambiar ante el menor coqueteo. Tal vez sea el momento de comprender que la democracia radica en la ciudadanía con opiniones propias y no sólo en quienes navegan con la certeza que les brinda la tormenta, pues la estridencia es su mejor moneda de cambio. Hay mucho trabajo por delante.

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