La arrogancia y sus infundios

Baltazar Gracián, autor del siglo XVII, escribió: “varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida, inconveniente tan perjudicial que basta a echar a perder todo el vivir”.

Ha resultado muy interesante observar el repentino cambio que hay en el enrarecido y turbio movimiento de quienes aspiran a ser el o la elegida para protagonizar la sucesión presidencial. Desde la irrupción de Xóchitl Gálvez en el apacible jardín en el que caminaban y sonreían admirando las pintas callejeras con sus respectivos nombres, o quizá sonriendo al contemplarse en los anuncios espectaculares, el panorama ha cambiado de tal manera que el inquilino del Palacio Nacional se ha convertido, una vez más, en el mejor coordinador de sus campañas.

Así, mientras las llamadas corcholatas se debaten en sus propios pantanos –vaya que tienen tareas complicadas para generar una imagen que resulte atractiva y carismática–, ha resultado muy oportuno el papel de López Obrador en este juego de los “dimes y diretes” en el que se ha convertido la antesala de las próximas elecciones. Todo el mundo sabía que se seguiría la misma estrategia que se ha implementado desde el inicio de este sexenio: darle la voz protagónica al único capital político real –y con peso específico– que mantiene al partido oficial en el enfrentamiento de los discursos. En efecto, será poco el margen de error si la figura de quien ostenta la banda presidencial desde el año 2018 (la real, no la imaginaria y caricaturesca de un par de sexenios atrás) es la que prevalece, a pesar de los esfuerzos de sus pretendidos candidatos a encabezar sus “comités de defensa de la Cuarta Transformación”.

Día con día es más evidente que estamos ante las puertas de un proceso electoral en el que la fuerza y los recursos del gobierno federal estarán al servicio de los candidatos y las candidatas oficiales. Los fuegos artificiales de la retórica presidencial son apenas un atisbo de lo que se avecina en los próximos meses, días en los que desde el púlpito de la arrogancia se seguirán lanzando infundios y se atizará la parrilla que ha sido muy bien capitalizada por los protagonistas del actual sexenio. Para tirios y troyanos exacerbar la polarización será uno de sus mejores recursos; sin embargo, promoverlo desde la tarima del Palacio Nacional, como parte del maniqueísmo que han consolidado entre sus seguidores, será la más peligrosa carta que se ponga en la mesa. La ligereza con la que se enciende el fuego siempre acaba muy mal cuando el combustible es el populismo y se les regala cajetillas de cerillos a sus voceros.

En su libro El criticón, aquel gran español Baltazar Gracián, del siglo XVII, quien nos heredó obras que necesitan ser releídas bajo la mirada de un mundo contemporáneo enredado y lleno de obscuridades, apuntó algo que bien puede describir lo que se avecina: “varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida, inconveniente tan perjudicial que basta a echar a perder todo el vivir”. Si bien este párrafo hace referencia a uno de los tópicos más desarrollados en el barroco español, el triunfo del engaño, que –en medio de una crisis política, económica y religiosa– adquirió una notable relevancia, lo cual se puede observar en el estupendo arte de la época, bien se puede entender que la mentira es uno de sus ingredientes más simples.

Con facilidad y ligereza se van sembrando declaraciones y mentiras que se defienden como verdades absolutas en un contexto electoral que, en el papel, aún no inician. Menudo trabajo el que tenemos por delante: intentar distinguir aquello que es importante entre tanta podredumbre. Así, las ideas y las propuestas para enfrentar la realidad de un país que se fractura cada día más son las grandes ausentes en medio de discursos plagados de “continuismo”, revanchismo, clasismo e ignorancia. Mientras la realidad se planta frente a nosotros, la dejamos de ver para darle mayor importancia a quienes son piezas de un juego de abalorios: darle reflectores y ser el eco de la superficialidad de sus palabras no permite que la atención se pueda enfocar en aquello que no ha sido resuelto durante este gobierno, ni en los anteriores, y sólo se contribuye a que la pobreza y la violencia, entre tantos otros problemas, sean las monedas de cambio y anécdotas entre tanta miseria retórica.

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