La apoteosis del origami

Se entiende que el INE y el TEF serán los encargados de hacer figuras de origami con los “acordeones” que un ejército de fantasmas repartió en casi todo el país

No hay lugares para lo inesperado, para lo sorpresivo, cuando se trata de explicar lo que sucede en nuestro país. Sí, desde hace mucho tiempo, se sabe que existe una profunda crisis en la impartición de justicia, en el combate a la corrupción y en tantos ámbitos más que definen el presente: lo que ha sucedido con las elecciones que han establecido el nuevo rostro y alcance del Poder Judicial es un indicio de cómo se siguen subrayando las prioridades para el actual gobierno y cada uno de los engranajes del oficialismo.

En ese sentido, nos hemos acostumbrado a observar cómo se diluyen y se esfuman las irregularidades en el ámbito político, cómo se consienten los delitos electorales envolviéndolos con la capacidad del olvido y en una colección de tópicos que se han escuchado desde hace mucho tiempo, retórica que minimiza la problemática o que archiva todo intento por asentar la justicia. Así, la sorpresa no tiene lugar cuando el engaño se articula desde el poder y se encienden las llamas del fanatismo que suele hallar todo tipo de justificación a dichas acciones, a sus propias faltas, a consentir y ser parte de un problema que deja de ser trascendente cuando apunta a su propia sombra.

Quizá no sea tan necesario analizar los resultados de este último ejercicio electoral que marcará el rumbo de un Poder Judicial que, sin asomo dubitativo ni aspavientos melodramáticos, ha quedado a merced del gobierno y el oficialismo. Se entiende que el Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral de la Federación serán los encargados de hacer figuras de origami con los “acordeones” que un ejército de fantasmas repartió en casi todo el país. Quizá intenten ser complacientes con esas figuras que adornarán los curules de la Suprema Corte de Justicia, aprovechando que, curiosamente, sus nombres aparecían en esos fantasmagóricos documentos. Tal vez la única sorpresa radica en el personaje que obtuvo la mayoría de votos y presidirá una de las instituciones más determinantes en la vida del país. Sin embargo, lo más relevante de este proceso son las estadísticas, números que necesitaban de un factor determinante para que no permeara la certeza de un rotundo fracaso.

Tampoco se necesitababa inventar recursos que permitieran cumplir con dicho objetivo. La ruta era muy simple y efectiva, pues se ha constituido como una de las mejores estrategias desde que los pasos de López Obrador hacían eco en los pasillos del Palacio Nacional. El camino ya se había establecido al edulcorar cualquier palabra, llenar de hipérboles todo aquello que se refiriera a estas elecciones. ¿Existían dudas acerca de algunas “campañas”, de ciertos personajes vinculados al crimen organizado, de los recursos que comenzaban a evidenciar el terreno tan disparejo en el que se desarrollabas dichas propagandas? No, eso no era lo importante, lo verdaderamente trascendental era que se elegiría con “libertad” a quienes formarían parte del flamante automóvil conducido por la titular del Poder Ejecutivo. Claro, una pretendida voluntad que requería de un salvoconducto para no perderse en los laberintos de esas boletas que sólo generaban dudas acerca de los nombres y, ni qué decir, de los historiales académicos, laborales y personales de esos nombres. Nada de eso es relevante ante el éxito artificial que encendió las marquesinas y confeccionó el oropel discursivo de la llamada Cuarta Transformación.

Así, desde la tribuna de Palacio Nacional se entendía que era el momento de ensalzar un proceso cuyos cimientos son el fango de la arbitrariedad y la opacidad, del populismo –cuya raíz es cada vez más robusta– que ya permea en todos los ámbitos de nuestra democracia y que, inclusive, ciertos personajes ligados a las voces del oficialismo también han señalado o, al menos, han intentado observarlo con cierta condescendencia. Poco se señalarán y subrayarán los análisis que se concentren en los porcentajes de quienes decidieron anular su voto –muestras del arte epistolar– o del bajo índice de participación ciudadana. Tampoco se hará énfasis en el perfil de quienes votaron y que nos permite observar con suspicacia los alcances de los programas sociales. O enfatizar los conflictos de interés de quienes serán los responsables de la impartición de justicia en todos los niveles. Ni hablar de los recursos y los financiamientos cuyo origen nunca termina de ser explicado.

Todo eso es peccata minuta ante la apoteosis retórica que resume este proceso: “impresionante, maravilloso, democrático”. Aunque “perfectible”, es considerado todo un éxito. Bueno, al menos cuando los resultados les son favorables; porque, como se ha observado en Durango, si no es así, todo es un “fraude”. Quizá deberíamos preguntarnos si puede ser “perfectible” algo que cuesta millones de pesos y que determinará el presente y el futuro de nuestra sociedad.

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